"Kirchner puede ser también tranquilizador"
Lo afirma el semiólogo Oscar Steimberg
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Según el profesor Oscar Steimberg, es verdad que el presidente Néstor Kirchner usa su discurso para abrir frentes de conflicto, polemizar y generar enfrentamientos, pero, paradójicamente, también puede, al mismo tiempo, tranquilizar a la opinión pública.
“Es la primera vez en varios años que un mandatario elige mostrarse seguro de sus posiciones, impaciente por hablar y discutir y deseoso del triunfo. Ha habido figuras políticas que parecían querer demostrar que su propósito era terminar bien un turno en el poder para retirarse discretamente y trabajar en algo más tranquilo”, afirma Steimberg, semiólogo y, por eso, analista de los discursos sociales y del sentido que adquieren al ser puestos en circulación.
Para Steimberg, Kirchner –en cuyo gobierno no encuentra una verdadera política comunicacional, sino un discurso para la coyuntura- responde, con su estilo polémico, a una época marcada por la imposibilidad de pensar más allá del corto plazo y de la confrontación inmediata y fugaz.
Profesor consulto de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA), con sus investigaciones desde la década del 60, Steimberg fue uno de los más destacados introductores de la semiótica en la Argentina y uno de los primeros en interesarse por los medios de comunicación como productores de sentido sobre el mundo que compartimos.
Los géneros y estilos de la comunicación mediática, la historieta, las telenovelas, la memoria social, las cultura de la imagen, los discursos de ruptura de las vanguardias artísticas, Mafalda, el humor en los medios y hasta los modos de escritura en las ciencias sociales han sido objetos de su interés.
"Leyendo historietas: estilos y sentidos de un arte menor" (1977), "La recepción del género" (1988), "Estilo de época y comunicación mediática" (1997), "Semiótica de los medios masivos" (1993) y "El viaje y la utopía" (2001) son algunos de sus libros, clásicos en la vida académica de su campo, en el que, además, es reconocido por abrir espacios a investigadores jóvenes, con generosidad no demasiado frecuente.
Con un lenguaje que mezcla el ejemplo y la definición teórica, más cerca de la descripción que del juicio, Steimberg, de 68 años, rescató, en diálogo con LA NACION, la variedad de nuestra televisión, la criticó por haber dado origen a un periodismo "que finge sencillez" y relativizó su supuesto poder, por ejemplo, frente a lo fascinante que resulta Internet para los jóvenes.
-¿Cree que la política comunicacional del gobierno de Kirchner es eficaz?
-Yo no sé si el Gobierno tiene una política comunicacional, pero no es algo que sospeche únicamente del gobierno argentino. Creo que los gobiernos, no solamente en el país, tuvieron políticas comunicacionales en un tiempo en que esa expresión no existía. Se empieza a hablar de políticas comunicacionales cuando la comunicación se transforma en una disciplina, se hace más compleja y se expande como objeto de estudio. Antes, seguramente se hablaría de actitud ante la prensa, no de comunicación, como ahora. Por otra parte, la posibilidad de la existencia de una política de comunicación a largo plazo hoy es poca, por varias razones. Primero, hoy se generan políticas de coyuntura. Quién sabe si deberían llamarse políticas o si no son más bien actitudes, posiciones, estrategias y tácticas que cambian, que se matizan. Además, los medios de comunicación en este país han sufrido cambios. No tienen la unicidad que tenían en otro tiempo. La relación de los poderes con los medios, en parte, también cambió por esa razón. El lugar simbólico del poder, del gobernante, del elegido, del que puede legislar y del que puede ordenar y sancionar, ha cambiado, como ha cambiado profundamente el crédito y la confianza en los representantes.
-De cualquier manera, la comunicación es un instrumento que al poder le sirve para construirse como tal.
-No sólo le sirve, sino que lo necesita. No puede dejar de pensar en su propia palabra. Lo que ocurre es que la expresión de esas políticas es hoy una expresión fracturada, como está fracturada la imagen de los políticos, la imagen del poder y aun la palabra del poder.
-¿Qué opina de la actitud del Presidente de abrir frentes de conflicto a través del discurso?
-Es un estilo que tiene que ver con este momento y con cierta historia de la política argentina. Evidentemente, dentro del estilo del Presidente está privilegiar el mantenimiento de los espacios polémicos. Si bien es indudable que uno siempre se define a sí mismo en el momento práctico del discurso político y, de alguna manera, define al otro, también es cierto que hay estilos en los cuales parece concederse el centro de la escena al discurso mismo y no a la coreografía de los sujetos a los que se refiere. Más que la figura política de Kirchner, son las palabras de Kirchner las que parecen tomar la escena.
-¿Qué consecuencias puede tener en el mediano plazo la actitud presidencial de dar centralidad al discurso sobre la acción?
-Creo que si bien la importancia del discurso puede ser mayor en algunos estilos políticos, sería difícil sostener que en esos casos haya menos acción por eso. Hay un momento en que el discurso es también acción, en la medida en que hablar, discutir, confrontar con uno y con otro, instala la imagen de alguien que adopta una posición ante los demás. Eso tiene efectos múltiples. En los momentos de ascenso del yrigoyenismo, la oposición ilustrada se burlaba del lenguaje altisonante de Yrigoyen y, sobre todo, del de sus imitadores, como de algo superfluo y desconectado de la realidad. Pero la adopción de ese lenguaje tan singular debe haber producido en muchos la sensación de que era posible, también para ellos, tener una palabra política, cualquiera que fuera el lugar social de cada uno, y eso tenía que ser importante para una parte de la nueva ciudadanía de entonces. El estilo confrontativo de Kirchner debe causarle a la vez problemas y beneficios a su imagen, pero creo que se habla, tal vez, excesivamente de los problemas y poco de la sensación de alivio, y hasta de seguridad, que tiene que haber traído la novedad de semejante énfasis. Es la primera vez en varios años que un mandatario argentino elige mostrarse seguro de sus posiciones, impaciente por hablar y discutir, y necesitado del triunfo. Ha habido figuras políticas que parecían querer demostrar que su propósito era terminar bien un turno en el poder o retirarse discretamente, para trabajar en algo más tranquilo. Las consecuencias de unas y otras paradas discursivas son difíciles de prever. Los discursos no pueden despegarse de la suerte del conjunto de la acción política. Pero su parte en la acción no puede ser la misma en la crisis que en los momentos de prosperidad y de calma.
-¿Cree que hay apoyo de la gente al discurso de la confrontación?
-No sé si específicamente a este estilo confrontativo, pero creo que hay algo que es recibido positivamente por muchos, que es la asunción de una palabra opinante, de manera permanente. Esto ha traído la novedad de un presidente que compromete siempre una palabra frente a una realidad que cambia constantemente. Hay poca capacidad de confianza en la formulación de un discurso para un período extenso. En algún lugar, todos sabemos que éste no es un momento que permita grandes previsiones. Permite la formulación de actitudes y la definición de confrontaciones. En ese sentido, que el Presidente hable de una manera constante, paradójicamente, puede producir una cierta tranquilidad.
-¿Eso puede tener relación con la tendencia argentina a caer en el autoritarismo o a buscar una figura que nos salve?
-En el autoritarismo se puede caer con todos los estilos. Hemos tenido caudillos silenciosos, hemos tenido dictadores que no hablaban y personajes fuertes que lo hacían permanentemente. No creo que un estilo comunicacional esté ligado a una posición autoritaria.
-Usted escribió que los movimientos políticos en la Argentina en general empezaron generando discursos de ruptura que, con el tiempo, se terminaron asimilando a los que ya existían. ¿En qué estado de este proceso está el kirchnerismo?
-El problema para aplicar ese esquema de análisis al discurso de Kirchner es que Kirchner no surge con un discurso político elaborado, con el cierre que tiene que tener un discurso para poder ser definido como tal. Kirchner surge como un misterio, en todo sentido, incluso desde el punto de vista de su proyecto político: era una figura que todavía se estaba armando cuando llegó al poder.
-¿Qué tiene Kirchner de peronista?
-Lo que tiene de peronista está justamente en relación con el discurso. El discurso peronista, que caracteriza a Kirchner, para bien y para mal, fue una parte importantísima de la construcción del partido. Nunca un discurso deja de ser parte en la vida de los conjuntos políticos, pero en el caso del peronismo era central. Perón generaba adhesión y odios con su discurso. Esa cotidianidad del discurso también aparece en el caso de Kirchner. Es decir, la necesidad de dar un lugar central a la expresión de la opinión, a la palabra. Otra característica del peronismo es la adjudicación de un lugar central, dentro de esa palabra, a las confrontaciones de la actualidad económica y política. Esa centralidad del conflicto social y económico de la coyuntura es algo que formó parte del discurso peronista mucho más que del discurso de otras grandes corrientes políticas argentinas.
-La televisión suele ser objeto de muchas críticas. ¿Qué aspectos positivos le encuentra?
-Lo que tiene de bueno es la variedad de géneros, sobre todo si sumamos canales de aire y de cable. Pero es verdad que también tiene muchas cosas malas. Por ejemplo, ha generado un tipo de periodismo que finge sencillez. El periodista aparenta ser un hombre sencillo que se indigna.
-Se subestima al televidente.
-Sí, a partir de una autosubestimación del periodista.
-¿Qué tan poderosa es la televisión?
-Es bastante menos poderosa de lo que se creía. Sobre todo de lo que creían algunos, que pensaban que transformaba las conciencias. Es interesante notar lo que ha ocurrido en algunos sectores sociales que tienen acceso a Internet, en los que los jóvenes tienen hoy el televisor a la espalda, porque por delante ubican siempre la pantalla de la computadora. Creo que Internet todavía es un misterio. Se ha escrito e investigado mucho, pero lo mejor que podemos decir es que es algo demasiado complejo todavía. De lo que sí estoy seguro es de que la pantalla de la computadora se diferencia muchísimo de la del televisor.
-Si uno mira la televisión argentina, ¿saca alguna conclusión sobre los argentinos
-Se puede pensar en cómo se tratan ciertos temas. Por ejemplo, sin hacer una crítica, las pertenencias sociales y laborales se representan como provisionales. La sociedad que se representa ahora en la ficción, y también en géneros no ficcionales, está compuesta por gente más o menos expuesta al cambio de emplazamiento social: para arriba o para abajo, pero más frecuentemente para abajo.
-Hoy parecen no existir límites sobre lo que la televisión puede mostrar y decir. ¿Eso es transgresión, un modo de llamar la atención del público u otra cosa?
-Pueden ser ésas y otras cosas, pero creo que, además, es el efecto de un debilitamiento de las convicciones compartidas en cada segmento social, no sólo sobre lo que es malo y lo que es bueno, sino también sobre lo bello y lo feo. No sólo se debilitaron creencias políticas y religiosas, sino también las que mantienen, ahora de modo más cambiante, los límites entre lo aceptable y lo que no lo es dentro de un estilo de expresión. No terminamos de encontrar el tono.
-¿Cuál es el género que mejor nos define a los argentinos?
-La caricatura y la historieta costumbrista tienen en la Argentina una riqueza que no es fácil de encontrar en otros países. Y esa riqueza no sólo tiene que ver con el nivel de la representación, con la destreza en la producción. En la Argentina, siempre ha tenido lugar un tipo de caricatura en la que puede tomar la escena el componente plástico. Una caricatura de Hermenegildo Sábat tiene que ser mirada como un cuadro y una historieta de Liniers tiene que ser, muchas veces, leída como un cierto humor poético cercano a la tradición de lo que se llamó humor metafísico.
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