La crisis llegó al conurbano antes del colapso global
El testimonio de los afectados por el cambio de escenario
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El conurbano bonaerense tiene códigos de producción fabril que sorprenderían en Düsseldorf, Manchester o Silicon Valley. Para no despedir a nadie, Bi-Orient SA, fabricante de precintos de plástico asentada en Haedo, reasignó las tareas de algunos de sus doce empleados: les propone barrer, pintar la fábrica y, en algún caso, cortar el pasto del jardín de la casa de uno de los dueños. Un original seguro de desempleo. Es que la actividad cayó un 40% o más para Bi-Orient. De sus cinco máquinas no usa más que dos, porque los clientes -Nestlé, Coca-Cola, Danone, entre otros- compran menos precintos de seguridad para sus envases.
El caso expone una realidad que les quita argumentos a los fabricantes de excusas: la crisis en la actividad económica y el consumo apareció, en el áspero conurbano, bastante antes de la caída de Lehman Brothers, desencadenada en septiembre. Una recorrida de LA NACION por diferentes sectores fija el comienzo del deterioro en, por lo menos, marzo del año pasado. La inflación, el conflicto agropecuario y el alza en las tasas de interés fueron, entre otros, los verdugos de un área que concentra a unos 10 millones de habitantes, más de un cuarto de la población del país.
Mucho antes que el Indec empezó a notarlo el padre Carlos, párroco de la iglesia San Francisco Solano, en Bella Vista, partido de San Miguel. Hombre más bien abocado a cuestiones celestes, pero cuidadoso de los costos, el presbítero ya advertía, en mayo, una baja del 60 por ciento en las colectas de su feligresía.
Los agnósticos o descreídos podrán recurrir a pruebas más terrenales. Por ejemplo, a los números de Cammesa, la administradora del mercado eléctrico, que indican que la demanda del sector fabril y comercial (de más de 300 kW/h de potencia) venía de crecer casi el 8% en 2007 en todo el país y aterrizó, durante el primer trimestre de 2008, a la mitad de ese ritmo de alza. Enero y febrero de este año muestran ya una catástrofe: la caída en el bimestre fue del 10 por ciento en relación con el mismo lapso del año pasado.
"Ya a fines de febrero se empezaban a notar señales de alerta -explicó Edgardo Gámbaro, presidente de la Unión Industrial del Oeste-. Estiramiento de plazos en la cadena de pagos, inconvenientes de todo tipo, sobre todo para los que vendían en el interior. La resolución 125 [que fijaba retenciones móviles a las exportaciones agrícolas] afectó el mercado interno, pero no tanto el exportador. En septiembre, algunas empresas empezaron a suspender terceros turnos, horas extras, había cheques rechazados. En los primeros meses de 2008, los clientes stockeaban para mitigar la inflación. Pero ya en octubre vino lo peor, y ahora todos prefieren liquidar stock, necesitan estar líquidos porque cayeron las materias primas. Y compran menos."
Son palabras de gente de trabajo. El buen observador podrá advertir distancias astronómicas entre el discurso de un empresario pyme de la provincia de Buenos Aires y el de dirigentes fabriles nacionales. Nadie piensa, en el conurbano, en términos políticos; sólo se habla de máquinas, costos, rentabilidad, tasas de interés. Tanto, que hace dos inviernos, cuando desde la Unión Industrial Argentina (UIA) se intentaba no perturbar con quejas por los cortes de luz, los industriales de La Cantábrica, un polo industrial del partido de Morón que alberga a 40 empresas, hicieron una conferencia conjunta con la CGT local para reclamar que peligraba la producción. "Y?, la UIA está más en los grandes temas. Las pymes tenemos otra complejidad", se sinceró un propietario bonaerense.
¿Qué otra inquietud, que la caída de un 50% de sus ventas en 12 meses, podría entonces desvelar a Isaac Marcovicz, dueño de Label & Tags SRL, una textil que confecciona etiquetas de género para marcas como Tucci, Ona Saez o Adidas? Marcovicz tiene seis máquinas, pero ahora le basta con cuatro porque produce menos. "No eché a nadie -se jacta-. Pero el que se va, no lo repongo." Las penurias empezaron en realidad hace un año, al ritmo de la inflación y el ahogo financiero. La tasa del contrato de leasing de dos de las máquinas era del 4% en 2007 y está ya en el 19%.
Existen todavía, con todo, amplias diferencias entre la crisis que emerge y la que vivió la Argentina en 2001. Esta, por lo menos hasta ahora, parece ser más indulgente con algunos sectores. En Avellaneda, Jorge Molinuevo, gerente de la empresa Ferrum y presidente de la Cámara de Artefactos Sanitarios, puede ser optimista.
"Extrañamente, nuestra actividad siguió activa. En enero anduvimos bien, en febrero se cayó, y en marzo estamos esperando. Si bien es cierto que la gente refacciona menos la casa, se ha visto una reactivación en los planes de viviendas populares. Prevemos una baja en los próximos meses, pero todavía no vislumbramos una caída significativa. Marzo es un termómetro real. Habrá una reducción, pero no parece ser muy dramática", dijo.
No todo Avellaneda tiene ese espíritu. Que lo diga José Pablo, ex oficial de máquinas de pintura de la curtiembre mexicana Wyny. Un martes del mes pasado le informaron que tres días después, un viernes, sería su último día laboral porque Wyny cerraba. Y así con 180 empleados (ver aparte).
Mediodía de sol en Villa Lynch, San Martín. El mozo de la parrilla La Nueva Recova trae un matambre a la pizza y cuenta que este año viene menos gente a comer, pero que no hay que exagerar, que el restaurante no es todavía el desierto del Mojave.
A pocas cuadras, Vicente Perlezzi, dueño de Electricidad Lynch, una distribuidora de materiales eléctricos, lo contradice y contesta que sí, que el comercio se desbarrancó en su sector: un 50% menos de ventas en febrero, si se lo compara con el mismo mes del año pasado. Sus clientes son Siemens, Pirelli, Soloda. Contador público, Perlezzi trabaja con sus tres hijos, su mujer y 15 empleados. Logró expandir su local en los últimos cinco años, a los que define como los mejores de las tres décadas de vida de la empresa, junto con "algunos picos" de los 90. "El teléfono no llama, está difícil. Lo veo mal, la crisis todavía no llegó. Igual, creo que esta vez las empresas están más sanas. No van más al banco: pasan por la vereda de enfrente. Eso es una ventaja: la Argentina está consiguiendo que la política vaya por un lado, y la economía, por otro. Así pasa en Europa".
La pelota no se mancha
Algunos hábitos pueden parecer ajenos a todo. Hay que oír, en La Cantábrica, el tono encendido de Marcelo Luchetti, uno de los miembros de la familia dueña de ESAT SA, la fabricante de pelotas de tenis Penn, cuando cuenta que en febrero vendió un 15% más pelotas que en el mismo mes del año pasado.
"Un fanático del tenis puede no cambiar la raqueta, vestirse con las mismas zapatillas, pero las pelotas no las deja de comprar. Además, bajó la importación." A pocos metros, los empleados no paran un segundo. Unen las mitades de goma, inflan la esfera, pegan el paño. Un cañón probará, a 140 kilómetros por hora, durante cuatro veces por minuto, las pelotas que luego irán, por ejemplo, a la Copa Davis o a torneos de ATP de América del Sur.
¿Qué es ser industrial en la Argentina?, le preguntó LA NACION a Luis Siméon Rossi, uno de los dueños de la referida Bi-Orient. Uruguayo de Salto Grande, Rossi era gerenciador de cooperativas agropecuarias en su país, pero vino a la Argentina hace muchos años porque su mujer necesitaba estar cerca de sanatorios que tuvieran buen tratamiento de diálisis. Junto con Alejandro Ancel y otros socios, hoy es dueño de la empresa de plásticos. Rossi contesta a la pregunta enseguida, casi sin pensar, cordial, apasionado y sonriente: "Y?, yo no elegí ser industrial. Me topé con lo que me encontré".
Lo rodean cinco modernas máquinas Extruder que muestra, mitad orgulloso, mitad triste. "Mire, ahora funcionan una o dos. El año pasado andaban hasta cuatro. El bajón fue muy fuerte: cuarenta o cincuenta por ciento".
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