En Almagro, una institución histórica combina torneos nocturnos, enseñanza para nuevas generaciones y una escena cada vez más concurrida; el blitz aparece como la modalidad que renovó el entusiasmo por el tablero
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“El ajedrez está de moda”. La frase, contundente y reveladora, pertenece a Leandro Plotinsky, presidente del Círculo de Ajedrez Torre Blanca. Basta con asomarse a la sede de esta emblemática institución cualquier noche de la semana para comprobar que no se trata de una exageración. Allí, el silencio habitual del juego ciencia se mezcla con la tensa calma que se respira en cada partida. Es el mundo del Blitz (del alemán, “rayo” o relámpago"), la modalidad de ajedrez rápida que cada noche convoca a una nueva generación de entusiastas y que tiene, en este club legendario de Almagro, su epicentro indiscutido.

El caso de Faustino Oro es, quizás, el ejemplo más acabado de esta efervescencia. El joven prodigio argentino de 12 años, cuyo ascenso meteórico ha cautivado a la comunidad ajedrecística internacional y se ha consolidado como la referencia ineludible de su generación, comenzó a dar sus primeros pasos digitales en las actividades que Torre Blanca organizaba durante el confinamiento de 2020 por la pandemia. Ya en 2021, cuando el club reabrió sus puertas presenciales, el pequeño Faustino, que por entonces debía jugar de rodillas sobre la silla para alcanzar la mesa, ya deslumbraba a todos.
Plotinsky recuerda una anécdota de antología: durante el aniversario del club, jugado en la vereda, Faustino no dudó en desafiar al Gran Maestro Alan Pichot en una partida a un minuto por jugador arrodillado en la silla y ataviado con una remera de Superman y su capa. Desde aquel momento, su talento fue evidente, y aunque hoy su proyección internacional lo ha llevado a instalarse en España, su vínculo con el club sigue intacto: cada vez que visita Buenos Aires, su parada obligatoria incluye este salón de juego y un tostado en el buffet de Abel, que acompaña a los ajedrecistas desde hace 35 años.
Al ritmo frenético del Blitz

El blitz es, esencialmente, ajedrez a máxima velocidad. Se trata de partidas donde cada jugador dispone de un máximo de 10 minutos para toda la contienda. Si bien este ritmo ha existido desde siempre, recién en 2014 la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) comenzó a oficializarlo mediante un ranking internacional diferenciado del clásico. En Torre Blanca, esta modalidad ha pasado a ser el corazón palpitante de su actividad cotidiana.
A diferencia del “ajedrez pensado”, donde la notación de cada movimiento marca un tiempo de reflexión más prolongado, en el blitz la capacidad de improvisación y la intuición cobran un protagonismo absoluto. “Son los torneos más divertidos porque obligan a los jugadores a resolver bajo una presión de tiempo constante”, explica Plotinsky. Las partidas pueden ser breves, de apenas 10 minutos (con ritmos de 3 minutos más 2 segundos por jugada) o extenderse hasta los 20 minutos como máximo.
Esta agilidad ha permitido que el torneo se resuelva en el mismo día, eliminando la necesidad de comprometerse a un calendario extenso. Esa tal vez sea la clave de su crecimiento: personas que trabajan durante el día o chicos en edad escolar encuentran en las noches el espacio ideal para competir. Entre las 18 y las 24 horas, el club late con una intensidad única, recibiendo un promedio de entre 40 y 100 jugadores cada jornada.
Un semillero de campeones

El Círculo de Ajedrez Torre Blanca nació el 31 de marzo de 1972, impulsado por la convicción de un grupo de jugadores que buscaban crear un espacio donde todas las categorías tuvieran su lugar. Su lema: “Servir a la sociedad a través del ajedrez”, ha sido la brújula que guió a la institución durante más de cinco décadas.
Hoy, con 54 años de trayectoria ininterrumpida, ostenta el título de ser el club de ajedrez más activo del país. La magnitud de su alcance se refleja en las cifras: es la institución con mayor cantidad de torneos registrados en América, con al menos 16 competencias mensuales, la mitad de las cuales son válidas para el ranking internacional. Todo un logro, sin perder el espíritu de club de barrio donde la inscripción es sumamente accesible, y se facilita la entrada al mundo del ajedrez.
Su pilar fundamental es la escuelita infantil, que recibe a 200 chicos entre sus distintos turnos los sábados a las 15 horas y los lunes a las 18.15 horas. Paralelamente, los adultos encuentran su espacio los miércoles en clases iniciales, mientras que los intermedios cuentan con formación tanto presencial como virtual. Para aquellos que buscan la excelencia, existen grupos de alto rendimiento que se preparan dos veces por semana, donde se pulen las estrategias que luego se pondrán a prueba en los tableros.
Semillero del ajedrez argentino, Torre Blanca ha sido la cuna de tres campeones mundiales en categorías juveniles: Marcelo Tempone (1979), Pablo Zarnicki (1992) y Alan Pichot (2014). Si se contabilizan los campeonatos mundiales obtenidos por ajedrecistas argentinos, la mitad de ellos provienen de su cantera. Por sus salones han pasado figuras como el búlgaro Veselin Topalov hasta los referentes locales que hoy brillan en el exterior.
Además de estos hitos mundiales, la institución ha visto nacer a once campeones argentinos y ha acumulado 64 títulos en diversas categorías. La formación de Grandes Maestros es otra de sus insignias: Pablo Zarnicki, Ariel Sorin, Rubén Felgaer, Alan Pichot, Pablo Lafuente y Faustino Oro integran este selecto grupo de ajedrecistas que aprendieron sus primeras lecciones en estos salones.
Por lo pronto, los cuatro primeros puestos del ranking argentino para menores de 20 años pertenecen a socios del club: Faustino Oro, los hermanos Francisco y Joaquín Fiorito junto a Ilan Schnaider.
El club donde todos conviven

El salón principal tiene capacidad para 100 jugadores sentados simultáneamente. Una de las postales más curiosas que ofrece es la convivencia generacional. En sus torneos abiertos, es moneda corriente ver a un niño de 8 años, con la mirada fija en el tablero, enfrentando a un experimentado jugador de 80.
Cuando organiza eventos especiales, la afluencia es tal que las instalaciones se ven desbordadas, lo que obligó a ampliar horarios y modalidades. Pero más allá de la competición, está el valor social. El buffet de la familia Abel, presente durante los últimos 35 años, es el punto de reunión donde se analizan partidas, se comparten anécdotas y se fortalece la camaradería. Una trinchera donde la pasión compartida por el ajedrez vale más que cualquier trofeo.
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