Un fuerte desánimo atraviesa en silencio a la tropa del oficialismo

Crédito: Presidencia
Muchos funcionarios se resignan a que es muy difícil revertir la derrota
Jaime Rosemberg
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16 de agosto de 2019  

"Voy a escuchar a María Eugenia [Vidal]. Lo que digan Macri y Peña no me interesa", se sinceró un funcionario bonaerense, todavía enojado con la estrategia nacional, que determinó la derrota en las elecciones del domingo.

La frase, soltada por un referente que finalmente no llegó al CCK para la reunión de gabinete ampliado, es solo una muestra del desánimo que, más allá de los discursos inflamados de los grandes referentes, atraviesa en silencio a la tropa oficialista. Un desánimo que se mezcla con la ilusión de revertir el resultado de las primarias del domingo, presente en las arengas de Macri y los referentes claves del oficialismo.

"¿Qué nos van a decir ahora? ¿Cómo recreamos la mística?", se quejó un funcionario nacional sin consuelo, él sí en la puerta del remodelado edificio del Correo, antes de escuchar a Macri y otros referentes de Juntos por el Cambio. El mismo dirigente, con conocimiento del territorio bonaerense, se quejaba porque "hicimos una campaña sin poder salir a la calle, una campaña virtual que no sirvió". Y sembró dudas sobre la eficacia de las nuevas medidas sobre el electorado, "porque [Axel] Kicillof es un muy buen candidato y descontarle veinte puntos es imposible", comentaba, resignado a sufrir una nueva derrota de Vidal en octubre.

Un exfuncionario que aún está en Juntos por el Cambio agregaba algo más de escepticismo. "No supimos gobernar, confiamos en gente que no participó ni de una elección en un centro de estudiantes secundarios", se quejaba en duros términos, con la mira puesta en varios ministros. Durante la jornada, el eventual reemplazo de Nicolás Dujovne al frente del Ministerio de Hacienda era comentario en los pasillos de la Casa Rosada. "No hay nada, seguimos acá", respondían voceros del ministro, mientras desde otros sectores reclamaban, fuera de micrófono, "un gabinete más político para entregar el poder el 10 de diciembre", ya sin esperanzas de remontar la cuesta el 27 de octubre.

A diferencia del optimismo del Presidente, quien destacó en el CCK que veía una "reacción" y que "veinte fiscales se anotan por minuto" para controlar la próxima votación, en distintos despachos dentro y fuera de la Casa Rosada la perspectiva era otra. "Me fui a mi provincia", contestó un funcionario de segundo rango, cuando LA NACION le preguntó si había participado de la reunión de gabinete. Otro, ya pensando en un futuro en el llano, se quejaba de que "en el sector privado la cosa está muy difícil". Un tercero, con la desolación en la voz, reconocía que pensaba en un futuro fuera del país, "porque acá va a empezar a faltar hasta la leche" con una eventual gestión kirchnerista.

No son, por cierto, las únicas opiniones entre las segundas y terceras líneas de la gestión. "Tenemos una posibilidad entre diez de ganar las elecciones, hay que intentarlo", decía el vocero de un ministro clave de la administración. "No pensamos en ganar en primera vuelta, sino en meternos en el ballottage. Si lo logramos, ¿te imaginás el susto del kirchnerismo?", afirmaba el funcionario, con optimismo a flor de piel. "No es tan complicado, ellos tienen que bajar 3 puntos y nosotros subir 4", afirmaban cerca del secretario general de la Presidencia, Fernando de Andreis.

Muchos de los desencantados escucharon al Presidente hablar de "reparación", luego de su arenga en el CCK. Seguirán, entre la resignación y la esperanza, los 70 días que faltan hasta el definitivo veredicto de las urnas.

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