Las fisuras de Cambiemos frente al espejo cordobés

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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14 de marzo de 2019  

Córdoba se ha convertido, como tantas veces en la historia, en el centro de gravedad de la política nacional. Allí se rompió ayer la alianza Cambiemos . Y surgió una coalición entre el PJ , el socialismo y el Gen, de Margarita Stolbizer.

Son dos novedades provinciales. Pero con un intenso significado para la disputa de poder en todo el país. Cambiemos se dividió para las elecciones del próximo 12 de mayo.

El radicalismo, que domina a esa coalición en el distrito, concurrirá con listas propias, encabezadas por el intendente de la capital, Ramón Mestre, para la gobernación, y Rodrigo de Loredo, para ese municipio.

La Coalición Cívica , Pro y el Frente Cívico, de Luis Juez, postularon al radical Mario Negri , en fórmula con el macrista Héctor Baldassi, con Juez como candidato a la intendencia.

De la estrategia que propuso estas candidaturas ya no se espera una victoria en la provincia. Apenas debe demostrar que no conduce a una catástrofe. Es decir: que Cambiemos conseguirá retener el gobierno de la ciudad de Córdoba, la municipalidad más importante del país. No está claro que lo logre.

Esta crisis de la coalición que gobierna la Nación en un distrito estratégico, en el que Mauricio Macri siempre fue una figura estelar, es el resultado de varias hipótesis erróneas. Todas ellas fueron elaboradas en Buenos Aires, lejos del ecosistema donde debían validarse.

La última noticia de un acuerdo en la provincia ocurrió en diciembre pasado. Los actores más relevantes habían aceptado una interna en la que competirían Negri, Baldassi y Juez, por un lado, y Mestre con el macrista Gabriel Frizza como vicegobernador, por el otro. De Loredo era el candidato a intendente de ese grupo. Macri y Marcos Peña, que es el director del proselitismo nacional, bendijeron el formato. Veían en él una virtud: el Presidente no perdería en ningún caso, ya que Pro figuraba en las dos boletas.

En enero, llegaron a Córdoba contraórdenes desde Buenos Aires. Con Peña de vacaciones, Horacio Rodríguez Larreta fue el encargado de transmitir a Nicolás Massot, líder de Pro cordobés, que debía, por indicación del Presidente, abandonar a Mestre. La explicación fue que Elisa Carrió, histórica amiga de Negri, pidió aislar al radical dentro de Cambiemos.

Los macristas cordobeses acataron el mandato. Y Mestre debió reemplazar al macrista Frizza por el radical Carlos Briner. Fue el punto de partida en el camino hacia la interna. Negri se sostendría en su prestigio como legislador y en una larga trayectoria cordobesa, que lo llevó a secundar a Eduardo Angeloz en el gobierno provincial. Y Mestre pondría en juego el poder territorial que le da ser intendente de una ciudad que representa el 40% de la población del distrito, más el peso de ser el presidente de la UCR local.

Con el paso de las semanas, comenzó a insinuarse que Negri estaba en mejores condiciones de enfrentar a Schiaretti. Pero no lograría superar en las primarias a Mestre, quien cuenta con el apoyo decisivo de otros intendentes. Un experto en la política local explicaba hace dos semanas: "En una interna de alrededor de 95.000 votantes, gana Mestre".

Esta perspectiva desató dos movimientos. Desde el sector de Negri objetaron las reglas de juego y la logística. Retórico ingenioso, el diputado denunció que le estarían preparando "una elección a lo Maduro". En la Casa Rosada, mientras tanto, encontraron un límite peligroso: Mestre no desistía de sus ambiciones. Desde su comando aducían que "si Negri está mejor en las encuestas, no es por más de 6 o 7 puntos. Y no es seguro que le gane a Schiaretti, que lo supera por 10 puntos. ¿Por qué Ramón se va a bajar?".

Con esta información, Peña, Larreta, Massot y Rogelio Frigerio empezaron a borronear la idea de un acuerdo en el que Negri cediera sus pretensiones. Las compensaciones que se imaginaron en la Casa Rosada fueron desde el realismo de la reelección como diputado, con la promesa de presidir la Cámara, hasta el ilusionismo de acompañar a Macri como vicepresidente. Todavía no se había perfilado una solución cuando Carrió irrumpió por segunda vez: si se sacrificaba a su amigo Negri, ella se apartaría de Cambiemos. A partir de esta presión, que Carrió habría ejercido sobre Macri el viernes pasado a última hora, se mantuvo la carrera de Negri. Pero fracasó la premisa a partir de la cual esa presión se había ejecutado: Mestre insistió en presentarse. Y Cambiemos se quebró.

La aventura expone varias limitaciones de la conducción de la alianza gobernante. La más obvia es no calcular con exactitud las reacciones de las personas. ¿Era posible que Mestre abandonara la carrera? Sí, pero se hubiera necesitado un trabajo personal, muy temprano, en el lugar de la disputa. Es difícil que el intendente de una ciudad de un millón y medio de habitantes, presidente de uno de los partidos más importantes de una de las provincias más importantes, con 47 años de edad, abandone sus ambiciones y su estructura por teleconferencia con un funcionario porteño. ¿Se rendiría ante una encuesta ? ¿Después del Vilcapugio que tuvieron los encuestadores en Neuquén? Sería como pedirle a Rodríguez Larreta que, en 2015, hubiera sometido su suerte frente a Gabriela Michetti a lo que dijera un consultor de opinión pública.

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Es muy razonable conceder que las burocracias partidarias y sus líderes no ganan elecciones como antes. Pero pueden determinar que quienes se proponen renovarlas, o sustituirlas, las pierdan. Aun si se admitiera que la coalición Negri-Baldassi-Juez expresa esa regeneración en Córdoba, el menosprecio por las expectativas de Mestre conduce ahora, casi seguro, a la derrota. Con un riesgo adicional: Cambiemos también se dividió en la capital de la provincia. Allí van a competir Juez y De Loredo, facilitando el sueño de Martín Llaryora, el principal candidato peronista.

Para Carrió no es la mejor encrucijada. Deberá apoyar a Juez, a quien, como casi toda la dirigencia cordobesa, detesta. Y postergar al promisorio De Loredo, uno de los niños dorados del noviciado que conduce Mario Quintana, hoy más cerca que nunca de Carrió. De Loredo se ha convertido en el novicio rebelde. Aunque nadie pueda reprocharle indisciplina: yerno de Oscar Aguad, renunció sin chistar a un cargo nacional cuando Macri firmó su decreto contra el nepotismo. Un vicio que, sin duda, se discutirá ahora en el enfrentamiento cordobés.

Otro rasgo sobresaliente de la crisis mediterránea de Cambiemos es que Carrió y Larreta se guían en Córdoba con un mapa de la ciudad de Buenos Aires. Recuerdan que Mestre ha sido siempre un aliado de Martín Lousteau, a quien ellos también, en 2015, negaron una interna. Además, a Carrió el retrato del intendente cordobés se le confunde con el retrato de Enrique Nosiglia. El eterno entredicho de la diputada con Nosiglia tiene hoy nuevos matices. El exministro del Interior de Raúl Alfonsín gravita, a través del senador Juan Carlos Marino, sobre la Comisión de Seguimiento de Organismos de Inteligencia. Allí se debatirán las revelaciones del juez Alejo Ramos Padilla sobre las fechorías del espía Marcelo D'Alessio, y las denuncias kirchneristas sobre escuchas ilegales divulgadas por Carrió.

Sin embargo, la aparición de D'Alessio daña al oficialismo no tanto por el impacto sobre la Coalición Cívica, sino porque desnuda que, bajo la responsabilidad del broker del mejor amigo de Macri, Gustavo Arribas, y de la controvertida Silvia Majdalani, los servicios de inteligencia siguen contaminando la vida institucional con las repudiables prácticas de las que se servía el kirchnerismo.

Estos avatares del sottogoverno son anecdóticos en el duelo de Carrió. Nosiglia es el jefe del radicalismo porteño, fuerza cuya resurrección complicaría a la Coalición Cívica en su base principal. Ahí está la raíz del conflicto con él y con Lousteau. La contradicción es tan rígida que quita recursos tácticos a Larreta. Todavía no consiguió que su aliada Lilita levante el veto a que Lousteau sea candidato a senador porteño. Sonríe Federico Pinedo, que tendría facilitada la reelección. Y sonríe Macri, que recomendó a Lousteau competir contra Larreta.

La fractura cordobesa de Cambiemos se proyecta sobre el ajedrez nacional. El radicalismo debe reunir, en semanas, a su Convención. Es el órgano que decidió, hace hoy cuatro años, la asociación con Macri. Ahora debe ratificar o corregir esa decisión para las elecciones de este año. El presidente de la Convención, Jorge Sappia, llegó al cargo por recomendación de Mestre. No es el principal desafío de los que quieren seguir con Macri. Esos radicales están pendientes de los movimientos de Roberto Lavagna. Exfuncionario de Raúl Alfonsín y candidato a presidente de la UCR en 2007, Lavagna es para muchos de ellos alguien más cómodo que el Presidente.

Antes de reunir a sus convencionales, el radicalismo pedirá a la Casa Rosada compartir la fórmula con Macri, o competir con él en una interna. Si les niegan ambas solicitudes, se fortalecerán los que simpatizan con Lavagna. Entre ellos hay varios porteños, que creen que Lousteau tiene más posibilidades de convertirse en jefe de gobierno desde esa alianza alternativa. Ayer se agregó un atractivo más a esos encantos: Schiaretti replanteó el frente con que gobierna Córdoba sumando al socialismo de Miguel Lifschitz y al GEN de Stolbizer. En las negociaciones intervino Miguel Pichetto quien es, con Luis Barrionuevo, uno de los más activos promotores de Lavagna.

Muchos radicales, con Ricardo Alfonsín a la cabeza, miran embelesados ese jardín de al lado. Y desde Córdoba les llegó otro motivo para extasiarse. La vida interna de Cambiemos depende de las filias y fobias de Carrió. Es la peor mortificación que les ha infligido Macri.

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