Martín Fierro o el Viejo Vizcacha

Andrés Cisneros
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7 de mayo de 2012  

Los recientes estrépitos diplomáticos en torno a Malvinas nos introducen en una típica discusión del fin y los medios. Quienes defienden el exabrupto de la embajadora Castro y el corto televisivo filmado en Malvinas no carecen de argumentos: al fin y al cabo, en este tema los ingleses son tan arrogantes, su negativa es de tal soberbia, que, hacia dentro, los argentinos podemos regocijarnos un poco por haberles hecho pasar dos malos ratos y, hacia fuera, ahora hay millones de no argentinos que en el mundo -incluso en Gran Bretaña- se han enterado de la existencia de este conflicto, donde tenemos tanta razón.

La parte mala son los precios invisibles que muchas veces pagamos por no haberlos tenido en cuenta al encarar estas acciones. Porque el mundo comprueba también, por ejemplo, con qué facilidad rompemos las costumbres, las reglas, los acuerdos y hasta el casi trimilenario compromiso olímpico de no mezclar el deporte con la política.

El mundo puede perfectamente entender que una cultura política tan primitiva como la de la Argentina de nuestros días incluya las cámaras ocultas y los escraches como métodos habituales entre nosotros, pero no parece muy probable que nos acepten sistemáticamente el mismo comportamiento puertas afuera, en el escenario internacional.

Ojalá que no ocurra, pero quizá los primeros en sufrir alguna represalia sean los equipos juveniles argentinos de rugby y otros deportes que desde hace años visitan las islas para competir con los locales.

Cuando se toma una decisión hay que medir, entre otras cosas, si el efecto beneficioso en lo inmediato lo es también en el largo plazo. Esto es particularmente importante en un tema como Malvinas, ya demasiadas veces utilizado para los diarios del día siguiente y tan escasamente pensado como una política de Estado para las próximas generaciones.

El debate está abierto y el tiempo dará su veredicto, pero desgraciadamente hay demasiado espacio para el pesimismo en un país que tan rápidamente viene cambiando a Alberdi por D'Elía, a Martín Fierro por el Viejo Vizcacha y en que una proporción muy grande de compatriotas siga pensando que está bien hacer goles con la mano.

El autor fue vicecanciller

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