
José María Peña: “Los argentinos somos demasiado criticones”
Para el creador del Museo de la Ciudad, no advertimos la belleza de Buenos Aires
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“Los argentinos somos muy criticones, y cuando uno vive en estado de permanente autocrítica todo le parece mal. Pero tenemos una ciudad muy bella. Los turistas que descubren todos los días a Buenos Aires lo saben, pero nosotros ni siquiera nos damos cuenta”, dice el arquitecto José María Peña, uno de los estudiosos que más a fondo conocen bondades y miserias de la capital de la República.
“Nosotros somos, en cuanto al carácter, absolutamente españoles más que italianos. Somos Lorca, no Goldoni”, añade.
Peña se dedica a investigar la arquitectura de Buenos Aires desde 1959. Este arquitecto se desempeñó como director del Museo de la Ciudad desde su fundación, en 1968, hasta hace pocos meses. Al defender su tesis acerca de la herencia hispánica de la ciudad de los porteños, sostiene: “Buenos Aires tiene una gran influencia de Francia, pero jamás ha pensado en ser París”.
Su defensa de las maravillas arquitectónicas que tanto luchó por mantener no excluye ciertos motivos de preocupación y desencanto. Por un lado, la construcción de enormes edificios sin tomar en cuenta lo que tienen a su alrededor. Por el otro, algunos proyectos que tratan en vano de revivir estilos del pasado. Para Peña, la arquitectura de una ciudad tiene que dar testimonio de su identidad en cada momento de su historia. "La Casa Rosada, que es un símbolo, ya tiene por detrás torres que le quitan presencia", señala.
El arquitecto Peña es autor de artículos y libros sobre arquitectura y costumbres de Buenos Aires y su historia. Fue uno de los impulsores de la ordenanza que en los años 60 convirtió a San Telmo en área de preservación histórica. Fue también el organizador y promotor de la feria de antigüedades de la plaza Dorrego. Es un hombre que a lo largo de su vida se ha dedicado a pensar Buenos Aires desde un concepto urbanístico, desde el lugar del ciudadano.
-Una ciudad habla de cómo son sus habitantes. ¿Qué dice Buenos Aires de los porteños?
-Que los argentinos somos criticones. Tenemos frases hechas, que repetimos. Un ejemplo es: "Buenos Aires es gris". Se dice como crítica, pero gris no es una mala palabra, no es un feo color. En todo caso, tenemos diferentes tonos de gris y también otros colores... Pero siempre nos quejamos de que es gris.
-Admitamos que Buenos Aires tiene zonas placenteras, pero ¿no cree que ha perdido cierto grado de bienestar? Las veredas están rotas y sucias
-Digamos que la ciudad tiene no sólo problemas de suciedad, sino también de maltrato visual en las plantas bajas. Por ejemplo, el que hace un arreglo en un local no mira para arriba. Hace lo que se le ocurre, sin entender el edificio como una totalidad. O le pone una marquesina enorme para que supere en tamaño a la que está al lado. Lo que creo es que Buenos Aires tiene todavía belleza, como lo demuestran los turistas, que se deslumbran con la ciudad. Nosotros no, porque no estamos acostumbrados a verla.
-El hecho de que esté un poco sucia, un poco rota, un poco desprolija, ¿es responsabilidad de los funcionarios o de los ciudadanos comunes?
-Las veredas, por código, son responsabilidad de los propietarios, así como los balcones. Pero el problema no es tan simple. El propietario se pregunta para qué va a arreglar la vereda si después viene una empresa determinada, la agujerea y la abandona. Bien: en mi casa, que está en un edificio de departamentos, el portero sabe que, en cuanto cavan para abrir algo, tiene que acercarse y preguntar por el capataz. Si aparece, tiene que seguir averiguando hasta saber para qué están abriendo la vereda. Anota el día, la hora, la empresa y el nombre del capataz. Si cierran todo y lo cierran mal, se manda una carta a la empresa correspondiente. Si no hay respuesta, otra. Y la tercera ya se manda con copia a todos los diarios. Siempre la arreglan. Pero hay que tomarse el trabajo de reclamar. Somos fiacas.
-Usted hace hincapié en que los argentinos somos muy críticos. ¿No puede ser ésa una virtud?
-Cuando uno vive en estado de crítica todo le parece mal. Distinto es cuando uno comienza a darse cuenta de otras cosas. Buenos Aires siempre recibió con los brazos abiertos a todo lo que venía de afuera. Y vino gente de diferentes niveles sociales. Durante mucho tiempo se ha dicho que los inmigrantes fueron la causa del drama del país, y después se dijo, por el contrario, que fueron los únicos que hicieron el país. Ni lo uno ni lo otro. Los inmigrantes que vinieron masivamente en la segunda mitad del siglo XIX se encontraron con todo lo que había acá, que era en un 80% español, y no italiano. Nosotros somos, en carácter, absolutamente españoles: somos Lorca, no Goldoni.
-Salvo La Boca...
-Claro, pero está muy mezclada. No era tan italiana. Ahí estaban los yugoslavos y todos los que bajaban de los barcos, que eran de diferentes naciones. También se dice con respecto a Buenos Aires -otra frase hecha- que es París. Sí, Buenos Aires tiene una gran influencia de Francia; pero no piensa en ser París. Porque si bien se recibió la influencia de arquitectos que estudiaban en París y de otros que directamente eran franceses, cuando se construía se lo hacía para las familias locales. Para darle un ejemplo: en Francia, no bien los jóvenes tienen edad para vivir solos, huyen de la casa de los padres; acá, construyen al lado y hacen una puerta de comunicación. La arquitectura francesa, con techos mansarda como lo que se ve en la Avenida de Mayo, fue decorativa. En cambio, en París tenía un objetivo; que el peso de la nieve no destruyera los techos.
-Hablando del estilo francés, ¿ha visto el edificio Grand Bourg, sobre Figueroa Alcorta. ¿Qué le parece?
-No quiero opinar, pero me parece un disparate total. Cuando en 1979 se dictó la ordenanza del casco histórico, todas las normas se hicieron entre el Consejo de Planificación Urbana y el Museo de la Ciudad. Había un artículo que decía: "En los terrenos baldíos, se construirá según la arquitectura contemporánea". Es decir, el casco histórico no se congela, sino que se lo articula. Y el artículo dos decía: "Quedan absolutamente prohibidas las escenografías".
-¿Sugiere que lo del Grand Bourg es como una escenografía?
-No sé Yo haría un edificio totalmente contemporáneo. Porque dentro de diez años, surgirá la siguiente pregunta: ¿esto de qué época es? Entonces, ¿no es mejor llamar a un arquitecto talentoso para que haga un edificio contemporáneo?
-¿Somos imitativos?
-Puede que lo seamos. Pero pongámoslo de otra manera: los arquitectos que construyeron durante la generación del 80 tenían una formación clásica. Sin embargo, a la hora de proyectar, usaban los elementos y proporciones que habían aprendido, pero le agregaban otros.
-El Rulero, de Justo Solsona, en Carlos Pellegrini y Libertador, ¿le interesó?
-Sí, eso responde a su época.
-Y yendo al boom inmobiliario, ¿qué se debería respetar?
-Al hacer un proyecto uno tiene que pensar en una serie de elementos. Están los que lo hacen sólo con un criterio comercial, pero también los que valoran el entorno. Por ejemplo, la Casa Rosada, que es un símbolo, ya tiene por detrás torres que le quitan presencia. En cambio, cuando hace unos años comenzaron a construir un edificio detrás del Congreso y fue emergiendo lo pararon. Se indemnizó a los constructores, se les dio posibilidad de construirlo en otro lugar y no se le quitó presencia al Congreso. De hecho, desde entonces no se hace nada que tape la perspectiva del Congreso. Pero para hacer eso respecto de la Casa de Gobierno habría que mirarla de otro modo. Son tres edificios: el primero era originalmente el de Correos, sobre Hipólito Yrigoyen; el segundo es el del lado del Banco Nación, y, en el medio, había una calle. Allí se hizo el arco central de entrada, toda la fachada que da a Alem y la que da al río. Pero todo eso se hizo con criterio de integración. Uno puede decir, a primera vista, que son iguales; pero no lo son. Tomaron la idea conceptual.
-Es interesante, porque para apreciar la Casa de Gobierno habría que comenzar a apreciar a nuestros gobiernos...
-Es cierto. Independientemente de los colores políticos, la Casa Rosada es la Casa de Gobierno.
-Hay una idea de Jorge Telerman de convertir en peatonal la Plaza de Mayo. ¿Cuál es su opinión?
-Personalmente, creo que si se hacen peatonales no deberían alterarse los límites actuales de Plaza de Mayo, porque es monumento histórico nacional. Entonces, que quede la plaza como está y que las calles sean peatonales. Ahora bien, esto implica sacar el asfalto. Que pongan en lugar de asfalto lo que tengan ganas, pero que mantengan las veredas originales, porque son parte de la historia. Yo recuerdo que, en época de Perón, en su segundo gobierno, para facilitar las manifestaciones se eliminaron los canteros y pusieron en toda la plaza baldosas blancas. El reflejo daba dolor de cabeza. Y sobre todo, eso no era Buenos Aires. Luego, en un momento dado, se restituyeron los canteros, para lo cual el museo facilitó una fotografía de los años 20, sacada desde arriba, a partir de la cual se repitió el diseño. Ahora bien, volviendo a que las calles aledañas, sean peatonales no me molesta; hasta puede que sea cómodo. Pero ¿adónde van a parar, no lo autos sino los colectivos? Porque uno vive en estos lugares y uno lucha para que más gente pueda vivir aquí y acabar con el gueto de los bancos.
-¿Qué consejos le daría usted al jefe de gobierno en cuanto a qué no habría que tocar y qué sí?
-La ciudad permite muchas cosas. Pero antes de cada cambio hay que ver si lo que se está por hacer conllevaría la pérdida del carácter de la zona en cuestión. Y, además, hay que cuidar que el proyecto esté perfectamente integrado con la vida real del lugar.
-Me gustaría volver a hablar de los espacios verdes, de las plazas que hoy expulsan a los chicos y son instalaciones para paseadores de perros.
-¿Por las rejas? Es interesante recordar que las plazas nacieron en Buenos Aires en 1856 con rejas. La plaza San Martín, así como la plaza Lavalle, tuvieron rejas. Figura en las memorias municipales. Se hicieron con rejas porque eso garantizaba que la persona que iba a la plaza podría usarla para descansar y leer sin que lo molestaran. Volvamos al principio: hay que tratar de hacer la ciudad habitable.
-¿Cómo espera el bicentenario?
-Yo espero que estemos un poco mejor, no con tanta bambolla. Hay que hacer cosas más sólidas: en el otro centenario se hicieron muchas cosas. Por ahora, no he visto propuestas ni proyectos.
-Respecto de las construcciones más modernas, ¿le gusta el concepto de Puerto Madero?
-El hecho de que se aprovecharan tan bien los docks me parece impecable. Se intentó hacer antes, y no me explico cómo no se logró. En ese momento, el comentario era que los gremios portuarios no lo aceptaban. Pero por otra parte, no creo que ninguno de los edificios nuevos sea nada del otro mundo.
-De los más nuevos o remozados, ¿cuál es el barrio que le parece más logrado?
-El otro día estuve en casa de una amiga en Coghlan. Es lindo, y además tiene clima. Todos los barrios de la ciudad de Buenos Aires son distintos. Ese es otro de los maravillosos valores que tiene la ciudad.
-El Bajo Belgrano no está mal. Podrían haberlo arruinado, y no lo hicieron...
-Es cierto. Está bien. Y todavía se salva Belgrano R, que es un muy lindo lugar. La plaza de Devoto es fantástica. Pero todo eso, si no hay una norma, puede desaparecer rodeado de torres. No hay criterio urbanístico. Un negocio avanza sobre el otro. Se puede pensar en Montevideo, que es una ciudad encantadora, entre otras cosas, porque tiene escala humana. Una de las cosas más importantes para una ciudad es tener escala. Nueva York es una ciudad de la que muchos dicen que es un horror porque todos los edificios se te vienen encima. Y no es así: nada se viene encima. Lo que sucede es que la ciudad está planteada de otra manera. Las plazas, por ejemplo, por contraste, son muy amplias. En ese sentido digo que la escala es vital para una ciudad.
-Para terminar, ¿cuál cree usted que es la gran frustración, la gran deuda que tiene Buenos Aires?
-La gran frustración de Buenos Aires es la existencia de las villas. Es un gravísimo problema social mundial. Ese es uno de nuestros temas clave. Que todo el mundo tiene derecho a vivir mejor es absolutamente indiscutible. Entonces, las villas de Buenos Aires -no sólo la 31- son la gran frustración de Buenos Aires, porque implican un contrasentido, más aún, si eso avanza. Pero no porque los que viven sobre Libertador tengan un derecho excesivo. Ni tampoco porque la vista de las villas sea desagradable. Hay que ponerles freno por todo lo que significan socialmente.
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