Los tres pilares de la fe que sostienen la apuesta electoral de Macri

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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18 de marzo de 2019  

Contra el escepticismo creciente, un trípode sostiene el optimismo electoral macripeñista.

El rechazo al kirchnerismo y la certeza absoluta de que Cristina Kirchner será candidata a la presidencia son la pata más firme de la santísima trinidad macrista, que galvaniza a su núcleo duro de adherentes, que para los sumos sacerdotes de la Casa Rosada siguen siendo un tercio del electorado, a pesar de todo.

Un segundo sostén es la creencia de que la economía no se va a deteriorar más de lo que ya lo hizo en un año, que dejó los ingresos de los argentinos en un casillero peor que el de 2015. Y hasta se animan a pronosticar una mejora para el momento de votar. La fe es así.

Termina por sustentar el altar de la confianza la tecnología electoral del siglo XXI con la que Pro no ha dejado de ganar elecciones desde 2007, cuando llevó a Mauricio Macri a la jefatura de gobierno porteña, contra el sistema analógico que sigue utilizando el kirchnerismo. Datos objetivos, aunque no definitivos.

La fe en la fortaleza invencible de ese trípode no tiene fisuras en el estrechísimo entorno de Macri. Lo explicitó el jefe de Gabinete en la entrevista que brindó a LA NACION la semana pasada: "La decisión [electoral ] tiene que ver con algo muchísimo más profundo que la inflación del último mes", explicitó después de recitar varios mantras del nopasanadismo.

Fue la reaparición del jefe de Gabinete después de un semestre sin brindar entrevistas, es decir, desde el mismo momento en que varios integrantes de la coalición oficialista pidieron su cabeza, pero del que salió mas fortalecido que antes del embate. Fue ese también el disparador de muchas inquietudes, sobre todo del "círculo rojo", ese al que Peña le viene dando batalla desde el armado electoral de 2015.

"¡Están haciendo todo para perder!", reaccionaron alarmados esos tomadores de decisiones que ven con espanto que el Gobierno siga apostando todo a la grieta sin ningún temor a caerse en ella, sobreexponiendo a Cristina Kirchner, subestimando riesgos y sobreestimando la capacidad de Macri de aglutinar a todos los que tienen aversión al pasado que la expresidenta representa.

En síntesis, los representantes del establishment, tanto como muchos analistas, advierten con espanto e inquietud (en ese orden cada uno) que el Gobierno apuesta todo a que por default se impongan sus candidatos. Como si no hubiera ninguna posibilidad de que se conformara una alternativa. O no hubiera riesgo de que el techo de la expresidenta se siga elevando. O no existiera la amenaza de que la deriva económica arrastre lejos de la costa la nave insignia oficialista y que, por el contrario, termine volviendo a puerto una opción populista.

No faltan los argumentos para que hayan surgido las alarmas a pesar de que las medidas monetarias de la semana pasada lograron una incipiente calma cambiaria y de que se acallaron, al menos por un rato, los temores (y augurios) de una posible corrida cambiaria.

Todo empezó con la decisión de desechar un desdoblamiento de las elecciones en la provincia de Buenos Aires, una estrategia con la que el macrismo bonaerense apostaba a sostener ese bastión clave para el oficialismo sin que el deterioro de la imagen del Gobierno y la del propio Macri mellaran la fortaleza de la dirigente mejor evaluada del país: María Eugenia Vidal.

Los argumentos utilizados por el omnímodo dúo compuesto por Jaime Durán Barba y Peña para demoler ese proyecto parecieron anteponer la preocupación por no alterar la zona de confort de Macri y no exponer su deterioro y los errores de muchas de sus políticas antes que por la misión de asegurar el resultado electoral bonaerense, que podría volver a ser el punto de apoyo para la presidencial. O el triunfo es todo de Macri o no es de nadie. Cambiemos es una empresa de un solo dueño. Esa pareció la conclusión.

Una justificación decisiva para que Vidal no separara su destino electoral del de Macri fue que el electorado bonaerense no aceptaría el gasto que implicaban otro acto comicial más. Si esos argumentos, expuestos por Jaime y Marcos y aceptados por Vidal, hubieran sido utilizados por la parte contraria o por cualquier analista, podrían haber sido desestimados con el anatema preferido de la dupla duranpeñista: "Eso solo le importa al círculo rojo". La honestidad intelectual es un bien fungible cuando se discute de poder.

Otra luz de alarma desató la ruptura del radicalismo cordobés. Si fue una estrategia y no una consecuencia indeseada, como algunos pretendieron maquillarla ex post, habrá que decir que expuso en demasía que la coalición oficialista lejos está de la cohesión y la fortaleza de 2015.

Además, exhibe la profesión de fe de que se reproduzcan las condiciones políticas y socioambientales de hace cuatro años. Como si no hubiera transcurrido un período de gobierno con los resultados a la vista, que son desaprobados por una parte mayoritaria de la sociedad, según revelan todas las encuestas. ¿Alguien puede asegurar ahora que volverá a contar Macri con los decisivos 700.000 votos que los cordobeses le prestaron en la segunda vuelta y que en la primera habían ido a la alianza urdida por el fallecido José Manuel de la Sota con Sergio Massa?

Los estrategas electorales macristas apuestan a un solo número (o a un solo nombre) en todas las ruletas del país. Para inquietud de muchos de sus seguidores, de no pocos de sus dirigentes y de buena parte de los empresarios que se ilusionaron con que este gobierno permitiera dar vuelta la página del populismo, si no definitivamente, al menos por varios años, para permitir que se asentara una nueva cultura institucional, política y económica. A diferencia de lo que ocurre en el primer piso de la Casa Rosada, en estos espacios la fe ha empezado a flaquear, tanto como para que algunos no duden en preguntar en voz alta si Macri y sus asesores principales están trabajando para ganar o si lo que están haciendo es "todo para perder, como hizo Cristina en 2015". Tal vez el interrogante trasunte menos una inquietud genuina que un grito angustiado de aquellos a los que el macrismo ilusionó y no se sienten escuchados ni correspondidos. El estrecho círculo presidencial, lejos de sentirse interpelado, responde que son los mismos que en 2015 presionaban por una alianza con Massa. Es así de curioso el gobierno del establishment: desprecia al establishment. Hasta cuando no le sobra capital de ninguna naturaleza.

Por eso, son varios los representantes del mundo de los negocios que ya trabajan para tratar de darle vida a un proyecto aún nonato: la postulación de Roberto Lavagna. La candidatura apenas empezó a andar, pero los rápidos apoyos superestructurales que concitó alimentan sueños de sus promotores y ya tejen ilusiones de que crezca a niveles tales que lo puedan poner en una segunda vuelta.

Los más soñadores quisieran que no solo supere la polarización, sino que logre el apoyo total del peronismo no kirchnerista, para terminar enfrentando a Macri en una segunda vuelta. Sería para ellos la poción mágica capaz de minimizar los muy probables riesgos de temblores cambiarios que la candidatura de Cristina, fortalecida por la polarización, podría causar. Aunque pregone las bondades de la competencia, la gente de negocios siempre se ilusiona con tener el monopolio de su rubro, aun antes de constituir su empresa. Por ahora este emprendimiento aún no salió de la incubadora, como para saber si podrá pararse por encima de la grieta. La incipiente calma cambiaria de la semana pasada, con un nuevo torniquete monetario, retempló los ánimos de los más alarmados por el derrotero de Macri, pero no hizo desaparecer los temores por el camino emprendido ni despejó la pregunta que carcome los nervios de quienes se preguntan si Macri y sus apóstoles están haciendo lo necesario para ganar o si, sin tal vez advertirlo, están trabajando para perder.

El temor tiene sentido: nadie explica cómo puede pasar el oficialismo de un tercio de adhesiones a la mitad más uno. Sobre todo cuando la fragilidad de la economía es extrema. Y Cristina volvió a ocupar el centro de la escena con otro capítulo de sus obras de misterio, que tan bien sabe representar. Será una campaña ideal para los fabricantes de ansiolíticos.

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