Lucrecia Bullrich. El adiós a una apasionada del periodismo

Tenía 39 años y trabajaba en LA NACION desde 2004
Tenía 39 años y trabajaba en LA NACION desde 2004
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11 de febrero de 2020  • 14:13

Flaquísima y sonriente, algo débil, aunque ella intentó siempre no aparentarlo, Lucrecia Bullrich escribió el 26 de enero pasado su última nota en el diario LA NACION. Jamás dejó de trabajar a pesar de una enfermedad que se hizo más agresiva en los últimos años. Falleció hoy, a los 39 años.

Desde su casa, en una suerte de internación domiciliaria, se las rebuscó para montar una redacción a la vera de la cama, con el tubo de oxígeno a cuestas. Con un hilo de voz, disfónica, obtuvo desde el último dato de una negociación salarial con algún sindicalista duro hasta el desafío a la Casa Rosada de algún gobernador rebelde.

Versátil como buena periodista de pura cepa, siempre predispuesta y bien informada, Lucrecia sacaba a flote cualquier nota. La política la apasionaba. Desde el sanatorio o desde su casa siguió al detalle el cierre de listas y las últimas elecciones. Hubiera soñado estar diez puntos para estar en la calle, trabajando sin restricciones. Quería estar.

Lucrecia ingresó a LA NACION en 2002 y dos años después empezó a dedicarse exclusivamente a temas políticos. Cubrió el Congreso, la Casa Rosada, gremios, gobernadores e intendentes. Hizo de todo. Y siempre con el mismo entusiasmo y predisposición. Además, y como dicen en la jerga futbolera: siempre entregó notas redondas, con un foco claro y preciso, bien escritas y con algún sello distintivo que le sumaba atractivo al texto.

Se divertía haciendo periodismo. Y lo hacía siempre de manera muy profesional. Era imposible no hacer una pausa y ser testigos cuando entraba en acaloradas discusiones telefónicas con peronistas, radicales, barones del conurbano o "gordos" de la CGT. Se imponía el "usted" y no faltaban los "oiga" y "pero escuchemé una cosa" cuando entendía que del otro lado de la línea la información viraba en ficción. Al conocer la noticia, dirigentes políticos expresaron sus condolencias a través de las redes sociales.

Si, de cualquier modo, alguien apelaba a su condición de mujer como excusa para evitar sus preguntas, buscar alguna complicidad o incluso halagarla, ella bramaba.

Escribió en 2010 Indec, una destrucción con el sello de los Kirchner, en coautoría con Francisco Jueguen. Fue parte de la producción del libro La Maldita Herencia, de Martín Kanenguiser, en 2003. Hasta diciembre participó en programas radiales en CNN, Cultura y Radio Con Vos. Tenía planes de volver.

En Radio Cultura, donde co-conducía un programa los miércoles por la noche
En Radio Cultura, donde co-conducía un programa los miércoles por la noche Fuente: Archivo

Sus sobrinos eran una devoción. Tenía 20 y otro en camino. Juanchi, Pedro, Vicky, Nacho, Jero, Facu, Tomi, Feli, Joaco, Inés, Fran, Mora, Ema, Clara, Félix, Sofi, Luján, Luisa, Josita y Cruz. Aunque algunos estaban a miles de kilómetros, los tenía siempre a mano en fotos, canciones y mensajes en el celular.

Cuando hablaba de ellos se derrumbaban la vehemencia, la seriedad y el tono ácido y crítico que elegía para hablar de política, de políticos y del oficio periodístico. Ante cualquier mención de sus sobrinos aparecía la otra Lucrecia, la "tía Tutu", que se desarmaba en dulzura. "Babas", decía ella.

Esa multitud de sobrinos eran el regalo de sus siete hermanas y hermanos. Ellas, en particular, eran sus confidentes y la excusa para armar valijas y moverse por Buenos Aires, San Isidro o General Villegas.

Quica, su mamá, era su respaldo. Totó, su papá, el anfitrión de las navidades más esperadas y multitudinarias, que nunca caían en Navidad. Maxi Poter, su amor en los momentos más felices y los más difíciles de su vida.

El programa en el que abandonaba la política para hablar de música y vinos junto a Maxi Poter, los jueves por la noche
El programa en el que abandonaba la política para hablar de música y vinos junto a Maxi Poter, los jueves por la noche

Con Maxi encaró su última aventura radial, Viníloco, donde pudo escapar de la política para hablar de vinos tintos y blancos, y de rock, mucho rock.

Cuando la voz empezó a faltarle se permitió burlarse de la enfermedad: salía al aire encarnando a Graciela Borges o Pata Villanueva. Jamás iba a permitirse convertir la enfermedad en una excusa, en una señal de debilidad. Nunca lo hizo en años, ni siquiera en sus últimos días.

Ironías del destino. Lucrecia fue compinche de Germán Leza, otro joven periodista de LA NACION que murió en diciembre de 2018, con apenas 38 años. Juntos dieron clases de periodismo en la villa 31 y se formaron como profesionales en la misma redacción.

Aquella Lucrecia que entraba al diario a primera hora de la mañana, al Congreso, a la sede del PJ nacional o a la villa era la misma que, entre idas y venidas, podía sumergirse con sus auriculares en la música electrónica o en las partituras de las canciones sacras que entonaba con su coro.

Nació en Buenos Aires en 1980. Se licenció en periodismo en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) y cursó una maestría en Ciencia Política de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

Sus restos serán despedidos mañana, a las 12.30, en el Jardín de Paz, en Pilar.

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