A medida que la ciudad emitía órdenes de quedarse en casa durante su brutal aumento invernal, las tiendas minoristas permanecieron abiertas. ¿Cuánto contribuyó al trágico aumento de casos?
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Los Ángeles, a mediados de enero, ofrecía un paisaje de contradicciones. Tanto la ciudad como las áreas suburbanas brindaban un espectáculo dantesco. Por un lado, las ambulancias hacían largas colas en las puertas de los hospitales para poder dejar a los contagiados de coronavirus. Por el otro, las familias en duelo no sólo no podían despedirse de sus seres queridos -víctimas de la pandemia- sino que, además, se enteraban de que la morgue no tenía capacidad para alojar sus cuerpos.
Sin embargo, en muchas áreas del condado la gente parecía desconocer la existencia del virus. Los adultos con niños pequeños esperaban en fila para entrar a recorrer el Disney Store en Glendale Galleria. Cientos de coches estaban estacionados a la espera de poder ingresar al Citadel Outlets in Commerce. La gente -sin respetar distancias sociales- comía helados en las puertas de Lululemon, justo enfrente de un cartel que ordenaba a los clientes la no permanencia en el establecimiento. Esa semana -mientras tanto-, en promedio, moría por Covid-19 una persona cada seis minutos en Los Ángeles.
Es difícil saber cuánto contribuyeron los centros comerciales y las tiendas minoristas al aumento exponencial de casos que se registraron durante los primeros meses del año en esa parte de Estados Unidos. Aún menos comprensible, entender las razones detrás de las decisiones tomadas por el Departamento de Salud Pública del Condado de Los Ángeles (Lacdph) para mantener un flujo constante de consumidores tendiente al comercio minorista. La única certeza, según algunos críticos, es que la política ha sido fatalmente defectuosa.
Las grandes cadenas en el condado de Los Ángeles fueron testigos del rebrote de casos. En el centro comercial “Los Cerritos Center’' se contagió cerca de medio centenar de personas en tan sólo tres tiendas: Nordstrom, Amazon Books y Apple.
Según datos proporcionados por Jeffrey Gunzenhauser, director médico del condado, el 8% de las personas que contrajo Covid-19 trabajaba -en ese momento- en comercios minoristas. Pero esa cifra es anterior al impacto que ocasionó la temporada de compras navideñas. En las abrumadas unidades de cuidados intensivos y departamentos de emergencia de Los Ángeles parecía no haber sitio para más pacientes. Mientras tanto el departamento de salud del condado no proporcionaba cifras de ese período.
Lo que sí se puede asegurar es que Los Ángeles ha visto un total acumulado de más de un millón de infecciones por coronavirus desde el inicio de la pandemia. Y más de la mitad de ellas se han informado desde el Viernes Negro (el 27 de noviembre de 2020).
Silencio más que decisiones
Algo llamativo fue que la Lacdph nunca recomendó que la Junta de Supervisores cerrara los centros comerciales y las tiendas minoristas cuando los nuevos casos del coronavirus comenzaron a aumentar exponencialmente a fines de octubre. Tampoco la junta presionó sobre el tema con los expertos en salud.
“Las decisiones sobre qué abrir y cerrar durante este difícil período fueron complejas y se tomaron en cuenta muchos factores diferentes”, dijo un portavoz de Lacdph en una declaración escrita. “No podemos decir qué cosas específicas llevaron al aumento, pero sabemos que es mejor que las personas usen barbijo, se mantengan a 1,85 metros de distancia y limiten la exposición a los contactos domésticos cuando sea posible”, agregó.
Ni el alcalde de Los Ángeles, Eric Garcetti, ni los miembros del Concejo Municipal de Los Ángeles abogaron públicamente por la prohibición de las compras en las tiendas durante la época de mayor actividad comercial del año.
Crónica negra
Los centros comerciales y las tiendas minoristas se cerraron durante los primeros meses de la pandemia. Eso significaba que había menos espacios para que el virus se propagara entre las personas. Pero, a medida que avanzaba la enfermedad y que se sumaban los problemas económicos, el Estado y el condado hicieron más laxas las restricciones. Fue así que las autoridades aplicaron un enfoque más suave que los expertos denominaron “quedarse en casa light”.
Con esta nueva metodología, los centros comerciales tanto cubiertos como a cielo abierto reabrieron sus operaciones al 50% de su capacidad a fines de mayo. El límite se redujo al 25% de la capacidad a fines de octubre en medio de temores de un crecimiento exponencial de nuevos casos -los que finalmente se cuadruplicaron entre noviembre y festividades navideñas-. Por aquel entonces, los centros comerciales llenos se convirtieron en una de las tantas señales que preocuparon a los sanitaristas. Ésta era una clara señal de que la gente no estaba prestando atención a las normas preventivas.
Quizás uno de los casos más emblemáticos haya sido el que se vivió el Viernes Negro (el día después al Día de Acción de Gracias) en el Northridge Fashion Center, donde 12 empleados de la firma JC Penney contrajeron el coronavirus. Esa jornada los compradores se encontraban apostados -hombro con hombro- a la espera de la habilitación para comenzar sus aventuras de compras. Mark Morocco, profesor de medicina de emergencia en el Centro Médico de la Universidad de California en Los Ángeles, vio las imágenes del centro comercial en las noticias de televisión y lo calificó de “deprimente”. Y agregó: “Las autoridades del condado estaban dispuestas a aceptar un riesgo de propagación (menor) a cambio de mantener abiertas las tiendas, garantizar el trabajo a sus empleados y sostener un cierto sentido de normalidad. Algunas de las tiendas lo hicieron cumplir de manera agresiva. Pero los centros comerciales son como pueblos pequeños y, si no hacen cumplir la norma, se crea un embudo con un punto de estrangulamiento de personas que no pueden entrar a las tiendas. Y esto lleva a que la gente se congregue en las partes exteriores del centro comercial, generándose un foco de contagio. Lamentablemente eso es lo que se vio en todos los bochornosos videos”.
Al conocerse la noticia, los inspectores de salud del condado tomaron medidas enérgicas contra los centros comerciales. Entre el Viernes Negro y Navidad citaron a seis shoppings, algunos de ellos en más de una ocasión. Todos acusados por incumplimiento de los protocolos de seguridad de Covid-19. La multa por cada infracción fue de US$500 (aproximadamente el costo de una falta por exceso de velocidad). “Quinientos dólares no me suena como un gran impedimento para un centro comercial del tamaño de Grove”, dijo Tim Brewer, especialista en enfermedades infecciosas y epidemiólogo de UCLA, refiriéndose al megaplex de compras del distrito Fairfax (del desarrollador Rick Caruso). The Grove había sido multado el 7 y el 10 de diciembre, por infracciones relacionadas con el sector gastronómico y por no exigir a algunos de sus clientes el uso de los barbijos. Otro de los centros comerciales multados fue Citadel Outlets de Craig Realty, que violó las normas sanitarias -vinculadas con el control de ocupación- en cuatro oportunidades entre el 29 de noviembre y el 12 de diciembre. En total el complejo debió pagar unos US$2000 por sus transgresiones.
Pero allí no se detuvo y el condado de Los Ángeles emitió 421 citaciones a empresas desde el 1 de diciembre hasta la fecha. “Si los departamentos de salud pública fueran serios, podrían haber cerrado los centros comerciales que violaron la orden. Eso probablemente habría sido un elemento de disuasión muy eficaz”, dijo Brewer.
A mediados de enero, cuando los hospitales se estaban quedando sin camas y vacunas, Garcetti anunció que era tiempo de aplicar medidas más duras a los centros comerciales minoristas que incumplieran con las normas preventivas.
Algunos expertos en salud pública dicen que la enfermedad se ha generalizado tanto que hoy tales medidas no harían mella al virus. “Si los funcionarios del Estado y del condado hubiesen intervenido antes, cuando había relativamente menos casos, podríamos haber tenido un mayor retorno de la inversión, por así decirlo”, dijo Angelo Bellomo, ex subdirector de Lacdph que se jubiló a fines de 2019. “Una vez que la infección está tan extendida entre la población, se llega al punto en que no se puede hacer mucho para controlarla. Tan sólo resta vacunar y concentrar los esfuerzos en proteger a los más vulnerables”, concluyó.
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