Su familia se enteró cómo murió mucho después, por el inglés que lo derribó
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A las 17 del 28 de mayo de 1982, el teniente de corbeta Daniel Enrique Miguel, de 24 años, acaba de despegar de Puerto Argentino en su Aermacchi MB-339 número 4-A-114. En otro MB-339 vuela su jefe, el capitán de corbeta Carlos Molteni. La salida se retrasa por el viento y la baja visibilidad, pero no se puede esperar más: ayer comenzó la ofensiva terrestre enemiga. Los aviones vuelan raudos hacia el istmo de Darwin, donde se combate ferozmente. Aunque es un infierno de solo dos kilómetros de ancho, atestado de fuego naval, de artillería y de morteros, Miguel y Molteni pilotean sus máquinas al ras del piso para cubrirse de los Sea Harrier, los cazas enemigos.
En tierra, el marine Rick Strange, también de 24 años, oye las aeronaves, pero no puede confirmar su ubicación porque la radio está rota. Por eso, cuando mira por su lanzador portátil de misiles y descubre al 4-A-114 perfectamente centrado, casi que no puede creer en su suerte. "Firing now!", grita y el mundo entra en pausa: Strange solo recuerda el tiempo infinito que tardó en salir, una ráfaga caliente y, por fin, al proyectil volando recto hacia el avión argentino.
Pero Miguel lo debe haber visto porque se pone más a ras del piso e inicia una maniobra evasiva: parecería que va a lograrlo. El marine adivina el futuro y con el radiocontrol mantiene al misil apenas por encima. De pronto, Miguel levanta la nariz del avión para tomar altura y escapar hacia al este. Es tarde: las 3,5 libras de TNT y RDX le dan de lleno y hay una enorme explosión. El bólido cruza el cielo mientras pierde trozos de fuselaje -porque ya está muerto o por alguna otra razón, Miguel no se eyecta- y cae cerca de Puerto Darwin. Strange lo ve todo anonadado y alcanza a festejar su puntería con un breve baile antes de que sus compañeros lo tiren cuerpo a tierra. Porque todavía es la guerra y las balas siguen silbando.
Muy lejos, en la Argentina continental, la familia del piloto no sabe bien lo que acaba de ocurrirle. No lo saben esa tarde ni lo sabrán después, cuando les digan que, oficialmente, Daniel Enrique Miguel está desaparecido. Ni muerto ni vivo: desaparecido. Al silencio oficial no podrá romperlo el padre, a pesar de sus 45 años como miembro de la Armada; ni la madre, que morirá esperando al hijo; ni su novia, que lo aguarda con la boda organizada; ni su hermano menor, Sergio, que nunca olvidará el fin de semana mágico en que Daniel lo llevó a volar: dos niños de 22 y 18 años haciendo piruetas con un avión de combate.
Nadie sabrá más nada hasta ese día de otro siglo, en que Sergio abrirá su Facebook y descubrirá un mensaje privado de alguien que no conoce. Es un hombre de Grateley, un pueblito de Inglaterra. Se llama Rick Strange. El mensaje empieza más o menos así: "Yo fui el que mató a tu hermano".
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