
El país que le dijo no a la penicilina
Por Fernando Halperín
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Cuenta la historia oficial que en 1944 se obtuvieron las primeras muestras de penicilina fabricadas en nuestro país gracias a un esfuerzo privado.
Pero la historia verdadera revela cómo la Argentina se dio el lujo de no querer ser uno de los pioneros en la fabricación del antibiótico.
En 1942, un grupo dirigido por el célebre epidemiólogo Salvador Mazza obtuvo la penicilina. Esta historia desconocida tiene un relator de lujo. Es la voz de su asistente, el doctor Miguel Jörg, de 91 años, quien hoy la relata desde Mar del Plata. Jörg aclara que no recuerda los detalles. Pero los recuerda.
"Fue en 1942. Apenas se empezaban a conocer los primeros trabajos sobre penicilina de sir Alexander Fleming." Mazza dirigía la Misión de Estudios de Patología Regional Argentina (Mepra), cuyo corazón estaba en Jujuy."Leyendo los trabajos, Mazza dijo: "Esto lo podemos hacer acá". Pero necesitábamos las cepas del hongo penicilium. Así que me envió a Londres a ver al mismo Fleming, quien fue muy gentil conmigo y me dio las cepas."
Ya en Jujuy, los argentinos pusieron manos a la obra. "Imagínese, no teníamos el equipo para trabajar en gran escala, así que usamos métodos artesanales e improvisados."
El trabajo dio su fruto doblemente importante porque, en aquella época, no se conseguía una sola dosis en todo el país. La producción extranjera se destinaba a sanar a los soldados de la Segunda Guerra Mundial.
A fines de 1943, Mazza contaba ya con unas 500 unidades del medicamento. "Le mandamos una muestra a Fleming y él certificó que, químicamente, era similar a la que él mismo producía." Otras dosis se enviaron a autoridades nacionales de los ministerios de Salud y Educación.
En su informe, Mazza destacaba que el Estado debía hacerse cargo del sostén financiero de la empresa para continuar con la producción.
Finalmente, la respuesta llegó. Era negativa.
"La oposición fue absoluta -dice Jörg-. Nos dijeron que era una locura embarcarse en esto, que no había control de calidad y que no era nuestra misión hacer medicamentos."
Mazza, entonces, sacó a relucir su temperamento. "Dijo: "Se acabó. No hacemos más". Luego, furioso, se metió en el laboratorio y rompió todo."
Sin embargo, hubo vidas salvadas casi en secreto en distintos puntos del país, gracias a aquella única partida de penicilina criolla.
Jörg se disculpa una vez más: "No me acuerdo de los detalles", insiste. Pero no es la memoria la que le está jugando una mala pasada. Es una cuestión de voluntad. "Es que fue un trago tan amargo que he intentado borrarlo de mi memoria", concluye.



