
La pendular política argentina
Cómo será el nuevo escenario nacional después de las elecciones legislativas del domingo último
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Los guarismos de la última elección han confirmado dos datos. Uno más o menos reciente, como es la fragmentación del sistema de partidos, y uno más viejo, que la política argentina es pendular.
Como ya ocurre en otras latitudes, la atomización partidaria también ha llegado hasta nosotros. Este fenómeno, al que los tratados de ciencia política prestaban poca o ninguna atención, se ha convertido en un rasgo central de la política globalizada. Acudiendo a una metáfora, podemos decir que en escenarios de fragmentación partidaria los partidos y su volumen electoral son las olas, mientras que las respectivas tendencias ideológicas o polos, como diría Sartori, son el dique que las contiene y el canal que las encauza.
Incluso en sistemas como el brasileño y el italiano, caracterizados por una gran fragmentación partidaria -ambos entre partidos nacionales y regionales superan con creces los diez-, son las corrientes ideológicas o los polos los que determinan el curso de las aguas. En Brasil donde la política está aún más fragmentada que entre nosotros, los polos son vigorosos, con el PT de Lula que contiene a la centroizquierda, y el Partido Frente Liberal, a la derecha.
En Italia ocasionalmente un partido como la Lega Nord de Bossi puede derribar a su aliado Berlusconi, o Rifondazione Comunista puede jaquear a la centroizquierda del Olivo.
Si a veces las aguas hacen o provocan alguna grieta, ésta se repara y nuevamente el dique vuelve a embalsar las aguas. Entre nosotros además de la fragmentación, el comportamiento pendular es otra manifestación de que el oleaje se desplaza sin diques que lo contengan.
Por si hubiese alguna duda todavía, el PJ ha vuelto a demostrar que es un aparato baquiano en todas las idas y vueltas de la política; es decir que se adapta tanto a una opinión que en los 90 creía en los beneficios de un país enancado en la globalización, como a una opinión que si pudiese elegir como presidente de los argentinos a otro mandatario latinoamericano, el 31 por ciento lo haría por Fidel Castro y el 26 por ciento por Hugo Chávez, como se desprende de una encuesta hecha por Carlos Fara y Mori en julio de este año.
En lugar de un sistema político enraizado en polos estables y capaz de neutralizar la fragmentación, tenemos pues una cultura política pendular, donde la victoria del oficialismo presidencial reitera un comportamiento que ya es un atavismo por lo arcaico y una letanía por lo repetido.
Un facilismo inercial lleva al país en busca de un alivio temporario a votar por un peronismo de signo contrario, incapaz de apostar a lo contrario del peronismo. La otra cara o contraparte de la Argentina pendular es la historia de las fuerzas que se han propuesto ser, sin conseguirlo, una alternativa al peronismo. No sólo el radicalismo, que agoniza porque no supo pasar de alternativa electoral a alternativa de poder.
Lo mismo vale para las fuerzas de centroderecha, que han sido hasta ahora y para decirlo con palabras del politicólogo francés Maurice Duverger, un partido de minoría política permanente "o sea, una familia espiritual bastante bien delimitada, muy minoritaria, relativamente estable e irreductible a las grandes tendencias que dividen al país" y que por ser "una opinión débil, tiende a estar usualmente a la defensiva". Al no tener polos de centroizquierda y centroderecha, no tenemos alternancia y al carecer de alternancia, estamos sometidos al péndulo peronista.
En el nivel de las olas pues dos certezas, la fragmentación y el atavismo pendular de nuestra cultura política; en el nivel de los diques de contención o polos varios acertijos a la búsqueda de solución.
El primero es si efectivamente el PJ se convertirá, según la intención presidencial, en el sostén principal de un polo de centroizquierda que contenga la fragmentación de sus así denominados aliados transversales, o si, por el contrario, reiterará en algún momento su acrobacia pendular.
* * *
En palabras de Tocqueville, no sabemos si como su antecesor menemista, el peronismo kirchnerista es un régimen que se funda o una aventura que continúa. La segunda es si el ingeniero Macri logrará efectivamente bordear el pantano de la fragmentación, convirtiendo a Pro en el eje de un polo que contenga a las fuerzas de centroderecha -provinciales, Paufe, menemistas, etcétera- y las saque de su gueto de minoría política permanente.
El tercer acertijo concierne al rol de ARI, la fuerza de centroizquierda que compite con el Presidente. ¿Esperará a que después de Kirchner el peronismo vuelva a su rutina pendular para reemplazarlo y ocupar su lugar en la centroizquierda? ¿O por el contrario, el futuro le reserva un destino similar al que tuvo el radicalismo, levitando en una cultura de oposición? Como en un crucigrama, las respuestas a estos acertijos se concatenan, pues la respuesta a uno depende de la respuesta al otro; pero al contrario de lo que ocurre con un crucigrama, en este caso los acertijos tienen más de una solución.
Si surge una confluencia de centroderecha, el peronismo tendrá dificultades en abandonar su posición actual, condenando a ARI a enfrentar problemas similares a los del radicalismo en el pasado más reciente.
Si, en cambio, no surge una confluencia moderada en la derecha, el aparato del peronismo o una parte de ese aparato podría retornar ahora con un candidato presidencial moderado -probablemente no peronista- al espacio de centroderecha que ocupó el menemismo, en cuyo caso ARI tendría ahora a su disposición el espacio de la centroizquierda.
Se convertiría así en el dique de contención de la fragmentación, en esa área compuesta por el radicalismo, los socialistas y otros partidos menores afines.
Finalmente, y a modo de epílogo, concédanos el lector un juicio, en la vena latina del castigat ridendo mores. Chateaubriand relata que el rey Luis XVlll en su exilio temporario en la ciudad belga de Gante, y a la espera de su segunda restauración, tenía en su consejo a un obispo casado, a un cura que vivía en concubinato y a un cura poco practicante...
Sardónicamente, el gran escritor francés nos dice que nadie podría enrostrarle al rey cristianísimo mojigatería alguna.
Tampoco debemos asombrarnos, entonces, si la coalición presidencial abarca en su arco desde los ortodoxos de la primera hora -es decir, los militantes y simpatizantes de la violencia domesticados por la cooperación internacional- hasta apóstatas del duhaldismo, del menemismo y del radicalismo.
Dado que la política no es como la religión, la nueva fe -el peronismo progresista- lo es en sentido figurado, el cambio de banderas no es ni una apostasía, ni siquiera una traición, pues como decía Talleyrand, en política la traición es sólo una cuestión de fechas.
Por todo ello, si la ausencia de mojigatería era una virtud en el monarca de la segunda restauración francesa, ¿por qué no habría de serlo en el presidente de la primera restauración setentista...?
El autor es profesor de Teoría Política en las universidades del Salvador, Buenos Aires y Católica Argentina.
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