
La desidia política, origen de las críticas
Las promesas incumplidas de los dirigentes argentinos despiertan quejas y demoran la ayuda externa
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Las contradicciones y la frivolidad de la política están demorando la reinserción de la Argentina en el mundo. Las últimas declaraciones de Anne Krueger, menos negativas de lo que parecen a primera vista, y las del alemán Hans Tietmeyer, no carentes de arbitrariedad, dispararon sobre las decisiones de los dirigentes políticos argentinos más que sobre la economía local.
Una enorme asimetría surge entre la dimensión de la crisis nacional y el talento de sus dirigentes. Mientras un sector de la sociedad parece refugiarse en cierto aislacionismo tras la detonación de la crisis, según las últimas encuestas, los cuestionados dirigentes políticos intentan reconciliarse con la gente común montados sobre esa ola, a espaldas del mundo.
Cuando Krueger habló de la falta de sustentabilidad del plan argentino, estaba destacando que el programa económico carece de un respaldo político creíble. ¿Miente? Desde que la Corte Suprema de Justicia abrió el corralito financiero, enfrascada en una dura disputa con el gobierno de Eduardo Duhalde, la política local se volvió incontrolable e imprevisible para el FMI. La inconstitucionalidad del recorte salarial del 13 por ciento en la administración pública, dispuesta recientemente por el tribunal, terminó por cristalizar esa opinión.
La sensación de que hay un gobierno débil e impotente en Buenos Aires se profundizó luego, cuando el Congreso despachó en una semana cuatro leyes que afectaban al sistema financiero. Para las oficinas de Washington del FMI, la crisis no tendrá solución sin la reconstrucción de los bancos y sin el restablecimiento del crédito.
Más allá de las peripecias locales por la versión de que representantes de senadores habrían pedido sobornos a los bancos, lo cierto es que el rumor se creyó en el acto en Washington, sobre todo después de que la sospecha apareciera en la primer página del influyente Financial Times. Más que las pruebas del rumor, que no existen aún, prevalecieron los antecedentes y la mala fama del cuerpo parlamentario.
De todos modos, Krueger advirtió sobre el futuro de un país en default con los organismos multilaterales y sobre la responsabilidad de los políticos argentinos, pero también expuso un plan que es idéntico al proyecto más idílico del Gobierno.
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Precisó que está trabajando en un acuerdo de reprogramación de vencimientos hasta diciembre de 2003, para dejarle seis meses de negociación al próximo gobierno. Es justo lo que quería Roberto Lavagna.
Después de la última postergación del acuerdo, el gobierno argentino le imploró al FMI que firmara un acuerdo hasta el 25 de mayo de 2003, fecha prevista para la entrega del poder.
Kruger anunció ahora que el eventual pacto podría extenderse hasta diciembre del próximo año, aunque lo condicionó, indirectamente, a que la política argentina encuentre ciertos márgenes de disciplina interna.
El caso de Tietmeyer tiene otras connotaciones, aunque el legendario ex presidente del poderoso Bundesbank también descerrajó sobre "la política argentina que parece no estar dispuesta a las reformas necesarias". Tietmeyer hizo la descripción más descarnada y cruel de la Argentina que se haya oído hasta ahora: "La Argentina ha caído en la insignificancia por su propia culpa y, posiblemente, para siempre", asestó.
Ninguna nación europea puede sostener, ciertamente, que la ruina de un país es definitiva. La propia historia de Alemania enseña que los países siempre se pueden levantar, aún desde las cenizas más ominosas.
Tietmeyer es un especialista en finanzas, que suele detenerse muy poco en las potencialidades económicas de un país. Su opinión contrasta ostensiblemente con la de otro notable economista, el italiano Vito Tanzi, actual viceministro de Economía de su país, que dijo que la Argentina está en condiciones de superar la crisis en uno o dos años. "No hay muchos países en el mundo tan ricos", subrayó.
Pero algo está sucediendo entre la Argentina y Alemania, el país que con más severidad trata en el directorio del FMI a la crisis local. Por lo general, Gran Bretaña y España, entre los europeos, siguen las posiciones del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, que han sido mucho más flexibles en los últimos tiempos. Francia e Italia son los únicos que perseveran en un discurso de acuerdo rápido con la Argentina.
El problema entre Alemania y la Argentina podría tener el nombre de una empresa: Siemens. El contrato para la elaboración de los documentos de identidad y para computarizar los padrones y los puestos fronterizos, firmado en los últimos tiempos de Carlos Menem, fue anulado por la administración de Fernando de la Rúa.
Pero el canciller alemán, Gerhard Schršder, había intercedido por la empresa más importante de su país dos veces ante De la Rúa. En ambas oportunidades, el entonces presidente radical le aseguró que solucionaría el problema, pero después canceló el contrato. Domingo Cavallo suele decir que esa decisión fue catastrófica para la relación de la Argentina con el FMI, cuya jefatura acababa de asumir el alemán Horst Kšhler.
Schröder estuvo en Buenos Aires en febrero y le pidió a Duhalde que se ocupara del caso Siemens. Duhalde le prometió que habría una propuesta del gobierno argentino en 15 días. Nunca hubo tal propuesta.
El rencor alemán hinca sus razones en la desidia de los políticos locales, aunque no sean suficientes como para que Tietmeyer condene a una nación a la insignificancia perpetua.
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