El principal enigma en torno a Alberto Fernández

Laura Di Marco
Laura Di Marco PARA LA NACION
Alberto Fernández: la mitad de la sociedad, desconectada de la política, llegó a definirlo como un "dirigente nuevo"
Alberto Fernández: la mitad de la sociedad, desconectada de la política, llegó a definirlo como un "dirigente nuevo" Fuente: AP
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27 de octubre de 2019  • 23:55

Alberto Fernández es el nuevo presidente electo, pero Mauricio Macri está lejos de ser un muerto político, tal como cantaron (¿desearon?) sus amigos el domingo al mediodía, en el departamento de River View, donde vive. Lo último que esperaba Alberto -quién, desde las PASO hasta ayer, se engolosinó fantaseando con llegar al número mágico del 54 por ciento- era que su archienemigo construyera una oposición cercana al 40 por ciento: un potente núcleo duro anti K que promete convertirse en un desafío para su futuro gobierno.

Lo inesperado se transformó en una marca de época en la Argentina, en sintonía con un mundo donde las viejas certezas se resquebrajan y aquello que suponíamos que no podía suceder, sucede: el kirchnerismo no podía volver, Chile era una de las democracias más estables de América Latina y los jefes de gabinete sin votos, ni carisma, tenían vedado el acceso a los primeros planos de la política. Hoy, sin embargo, llegó uno, cuyo sueño máximo (e irrealizable) fue, en la era K, llegar a jefe porteño.

Pero además de las sorpresas, la nueva etapa está llena de enigmas. Por ejemplo: ¿qué va a hacer el FMI cuando el nuevo presidente proponga el reperfilamiento de una deuda, ya reperfilada por Macri, sin que ello implique colocar a la Argentina nuevamente en un default? ¿Cómo hará el nuevo jefe de Estado para conciliar sus convicciones religiosas -que ayer reafirmó en la UCA- con la anunciada legalización del aborto? ¿Le reprochará Cristina no haber hecho una performance como la de ella, en 2011? Sin embargo, la mayor incógnita -aún, tal vez, para sí mismo- es qué tipo de líder se destapará cuando llegue a la Casa Rosada un hombre que, durante los últimos treinta años, solo ocupó segundos planos y se abocó a construir un protagonismo para otros. Su perfil siempre fue tan bajo que, antes de la PASO, los focus group revelaban que la gente se lo confundía con Aníbal Fernández y, luego de ellas, la mitad de la sociedad, desconectada de la política, llegó a definirlo como un "dirigente nuevo". Toda una extravagancia para un presidente que este año cumplió los 60.

La mayor incógnita -aún, tal vez, para sí mismo- es qué tipo de líder se destapará cuando llegue a la Casa Rosada un hombre que, durante los últimos treinta años, solo ocupó segundos planos y se abocó a construir un protagonismo para otros.

El poder es como el éxito. O como ciertas drogas. A algunos les sienta bien, mientras que a otros los desajusta al punto de sacarlos completamente de su eje. En parte, a Cristina Kirchner le sucedió eso: cuanto más atacada se sentía, más se radicalizaba. Hannah Arendt afirmaba que la política no es un buen lugar para buscar amor o aprobación. La máxima aplica siempre, pero sobre todo en un país empobrecido, atravesado por la grieta, y con la mitad de la sociedad resentida o descreída de la clase política. Los movimientos sociales, además, prometen marcarle la cancha, desde el minuto cero, a su nuevo jefe. Un combo inquietante al que se suma el rol áspero del antikirchnerismo duro, que apoyó a Cambiemos aún en su peor momento económico. Un antikirchnerismo, que funciona en espejo con el nucleo duro K, que se ha radicalizado desde la PASO, y que, tal vez, ni siquiera le otorgue a Alberto la luna miel a la que todo nuevo presidente tiene derecho, tal como el cristinismo hizo con Macri.

El nuevo presidente necesitará blindarse frente a las presiones crecientes de un país, que es un enfermo terminal. ¿Logrará hacerlo? Chacho Álvarez había llegado al poder, a fines de los noventa, igual que Fernández: luego de haber transitado largamente por la zona de confort de los segundos planos. Y sin embargo, cuando por fin fue llamado al centro de la escena, no pudo soportar la intensidad del lugar, ni de la demanda. El punto parece menor, pero es mayor porque hace al tipo de liderazgo.

El poder es como el éxito. O como ciertas drogas. A algunos les sienta bien, mientras que a otros los desajusta al punto de sacarlos completamente de su eje

Paradójicamente, la derrota en las primarias construyó otro Macri. El golpazo lo eyectó hacia otra dimensión de la política. Pasó del paradigma "los hechos hablan por sí mismos" a ponerle el cuerpo a un liderazgo con carnadura. Junto con ese giro, se fue consolidando un no peronismo en las calles, que logró tocar una fibra emocional: otra sorpresa de la escena política argentina, donde parecía que solo el peronismo podía arrancar lágrimas y pasiones.

El dólar vuela y la Argentina perdió 23.000 millones de sus reservas desde las PASO. Fernández y Macri necesitan construir con urgencia una transición. El principal enigma en torno a Alberto Fernández comenzará a develarse esta semana.

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