
No cambiar de jinetes en medio del río
"Equipo que gana no cambia", dice el refrán futbolero y repiten los medios estos días, aludiendo a la escasa sorpresa que provocó el anuncio del nuevo gabinete que acompañará a Cristna Kirchner en su nuevo gobierno.
La decisión presidencial de realizar unos pocos enroques o ascensos de funcionarios en su segundo mandato tuvo como dimensión temporal de referencia al pasado: una gestión que el gobierno y buena parte de la ciudadanía consideran exitosa.
Sin embargo, otro refrán más gauchesco, cuyo tiempo referencial es el futuro, también parece haber inspirado la decisión de mantener al elenco ministerial casi intacto: "No se cambia de caballo en medio del río".
Al paso, al trote o al galope, los equinos son cabalgaduras relativamente seguras sobre la llanura, sobre todo cuando pisan tierra firme y las cuestas no son abruptas. En el río es otra cosa. Los remolinos son peligrosos, es difícil hacer pie y nadar contra la corriente no es lo más recomendable para equinos o jinetes.
Las últimas elecciones fueron una carrera entre jinetes compitiendo por montar la cabalgadura del aparato estatal que orienta la marcha de una sociedad. Pero las elecciones coincidieron con un punto de la travesía en que debe abandonarse el llano y cruzar un río que según algunos, puede vadearse fácilmente y otros ven con aprehensión por sus asechanzas.
Señales en el terreno
Distintas señales, que no pasan inadvertidas para el Gobierno, hacen prever que el terreno poco accidentado puede convertirse en un lodazal.
La crisis europea, el estancamiento brasileño, la fuga de divisas, la sequía del crédito externo y sus previsibles efectos sobre el nivel de actividad económica, la balanza de pagos, el ritmo inflacionario, la puja distributiva, la exclusión social y el posible cambio de humor de una ciudadanía engolosinada por un consumismo exacerbado requerirá manos firmes para sujetar las riendas, piernas fuertes para mantenerse en los estribos y un claro sentido de dirección para no torcer mucho el rumbo.
Es evidente que la "oposición" no estaba preparada para montarse sobre las grupas del animal que pretendía conducir, fragmentada como estaba, en efímeras coaliciones de espacios políticos y no sostenida en partidos sólidos.
El oficialismo también estaba integrado por una coalición de espacios; pero al menos, había tenido una experiencia de gobierno estable, cualquiera sea la valoración de sus resultados. No es poca cosa, en un país que por décadas, penduló entre regímenes autoritarios y democráticos, con cambios de rumbo abruptos e improvisación manifiesta.
El kirchnerismo cumplió ocho años en el poder. Tiene el indudable mérito de que sus ministros, en promedio, han tenido el mayor índice de permanencia en sus cargos de la historia política del último siglo.
No vacilaría en considerar que ha pecado de cesarismo, con un estilo personalista, que no busca el consenso y ha instalado en el país una democracia delegativa. Pero también debo reconocer que no hay condiciones para la interlocución político-partidaria y que la negociación de la próxima etapa será mucho más corporativa.
En los conflictos que se avecinan, los interlocutores naturales del Gobierno serán los sindicatos, los capitalistas amigos, las cámaras empresarias, las organizaciones y movimientos sociales. Mantenerse montado será difícil.
La ciudadanía lo sabe. Y así como optó por mantener a la misma amazona sobre la montura del Estado, ella decidió que no convenía cambiar de caballo en medio del río. Es razonable.
El autor es doctor en ciencia política e investigador superior del Conicet-Cedes





