
"Lo único que pretendo es el derecho de conocer la verdad"
Testimonio: Carmen Aguiar de Lapacó dijo que está "indignada" por el fallo de la Corte; apelará ante la OEA.
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"Me levanté un poco la venda que cubría mis ojos. Vi que en el box de al lado había una chica, también con los ojos tapados. La habían torturado terriblemente. Era mi hija. La toqué y gritó. Le dije que no se asustara, que era yo. Nos abrazamos. Me dijo "mamá, mamá, no resisto más la tortura. Creo que me voy a morir". La abracé, la abracé fuerte y lloramos. Nos separaron. Nunca más la vi..."
La angustia toma forma en la voz de Carmen Aguiar de Lapacó, a quien anteayer la Corte Suprema de Justicia le negó el derecho de solicitar datos a los archivos oficiales para averiguar el destino de su hija, Alejandra Lapacó, desaparecida, cuando tenía 19 años, durante el Proceso.
La causa 450, conocida como Suárez Mason, que lleva adelante Carmen, es considerada emblemática en la Línea Fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, entidad que la mamá de Alejandra integra desde que, en 1977, comenzaron a dar vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo.
"Este fallo me indigna, siento que se están burlando de mí. En ningún momento pretendí que se inculpara a nadie; simplemente pido el derecho de saber la verdad, de conocer dónde están los restos de mi hija", explica Carmen a La Nación .
Y vuelve al pasado: "A última hora del 16 de marzo de 1977, estábamos haciendo una sobremesa en casa (en Marcelo T. de Alvear al 900) con Alejandra, su novio _Marcelo Butti, también desaparecido_, mi madre y yo, porque le estábamos haciendo una despedida a mi sobrino, Alejandro, ya que se volvía a San Juan, de donde es oriunda la familia".
"Tocaron el timbre. Miré por la mirilla, no vi a nadie. Del otro lado de la puerta un hombre gritó "¡fuerzas conjuntas en acción!". Abrí. Nos llevaron por delante y nos sacaron al pasillo. Al novio de mi hija le pusieron una capucha naranja, a mamá _que tenía 77 años_ le taparon los ojos con una carpetita tejida y al resto nos taparon los ojos con pañuelos de cuello. A mí me pusieron uno de gaza, así que reconocí al "Turco Julián" (Julio Simón) y a "Colores" (Juan del Cerro)", recuerda Carmen.
Apelación internacional
Continúa: "Revisaron todo. Unos vecinos vieron cuando subían unas armas al departamento. Después, otro, un psicólogo, contó que le habían mostrado las armas y que le habían dicho que eran nuestras. Nos llevaron al Club Atlético (uno de los 360 centros clandestinos de detención que quedaba en la avenida Paseo Colón, en San Telmo). Sólo mi madre quedó en casa".
Una mezcla de tristeza y rabia se apodera de ella: "Me pegaron y toquetearon, pero no me importan las humillaciones por las que me hicieron pasar. Sólo me importa que tengo que hacer un esfuerzo para que venga a mí el recuerdo de mi hija con alegría de vivir y sentido del humor, porque, en realidad, el último recuerdo que tengo de Alejandra es ese abrazo del adiós. Y esa música ensordecedora que no podía tapar el grito de los detenidos..."
Carmen, que había perdido a su marido (periodista del viejo Canal 7) dos años antes del secuestro, recuperó su libertad tres días después junto con su sobrino. "Cuando me liberaron me dijeron que no hablara porque podía tener un accidente con un auto y que el cuerpo de mi hija aparecería en la puerta de casa", agrega.
Alejandra era estudiante de antropología, trabajaba y pintaba. Era militante de la Juventud Universitaria Peronista, "pero no era montonera ni simpatizaba con ellos, justamente, por el tema de la lucha armada, con la que ella no estaba de acuerdo. Sí, en cambio, la motivaba el tema de las desigualdades sociales. Cuando pregunté por qué, me dijeron que su nombre figuraba en la agenda de un subversivo".
De pronto, un manto implacable de rencor se apodera de ella: "Nunca podré perdonarlos". Luego cuenta que apelará el fallo de la Corte ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, organismo dependiente de la OEA, con quienes se reunirá el lunes próximo.
Si bien Carmen intenta saber dónde se encuentran los restos de Alejandra, reconoce: "No quiero desenterrarla, sólo quiero saber dónde está. Yo supongo que está en el río. Por eso, ya dispuse que cuando me muera, junten mis cenizas a las de mi marido y nos tiren al río, así vamos a estar los tres juntos otra vez".




