La lucha por la madurez en la Argentina

Enrique Valiente Noailles
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20 de diciembre de 2017  

Las salvajes escenas ocurridas fuera del Congreso fueron provocadas por un grupo de delincuentes, frente a los cuales los poderes de la democracia no deben tener la menor vacilación en actuar. La democracia tiene que saber demostrar que es más fuerte que la violencia. Se le ha dado el monopolio de la fuerza para que no dude en ejercerla contra quienes exhiben el argumento de los morteros. Es importante dejar atrás la culpa que arrastra el Estado, en un contexto de democracia y legalidad, de ejercer pleno poder contra quienes atentan contra la paz. Parte de la violencia proviene de la desesperación de comprender que no es un gobierno, sino la mayoría de la sociedad la que decidió cambiar su destino. Y lo que se quiso cambiar está representado por los hechos del lunes.

Aun así, lo sucedido nos recuerda que la Argentina está atravesada por diversas edades: de la prehistoria en que los conflictos se resolvían con palos y piedras al medioevo que tiene capturadas algunas provincias, hasta la modernidad que exhiben sectores sumamente desarrollados. No es sólo la esporádica irrupción de violencia, sino la lucha entre los diferentes estadios de madurez lo que hace crujir a la Argentina. Y esto tiene que ver con lo que ocurría dentro del Congreso. La madurez se adquiere cuando se comprenden y aceptan las propias restricciones, junto al ejercicio de priorización que ellas exigen. Un país en el que todos creen que tienen derecho a todo necesita acelerar el desarrollo de esta conciencia.

El Presidente señaló ayer que las dos prioridades de su presidencia eran los niños de 0 a 5 años y los jubilados. Estos dos focos suponen, sin ir más lejos, un ejemplo del debate que requiere la asignación de recursos. La inversión que hace la Argentina en sus adultos mayores es dos veces y media per cápita más que la que invierte en sus niños, aun si se computa el presupuesto de educación. Pero la mayoría de los niños son pobres y la mayoría de los pobres son niños. Los nuevos esfuerzos de inversión del Estado deberían dedicarse ahora a ellos, buscando así un mayor equilibrio intergeneracional.

La decisión de la mayoría de los argentinos ha sido dejar atrás un país en el que tiene más relevancia la fuerza que la ley. Por eso a corto plazo las imágenes de lo ocurrido nos conmocionan, pero a mediano plazo pueden funcionar como una vacuna que refuerce tanto el camino elegido como el que dejamos atrás.

El autor es filósofo y ensayista

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