
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
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En libros especializados existen varias plantas con el nombre del heliotropo, que en griego significa que gira alrededor del sol. Mis experiencias no certifican tal hecho; lo que sí es comprobable es que una de las especies, aquella de la que me ocuparé, ama la luz y aprovecha sus beneficios, sin importarle cómo accede a ella. El heliotropium peruvianum o H. arborescens, heliotropo, es un arbusto poco atractivo, muy longevo, que con el tiempo desarrolla un tallo grueso, aunque no es capaz de mantener la planta erguida, ya que siempre su verticalidad necesita apoyo. De lo contrario, crece como una mata: sus finas ramitas se arquean, y las de su interior quedan peladas. Las hojas, permanentes, son ovaladas, rugosas, verde oscuro. Las flores, presentes durante casi todo el año, son pequeñas, de hasta 3 mm cada una, y agrupadas en inflorescencias densas, en tonos que van del lila blanquecino al lila fuerte. Si todos sus atributos son tan modestos, ¿dónde están sus méritos? En su generosa floración, y sobre todo en su delicado e intenso aroma a vainilla. Se reproduce por estaquitas, que prenden siempre con más seguridad a principios de la primavera. Necesita riegos regulares, que no dejen secar la tierra. No prospera en la maceta. Como su nombre lo indica, su origen está en Perú, región que atraía a conquistadores y estudiosos. Allí llegó en 1735 la expedición francesa dirigida por Carlos María de la Condamine, con objetivos científicos, en la que viajaba el botánico, matemático y médico Joseph de Jussieu, que pertenecía a una familia de ilustres científicos y se dedicó durante los 36 años que permaneció en América a recorrer Perú, Bolivia y Chile y estudiar animales y plantas. Envió a Francia un valioso material, pero gran parte se perdió; entre lo que se salvó había dos graciosas plantas, el heliotropo y las capuchinas, estas últimas se comían en ensalada. En casa siempre hubo heliotropos; era una flor favorita de mi padre. Cuando me mudé a mi actual vivienda, hace más de 40 años, una prima trajo una plantita de heliotropo en una lata de duraznos y duró hasta este invierno. Años atrás, llevé una de sus flores a la exposición de la Sociedad Argentina de Horticultura y gané con ella la Copa Victoria Ocampo a la mejor flor perfumada. Pero ya he puesto otro gajo que me dio el ingeniero Juan José Valla, de un antiguo ejemplar de la Facultad de Agronomía, y que brotó con vigor. Este jardín mira al Sur y es muy sombrío, pero en la vereda de enfrente hay una casa que refleja todo el día la luz del sol, eso le alcanzó a mi planta para vivir y florecer. El heliotropo mejor cultivado lo vi en la casa de mi amiga Dora Sayago, que plantó un gajo contra una pared, y los unió horizontalmente con finos alambres sujetando las ramitas de heliotropo, con muy buen resultado.




