En un año, dos arquitectas renovaron y reorganizaron la planta de una casa unifamiliar, fortaleciendo su vínculo con el exterior
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“Cuando fuimos a ver la casa nos dimos cuenta de que había mucho más para hacer de lo que inicialmente nos habían pedido”, cuentan las arquitectas Erika Wendel y Florencia Alegre, socias de WA Estudio a cargo de la reforma de una casa unifamiliar.
Con un proyecto de máxima como punto de partida, las arquitectas transformaron una planta baja oscura y compartimentada en una casa funcional, luminosa y pensada para el uso cotidiano.
Cocina integrada y luminosa
Con esa lectura inicial, las arquitectas propusieron una reorganización no solo del área social sino de toda la planta baja, incluyendo el exterior. “La idea fue mostrarles hasta dónde se podía llegar y después decidir juntos qué hacer y qué no. El proyecto les encantó y avanzamos”.
La planta baja original concentraba una sucesión de espacios poco funcionales: un dormitorio de servicio mínimo, un lavadero angosto como pasillo, una cocina cerrada y oscura, un toilette diminuto y varios dormitorios con baños pequeños.
“El dormitorio de servicio, que suele terminar siendo un depósito, lo aprovechamos para hacer un gran lavadero”, explican. Al mismo tiempo, le ganaron superficie a la cocina y la integraron al living comedor.
“Antes se ingresaba a la cocina pasando por el lavadero; ahora, por esa misma puerta se entra directo a la cocina, y eso también nos permitió sumar luz”.
La elección de materiales acompañó esa búsqueda. “Las mesadas son de cuarcita Taj Mahalleather. Ahí se fue gran parte del presupuesto”, dicen entre risas. “Hicimos mesadas, alzadas y campana con la misma piedra, para darle continuidad y jerarquía”.
Otro punto clave fue la relocalización del toilette. “Había un toilette mini, de 1,20 x 0,90, adosado a la cocina y en pleno comedor. Era un grano que rompía el espacio”, explican. Al quitarlo, ganaron superficie en el comedor y reorganizaron toda el ala privada.
Living comedor más amplio y conectado
En el área social, uno de los grandes gestos fue maximizar las aberturas hacia la galería, llevándolas al máximo ancho y alto posible según la estructura existente.
“Había columnas y vigas, pero aun así logramos ganar muchísima luz y una relación mucho más directa con el exterior”.
En este espacio, el gran protagonista es un mueble de punta a punta, de piso a techo, que resuelve múltiples funciones. “Había un paño fijo existente que decidimos dejar. Llegó un momento en la obra en el que hay que decir ‘hasta acá’, porque si no tirás la casa abajo”, cuentan.
Ese mueble esconde radiadores, funciona como bar, vajillero, espacio de guardado para documentos y textiles. “Ellos tenían miedo de que les achique el espacio, pero les explicamos que, al acentuar una pared completa, el ambiente se percibe más grande”.
Un detalle clave fue la unificación de alturas: “El antepecho de la ventana era más bajo que los radiadores. Con un estante que pasa por delante de la ventana llevamos todo a una misma línea, y dejamos hueco el sector vidriado para no perder luz. Además, funciona como barra de apoyo cuando hay invitados”.
La galería como destino
La original era angosta, baja y poco usable. “Tenía techo de troncos pintados de blanco y chapas que no daban más. Medía 180 cm por casi tres metros: ponías una mesa y no pasaba nadie”.
La solución fue demoler el techo existente y construir una pérgola nueva con troncos naturales de Eucalipto, sumar altura y luz con chapas transparentes y extender casi un metro la superficie. El piso se resolvió con un porcelanato símil piedra claro, más adecuado para exterior.
Incorporaron una isla fija —pedido clave de los dueños— con sector para sentarse y cajones de guardado para la vajilla de la galería. La parrilla se renovó con frente nuevo y carros para la leña, y la pared de la bacha se abrió para dar lugar a una ventana de vidrio repartido. “Era una lástima no aprovechar la vista verde”.
El proyecto se completó con una relectura del jardín y la pileta. “La pileta estaba pintada de azul, con borde de travertino. La levantamos toda y la revestimos en travertino: quedó otra pileta”.
La obra, que estaba pensada para cuatro meses, terminó durando un año. “Fue larga, pero el resultado valió la pena: hoy la casa se vive de otra manera”.
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