
Falleció ayer el ex presidente Lanusse
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Luego de una corta enfermedad, falleció ayer en esta ciudad el ex presidente Alejandro Agustín Lanusse. El ex mandatario militar se hallaba internado en la clínica porteña Mater Dei, donde había sido operado para extraerle un coágulo cerebral.
Desde anoche, sus restos son velados en el Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, en Palermo.
Hoy, alrededor del mediodía, el féretro será trasladado al Regimiento de Infantería I de Patricios, donde será despedido por el titular del Ejército, Martín Balza.
Lanusse fue el único jefe del cuerpo de Granaderos que se plegó a un movimiento para derrocar a un presidente constitucional -a Juan Domingo Perón, en septiembre de 1955-, pese a que la misión de esa institución es la de cuidar del jefe del Estado.
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Es imposible trazar una reseña -por breve que sea- del ayer de la historia argentina sin que las referencias que se hagan dejen de señalar, una vez y otra, la figura del teniente general Alejandro Agustín Lanusse, sus actitudes y decisiones.
Ese hipotético relato -todavía demasiado cercano y doloroso para muchos- aún no admite, por diversas razones, que en él se formulen juicios con la pretensión de definitivos y, lo que es peor, narra, más bien, una larga serie de frustraciones, de desencuentros y de penurias. Ese contexto condiciona naturalmente cualquier opinión valorativa sobre el militar fallecido: enzarzados en él, el soldado y el hombre político que coexistieron en Lanusse no pudieron salvarse de la vorágine de dicterios y negaciones en que terminó la etapa que lo tuvo como protagonista.
No se trata ni de retacear reconocimientos a su entereza de ánimo ni a su intensa vocación por la cosa pública: sin embargo, en política no existe la remisión del pecado de error. Y resulta cierto que para buena parte de la ciudadanía su actuación en la primera magistratura y el camino que lo llevó a ella redundaron en tremendas dificultades para la comunidad en su conjunto, con consecuencias que se pagarían después con creces.
No corresponde aquí resolver sobre la verdad o el desatino de este aserto, aunque sí será preciso convenir en que el propio Lanusse jamás rehuyó responsabilidades; más bien las recabó con ahínco, arrastrado por su naturaleza impetuosa y dominante, su extraversión y su innato personalismo, rasgos que siempre puso de manifiesto, hasta en un ámbito tan poco propicio a las individualidades turbulentas como es el castrense.
Joven capitán de caballería, su rechazo al peronismo lo indujo a participar en la sublevación que encabezó el general Benjamín Menéndez; tras cuatro años de reclusión, los hechos de 1955 lo volvieron al Ejército, y a poco -convertido en teniente coronel y jefe del Regimiento de Granaderos- fue testigo de la caída de Lonardi.
La relativamente baja graduación militar de Lanusse no fue óbice para que comenzase a perfilarse como uno de los más influyentes miembros de la oficialidad. Septiembre de 1962 lo encontró en Campo de Mayo, convertido en uno de los principales inspiradores y ejecutores del movimiento azul que suprimió las divergencias que subsistían en el Ejército desde 1955 y consolidó la posición constitucionalista que representaba José María Guido.
En abril del año siguiente estrena las palmas de general en la represión a la intentona encabezada por su antiguo jefe, el general Menéndez. Los tanques ocupan la Base Aeronaval de Punta Indio y la balanza del poder sufre un vuelco total: el Ejército queda a cargo de la custodia inmediata del proceso político y éste se define por el retorno a las prácticas electorales.
Lanusse es ya, para los observadores, una figura ineludible, y no sólo por su peso en las esferas militares sino también por su difusión en los mentideros políticos: las opiniones del general son recogidas a menudo por la prensa y los analistas se empeñan en encontrar en ellas significados y anticipos. No obstante, en los años siguientes habría de retraerse y en el pronunciamiento de 1966 no asumió un papel notorio, si bien por la jerarquía que ostentaba no puede considerárselo ajeno a la decisión de las Fuerzas Armadas de derribar al presidente Illia, hecho que condenó en épocas posteriores.
Cuando en agosto de 1968 accedió a la comandancia del Ejército, el sempiterno desgaste roía las bases del gobierno del teniente general Onganía, y el antecesor de Lanusse, el teniente general Alsogaray, había expresado vivas críticas a las tendencias políticas imperantes. El nuevo titular del Ejército se mostró solidario con la posición del ex comandante: su criterio liberal, aperturista y sus cuestionamientos al manejo de la economía eran un secreto a voces a comienzos de 1969.
La tormenta
La historia apuró en ese momento el paso. En Corrientes, en Rosario, en Córdoba, la agitación universitaria empezaba a alzar cabeza. El Día del Ejército -el 29 de mayo- Lanusse dijo: "Afirmo categóricamente que nuestra institución no está para la represión indiscriminada, sino para facilitar la paz, asegurarla, apaciguar los ánimos y posibilitar así el clima indispensable para la construcción de la Argentina que todos deseamos". El siguiente acto del drama fue el "cordobazo": en unas pocas horas de ese mismo día la imagen de autoridad y orden que pretendía dar el gobierno de la Revolución Argentina quedó obliterada por completo y para siempre. La policía fue desbordada y los desmanes e incendios motearon ominosamente la ciudad mediterránea. ¿Qué hizo Lanusse en ese trance. . .? Se llega aquí al nudo de algunas de las más duras polémicas desatadas en los últimos lustros entre nosotros, pues desde la desaparición de los controles policiales a la ocupación de la ciudad por las tropas del general Carcagno mediaron más de tres horas, lapso tras el cual los efectivos regulares no entraron casi en combate, ante el espontáneo repliegue de la incipiente guerrilla urbana, satisfecha de haber cumplido con sus fines desestabilizadores. ¿Es verdad que Lanusse demoró la orden de represión? Y si lo hizo, ¿por qué fue? ¿Para "evitar complicar al Ejército en algo que todavía podía parecer un mero disturbio" o acaso -como han asegurado sus enemigos- para ayudar maquiavélicamente a la ruina del gobierno?
Estos interrogantes carecen todavía de respuesta y todo hace presumir que nunca la tendrán; enseguida vino el desmadre, el angustioso equilibrio sobre un precipicio desde cuyo fondo se alzaban imprecaciones que llegaron a ser unánimes. La subversión acorraló a un régimen que ya no era sino un fantasma de sí mismo, presa del descreimiento y de la ausencia de personalidades; el horrible crimen del que fue víctima el teniente general Aramburu selló la suerte del agonizante poder de Onganía. Un militar casi desconocido, el general Roberto Levingston, ascendió a la presidencia, con la supervisión de una junta de comandantes en la que Lanusse ejercía un incontrastable primado.
A esa altura era obvio que la experiencia denominada Revolución Argentina llegaba a su fin y que el poder efectivo residía en el comandante del Ejército. Tal vez, la única persona que no advertía estos "datos primarios de la realidad" era Levingston, deslumbrado por la posición protocolar que se le había asignado. Esa falta de perspicacia lo condujo a divagantes pronunciamientos, hasta que sobrevino al segundo cordobazo -el "viborazo"- y el Ejército reiteró una actitud que muchos vieron como de pasividad.
Le quedaban dos caminos a Levingston: obedecer al comandante o tratar de imponérsele. Optó por lo segundo y horas después su ilusoria presidencia se había esfumado... Arribó así Lanusse a la Presidencia; lo hizo naturalmente, por imperio de su personalidad y de circunstancias inamovibles.
El temor al salto
Lanusse puso en práctica, a partir del 26 de marzo de 1971, una política acerca de la cual los juicios se ven inevitablemente afectados por el fracaso en que concluyó. No hay otra manera de considerar los actos públicos, pero eso no obsta para que un observador honesto reconozca en su gestión aspectos positivos. Se vio en el caso de presidir la liquidación de un gobierno militar y su reemplazo por autoridades de origen civil. Comprendió los riesgos que amenazaban ese tránsito y recurrió a una estrategia de negociación. No quería engañar: "Se va a las urnas -dijo- no como un salto al vacío sino pasando antes por el acuerdo nacional". Era el famoso Gran Acuerdo Nacional o GAN, patrón de un momento del quehacer político, entendimiento suprapartidario de sesgo electoralista cuya ejecución encomendó a su ministro del Interior, Arturo Mor Roig.
Se buscaba -dicho en el lenguaje de esos años- "establecer reaseguros". Por lo tanto, era menester acortar distancias, limar asperezas y, en suma, negociar, o sea, ofrecer. Y sucedía que, cada dia y debido por el deterioro general de su posición, el general Lanusse y las Fuerzas Armadas tenían menos que ofrecer.
Entretanto la subversión golpeaba: hechos como los de Trelew y asesinatos como los de los almirantes Berisso y Quijada difundían la inseguridad y avivaban las pasiones. El gran gesto tantas veces anunciado de la amnistía era cada vez más inviable. Mor Roig no lograba obtener la aquiescencia radical para el GAN y el sondeo exploratorio del coronel Francisco Cornicelli ante Perón resultaba infructuoso. El ministro Manrique dejó el gobierno de modo resonante y el poderoso gremialismo mostró su rostro más hosco.
Cercado, Lanusse buscó caminos alternativos: habló e instó, acordó un compromiso con los integrantes de la cúpula del Ejército, hizo reformar la Constitución, aprovechó la sublevación de las guarniciones de Azul y Olavarría para hacer suya la bandera del "antifascismo", visitó España y casi toda América del Sur, se aproximó al régimen marxista de Salvador Allende -con el que convino el arbitraje del diferendo por el canal de Beagle-, estableció relaciones con la República Popular China, y en el Perú de Velasco Alvarado definió a su gobierno como de "centroizquierda".
Pero los réditos de esas iniciativas eran mínimos, sobre todo en lo relativo al tema que constituía la obsesión oficial: las relaciones con el peronismo. Infructuosamente, Lanusse procuró un acercamiento a ese sector y la respuesta que le hizo llegar su jefe, fue lapidaria: "Los militares me piden todo y, a cambio, ellos no tienen nada que dar; así no es posible ningún arreglo". Lanusse juega las cartas que le quedan: devuelve el cadáver de Evita e intenta forzar el regreso de Perón; éste se le escapa con interminables fintas: lo ataca y afirma que el exiliado no vuelve "porque no le da el cuero", frase que después habría de volverse hecha cruel sarcasmo contra él. Decreta luego su autoproscripción y se encuentra ante el hecho concreto del regreso de Perón.
Lanusse está derrotado; el candidato de Perón es Cámpora, símbolo, dentro de su partido, del no acuerdo. Sólo resta esperar las elecciones y "el salto al vacío". El 11 de marzo de 1973, el alicaído residuo de lo que hubo de ser el GAN -la candidatura del brigadier Ezequiel Martínez- registra una votación irrisoria.
Pero el mandatario militar no ceja en sus propósitos dialoguistas. Pretende ver a Cámpora, presidente electo, y éste declara que sólo lo recibirá en su domicilio y no más que "en su calidad de comandante en jefe". Lanusse se allana y acude. Días después, el 25 de mayo, las Fuerzas Armadas son vejadas en las calles de Buenos Aires y los miembros de la Junta Militar abucheados y agredidos: el fracaso se ha consumado Lanusse no podía "retirarse a la vida privada"; tal actitud no estaba en su índole; por años se empeñó en asistir a ceremonias militares -en las que tenía muy fría recepción- en evidente alarde de que aún luchaba. Su voz -entristecida, acusadora- volvió a oírse en ocasión de los asesinatos de Mor Roig y de Elena Holmberg, prima suya, y de la desaparición de Edgardo Sajón, o bien para defender a quien fue su ministro de Cultura y Educación, Gustavo Malek, tachado de subversivo después de 1976.
Detenido durante más de un mes, en 1977, rozado por el infortunio al atentarse contra familiares, sus libros Mi Testimonio, Protagonista y Testigo, y Confesiones de un general, son alegatos justificatorios de sus actos. Declaró en juicios por crímenes cometidos durante el Proceso y en reiteradas oportunidades refirmó convicciones democráticas.
Quebrantada su salud, no por eso se atemperó su ánimo ni la acidez de sus declaraciones: "No se puede ser peronista y decente", dijo, no hace tanto, como para asustar.
-¿Usted lo odia a Perón?, se le preguntó, en medio de una de sus intemperancias.
-No, lo describo.
Todavía en l994, durísimos conceptos acerca del presidente Menem, le valieron diez días de arresto, lenidad sólo explicable por sus antecedentes.
El teniente general Alejandro Agustín Lanusse, miembro de una tradicional familia de Buenos Aires, había nacido en esta ciudad el 28 de agosto de 1918.




