
En mi pequeño jardín devastado por la tormenta con bajas temperaturas y cielos grises, el panorama es desolado. Sin embargo logran valientemente destacarse unas bellas, delicadas y fragrantes flores blancas, que lucen al tope de altos tallos. Se trata de la que familiarmente llamamos caña de ámbar, que merece ser tenida más en cuenta.
Es una planta perenne, cuyas raíces son rizomas poco profundas, que se van extendiendo y emiten tallos cilíndricos, como cañas rígidas que pueden superar el metro de altura. En él se insertan las hojas que son lanceoladas, de entre 15 y 40 centímetros de largo, acaules (sin tallo) con su parte inferior envainadora que envuelve al tallo. La llamamos caña de ámbar, pero su nombre botánico es Hedychium coronarium, nombres de origen griego que aluden a su color blanco y al perfume agradable de sus flores. Pertenece a la familia de las zingiberáceas, como la cúrcuma y el jengibre, todas plantas muy aromáticas.
En el extremo del tallo se agrupan las flores, reunidas en largas espigas, que van abriendo y hacen que la floración luzca durante largo tiempo. Cada flor es blanca, con cáliz abierto verde y corola formada por un tubo fino de dos o más centímetros de largo que se abre en cuatro segmentos a manera de pétalos, y dos más finos intercalados forman el conjunto de esta bella y llamativa flor de hasta dos centímetros de corola.
Es originaria de las Indias Orientales y requiere clima tropical, pero en mi sombreado y frío jardín igualmente florece, en este caso desde enero, lo que alienta mi teoría de que tratándose de plantas, siempre hay que probar ya que suelen ser más resistentes de lo que dicen las descripciones o encontrar misteriosos microclimas allí donde no los percibimos.
Se multiplica por avance de sus raíces rizomatosas o por división de la mata y, aunque no le he visto semillas, parece que es otro medio de reproducción. Como sus tallos suelen tumbarse conviene apuntalarlos con sostenes que impidan su caída.
Como es propia de climas cálidos es en esas regiones de América donde se ha naturalizado la flor nacional de Cuba, y con el almidón que contienen sus rizomas, en Brasil se elaboran apreciados pastelitos. No le falta nada para ser perfecta.






