Misioneros de Francisco: capillas en las villas donde conviven política y religión

Gabriel Sued
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3 de agosto de 2014  

Miriam Alegre, una correntina de 38 años, juega a que es Cristina Kirchner. En la entrada de un salón de ladrillos desnudos de revoque, a medio terminar, reúne a diez vecinas del barrio Las Rosas, en Melchor Romero. Es una villa de pastos altos y casillas de madera, levantada por mujeres que abandonaron sus hogares huyendo de las golpizas de sus esposos. "Quería darles esta cadena nacional -les dice, entre solemne y risueña- para comunicarles que pronto vamos a tener la instalación de luz."

A su espalda, una figura de la Virgen de Luján indica que el sitio elegido para el anuncio no es un lugar cualquiera. En poco tiempo ahí se inaugurará una de las primeras capillas de los Misioneros de Francisco. Es un movimiento católico creado por Emilio Pérsico, el jefe del Movimiento Evita, que se propone levantar una capilla en cada asentamiento y barrio pobre de la Argentina.

La iniciativa, en la que se funden política y religión, se puso en marcha a partir de un encuentro que Pérsico, secretario de Agricultura Familiar, tuvo con el Papa, en agosto pasado. De buena relación con Bergoglio desde que era arzobispo de Buenos Aires, el dirigente kirchnerista solía quejarse por las trabas que la Iglesia ponía a la apertura de capillas, en contraste con la ligereza con que se abren templos evangélicos. "Ahora ya tenés mi autorización", cuenta Pérsico que le dijo el Papa, en Santa Marta.

Inspirado en la Teología del Pueblo y en el mensaje del Sumo Pontífice para construir "una Iglesia pobre y para los pobres", Misioneros de Francisco es un movimiento independiente de la jerarquía eclesiástica. "Somos parte de la Iglesia Católica, pero no como institución, sino como pueblo de Dios", explican sus fundadores. El grupo también lo integran Enrique Palmeyro, un ex seminarista que trabajaba con Bergoglio y al que el Papa designó al frente de la flamante Red Mundial de Escuelas, y el padre Eduardo Farrell, párroco de Cuartel V, un barrio de Moreno.

Aunque buena parte de sus miembros son del Movimiento Evita, Misioneros de Francisco tampoco tiene un vínculo formal con la agrupación. Su misión, según el primer documento del movimiento, es "acompañar la religiosidad y la cultura popular en las barrios humildes facilitando la creación de capillas para cultivar la fe y el espíritu comunitario". En los últimos meses se abrió una capilla, en el barrio Toba, una villa de Rosario, y comenzó la construcción de otras 21, la mayoría en el Gran Buenos Aires.

Los pequeños templos no tendrán relación oficial con el obispo del lugar. Estarán a cargo de un "servidor", un referente del barrio que asumirá el papel de agente evangelizador. La idea es que ahí se hagan actividades religiosas, como velatorios y cadenas de oración, y todo tipo de encuentros comunitarios, como cumpleaños de 15 y festejos por el Día del Niño. La aspiración de máxima es que, a instancias de algún "cura compañero", se puedan celebrar bautismos comunitarios y hasta dar misa. El nombre de las capillas lo elegirán los vecinos. Los de una villa de Madariaga llamarán a la suya Iván Sepúlveda, por un joven víctima de gatillo fácil.

En el barrio Las Rosas todavía no decidieron el nombre de su capilla. "La mayoría somos devotas de San Expedito, el santo de la causa justa y urgente", cuenta Miriam, militante del Frente de Mujeres del Movimiento Evita. La capilla se está construyendo con la mano de obra de los vecinos. Los materiales los consigue Misioneros de Francisco, a partir de donaciones. Después de la "cadena nacional", Miriam invita a sus vecinas a la peregrinación a San Cayetano que el movimiento organiza para el viernes próximo.

Los detalles de la procesión se ultiman en un plenario de los Misioneros de Francisco, en la sede del sindicato de ladrilleros, en Ciudadela. "Para darle mística militante podríamos hacer una bandera", plantea una joven que llegó desde Lobos. La propuesta entusiasma a los 40 misioneros reunidos en el lugar. Un "servidor" de Berazategui ofrece una camioneta con un equipo de sonido. Pérsico sugiere estampar camisetas. Para cerrar el encuentro, el padre Farrell propone bendecir el pan y el vino, colocados al pie de una figura de la Virgen de Luján. Entonces en el lugar, un quincho poco habituado a las ceremonias religiosas, se filtra un viento místico. Todos levantan el brazo derecho con la palma hacia delante. "Unos tienen y no pueden; otros pueden y no tienen. Nosotros, que tenemos un podemos, demos gracias al Señor."

También se preparan para la peregrinación en la comunidad Pantalón Cortito, del barrio El Peligro, en La Plata. Es un predio rural ocupado en 2000 por la organización comunitaria para extender el trabajo que hacían con chicos de la calle y jóvenes adictos. Los Misioneros de Francisco proyectan reparar la capilla de la Virgen de Copacabana, levantada ahí en los 60, hoy en ruinas por los tornados. "Por mi trabajo siempre estuve cerca de la vida y de la muerte", cuenta Susana Gómez, de 57 años, fundadora de Pantalón Cortito y futura "servidora". Rubia, trencitas finitas estilo hippie, en la frente lleva tatuada la Chacana o "cruz andina", símbolo de los pueblos originarios de Bolivia.

"La idea es que sea un lugar para juntarse y vivir la fe", explica, rumbo a la capilla. A un costado, Angie, la catequista de la comunidad, hace una ronda con un grupo de chicos, la mayoría bolivianos, hijos de las familias quinteras de la zona. En el fondo de la capilla sobresale un mural de casi tres metros de alto, que tiene en el centro un Jesucristo maniatado y sangrante. En una esquina del mismo mural, otro dibujo deja en claro que el templo no se atiene a las reglas de lo que los Misioneros de Francisco llaman la "cultura eclesiástica": es de un grupo de mujeres con pañuelos en la cabeza, que camina formando un círculo. "Las Madres", dice al pie.

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