Pese a la decisión de la Justicia, se endurecieron las restricciones para la tarea periodística en la Casa Rosada
Hay un control constante de los movimientos de los acreditados y en la sala para la prensa no funciona la calefacción
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Es mayo en la plaza que lleva el nombre de este mes. Está fresco. Una joven, con impecable look total white y saco arriba, le regala -bajo el sol del mediodía de este otoño en Buenos Aires- una sonrisa y una pose a su novio, que le saca fotos con la Casa Rosada de fondo, apenas a unos pasos de la reja. Los dos, a esta altura del mediodía y si prestaran atención, podrían tener más información sobre los movimientos de entrada y salida de la sede del gobierno argentino que cualquiera de los periodistas acreditados que se encuentre dentro de Balcarce 50.
La prensa, a esa misma hora, está recluida en la sala Roberto Di Sandro del primer piso, todavía con los movimientos restringidos, pese a que la Justicia ya desestimó la denuncia por espionaje contra dos periodistas de TN que -según el Presidente- motivaron las medidas. Desde el 23 de abril, cuando Javier Milei dispuso el cierre, la libertad de prensa quedó afectada en la Casa Rosada porque no se trabaja más como antes.
El 3 de mayo el sector se reabrió pero la tarea sigue acotada dos semanas después. La vigilancia de la Casa Militar es tan constante que dificulta hasta hablar por teléfono, ahora que no se puede acceder a las fuentes de manera directa porque en las áreas habilitadas no circulan funcionarios de fuste. La credencial (que solo usan los acreditados) tiene que estar a la vista porque hay recordatorios constantes.
Los horarios de funcionamiento de la sala son dispuestos por el propio Gobierno, que se quedó con la llave que antes manejaban los periodistas. Pese a las temperaturas inferiores a los diez grados, la calefacción del lugar donde trabajan los acreditados no funciona desde hace un año y nadie promete una reparación. Para ir al comedor hay que circular por un camino de cintas que no puede ser flanqueado, dispuesto solo para los cronistas. Al unísono, Milei pide odiar al 95% e intensifica sus ataques, como hace unos días en dos streamings oficialistas.
El Presidente alegó que el cierre de la sala y las posteriores medidas fueron una réplica a la decisión de los periodistas Luciana Geuna e Ignacio Salerno de entrar con lentes inteligentes, grabar pasillos y emitirlo en vivo en TV. El Gobierno -a través de la Casa Militar- los denunció por espionaje y repitió ese relato con el Presidente como voz cantante, a través de sus funcionarios en los medios y con la maquinaria libertaria en redes sociales. Argumentaron que estaba en riesgo la seguridad nacional.
Pero el juez Ariel Lijo, que había sido propuesto por este gobierno para la Corte Suprema debido a -en palabras de Milei- su “experiencia” y su “conocimiento del sistema de Justicia”, desestimó este miércoles la denuncia, dijo que no se verificaba en las grabaciones información que permitiera “siquiera presumir algún riesgo concreto o real a la seguridad de la Nación” y planteó que tampoco se generaron condiciones para “revelar secretos” sobre el Gobierno. Descartó, así, la comisión de un delito.
Cuando Milei lo proponía a Lijo para la Corte decía: “Mi único interés es que la Corte falle acorde a los principios de la Constitución nacional”. ¿Considerará que, en este caso, Lijo no lo hizo? En sus artículos 14 y 32, la Constitución prevé la libertad de prensa.
Pero en la Casa Rosada, tras la decisión de Lijo poco cambió. Solo se avaló a TN a volver a ingresar periodistas (por ahora no los implicados en la denuncia desestimada). Fuentes del Gobierno que ofician de puente con la sala de prensa se comprometieron a iniciar conversaciones para que -de a poco- la situación vuelva a la anterior normalidad, pero no hubo fechas ni precisiones. “Está difícil”, se limitaron a decir e insistieron con que con las filmaciones se rompió el reglamento interno.
Observación permanente
De momento, la sala está custodiada por efectivos de la Casa Militar que vigilan los movimientos de los acreditados que no infringieron ninguna norma. No les pierden pisada ni siquiera cuando usan el celular en las pocas áreas habilitadas, por donde no pasan ni ministros ni secretarios ni asesores. Asimismo, hay tanta rigurosidad sobre el uso de la credencial que a una acreditada esta semana le señalaron, cuando iba apurada al baño, que por favor mostrara el cartel que en realidad le había quedado tirado hacia atrás.

Los vidrios de la puerta que da hacia el Patio de las Palmeras, donde se observa la explanada por donde llegan y se van los funcionarios, siguen esmerilados y al balcón no se puede acceder.
A estas dificultades se suma que adentro de la sala hace frío. Es que no hay calefacción desde 2025, en que se registró una rotura del aire y jamás se reparó.
Cuando distintos funcionarios justificaron el cierre de la sala anclados en los supuestos delitos que les achacaron a los periodistas de TN, había un latiguillo entre los integrantes de la gestión actual: “¿Qué hubiera pasado si esto ocurría en Estados Unidos?“. Milei mira hacia ese país con su política exterior y llena de elogios a Donald Trump. Sin embargo, y con sus modos, el mandatario republicano se enfrenta frecuentemente a los periodistas y asimismo habita una Casa Blanca que de mínima tiene una sala de prensa con un sistema de calefacción que ayuda a afrontar las duras condiciones climáticas que suelen azotar a Washington.
El pasillo de cintas
Las limitaciones no son solo en el primer piso. Para ir a almorzar, los acreditados llegan a la planta baja por una escalera de mármol blanco y ahí se encuentran con un pasillo de cintas que los guía hacia otra escalera, porque el comedor está en el subsuelo. No se pueden desviar, mientras el resto de los empleados del Estado circulan sin mayores pretensiones.
Antes de ingresar a la Casa Rosada, los controles también son exhaustivos y con modalidades exclusivas para los acreditados. En la previa de los cambios, el acceso era con huella, como el resto de los trabajadores de la casa. Pese al descarte judicial de la denuncia, la prensa todavía entra por otro acceso, a la derecha del frente.
Al llegar a la reja de Balcarce 50, solo los acreditados deben dar su nombre, DNI y medio, que un efectivo de la Casa Militar -siempre muy amable- comprueba en una planilla. Si todo está bien, registra el horario. Avalado el periodista, avanza y ya adentro deposita al igual que siempre sus bolsos en una cinta como la de los aeropuertos.
Pasa por el escáner y después a otro efectivo de la Casa Militar le debe volver a entregar el DNI para que registre otra vez el horario de ingreso y le otorgue su credencial, que deberá devolver al salir, cuando repetirá el mismo procedimiento, pero con los pasos al revés.
Si el objetivo del Gobierno es desalentar el trabajo, las herramientas son tenaces. “¿Hasta cuándo?“, se preguntan los acreditados.
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