
Recuerdos de la revolución y un sueño cumplido
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"Los niños cubanos sólo piensan en zapatillas de marca y los turistas, en llevarse a una negrita bonita." La salvaje definición de la crisis cubana no la hizo Hilda Molina, sino su mamá, Hilda Morejón, una ancianita nonagenaria, de salud muy frágil pero mente veloz.
Católica ferviente, cuando la revolución confiscó su casa de modas Morejón, se negó a trabajar para un gobierno ateo y se dedicó a coser solamente para su hija. "Siempre me llamaban del gobierno por mi ropa, me decían que terminara con mis costumbres burguesas", se ríe Molina, inseparable de su madre.
La delicada salud de Morejón, que estuvo 15 días en terapia intensiva, posibilitó la salida de Molina de Cuba, y a pesar de sus problemas cardíacos, motores y renales, Morejón está felicísima de estar en la Argentina. "Yo sólo vuelvo a Cuba cuando se vaya Fidel Castro, pero para ese entones ya no voy a vivir", predijo en la charla con LA NACION, a pesar de que su hija insiste en que viajarán "cuando su salud se lo permita".
En la Argentina, el invierno obligó a la abuela y matriarca de la familia a usar pantalones por primera vez en su vida, pero acá también pudo cumplir un sueño: conoció personalmente a Mirtha Legrand (todavía pasan sus películas en Cuba) y ahora no se pierde sus almuerzos.
"Ella es una dama", coinciden madre e hija. También les encanta el barrio de Ciudad Jardín, de edificios casi idénticos y árboles frondosos, donde los vecinos reconocen a Molina cada vez que va al supermercado y le dicen que no pueden creer que al fin esté en la Argentina. Ella tampoco.



