
Por Cristina L. de Bugatti
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Desciendo de una familia genovesa -Lasagna, Benvenuto, Siri- que llegó al país en 1875, compró unas 10 hectáreas en Mercedes (Buenos Aires), convirtió en vivienda un alto galpón donde habían escondido la caballada las tropas de Mitre que pelearon en La Verde... y plantaron montes de durazno. Algunos de sus descendientes como Raquel Rosello y sus hijos siguen dedicándose a esa actividad, y se emocionan cuando ven el monte en flor o con una cosecha como la pasada.
El duraznero es una de las especies arbóreas rústicas, de madera dura y rápido crecimiento, llegadas tempranamente al país. En la dilatada pampa sin árboles, sin fruta ni leña pasó a ser fundamental para el establecimiento de la población, y así los montes de duraznos pasaron a plantarse asiduamente y a capitalizar estas tierras. Incluso populosos barrios de la ciudad de Buenos Aires, como Versalles, eran quintas con montes de duraznos. Y es ilustrativo el testamento de la familia Naón -original Navone, de origen genovés- que figura en Internet, y entre los bienes legados, hacia 1870, destacan quintas con montes de duraznos. Su introducción fue a través de Buenos Aires, dispersándose por los alrededores y desde el Alto Perú. En nuestras provincias del norte se conservan aún las especies originales, como el cuaresmillo de poca pulpa, por eso muy duros, lo que, según se cuenta, originó su nombre de durazno, ya que en España se los llama melocotones. En los últimos tiempos, el INTA ha logrado, por diferentes métodos, el mejoramiento de muchas variedades. Se han recompuesto cultivos, recuperado montes y empresas, y sobre todo podemos deleitarnos con esas frutas, grandes, dulces y jugosas.
En el jardín o huerta su follaje caduco y poco denso permite otros cultivos a sus pies, y la temprana presencia de sus flores rosadas son un mensaje de la primavera. En estos casos conviene elegir la variedad por su floración, como la llamada Tropic snow, de tipo temprana, dulce y de frutas blancas. Como se los vende en invierno y a raíz desnuda, se cava un hoyo de unos 50 cm -en profundidad y diámetro-, se remueve en el fondo y se coloca tierra en tal volumen que la planta quede con la marca del injerto sobre el suelo; el primer riego debe ser lento y copioso.
También puede sembrarse el carozo -que se deshidrata rápidamente- en tierra con turba y estiércol a 6 o 7 cm de profundidad, y regar. La planta obtenida será de carácteres desconocidos, más lenta, pero vigorosa y rústica. Es una aventura.





