En la meseta chubutense, un hombre que recorre el campo a caballo descubrió, sin saberlo, una nueva especie. Cuando los paleontólogos le preguntaron qué había encontrado, dijo lo mismo que siempre: “Un bicharraco”. La ciencia le tomó la palabra.
9 minutos de lectura'

El lunes 20 de abril, a las 11.30 de la mañana, Radio Nacional emitió el siguiente aviso hacia la zona de Gorro Frigio, en el centro de la provincia de Chubut: “Para Dionides Mesa: el equipo de paleontólogos del Museo Egidio Feruglio de Trelew le hace saber que, en agradecimiento a su fundamental ayuda en el descubrimiento de una nueva especie de dinosaurio, al que Dionide se refería como bicharraco, el nuevo espécimen descubierto ha sido bautizado en su honor con el nombre de Bicharracosaurus dionidei”.

Así funciona el servicio de mensajes rurales de Radio Nacional: una locutora lee los recados que familiares, amigos e instituciones mandan para quienes viven en la meseta patagónica sin teléfono, sin internet, sin otra forma de recibir noticias. El anuncio de un dinosaurio con nombre propio viaja en el mismo éter que el aviso de una visita pendiente o el saludo de unos parientes. Dionide Mesa, que vive solo en esa zona árida del centro de Chubut y se mueve a caballo por su campo, se enteró así de que tiene una nueva especie de saurópodo jurásico bautizada en su honor.
El hombre de los bicharracos
Dionide Mesa no es geólogo ni tiene formación científica de ningún tipo. Es un puestero de la meseta patagónica: conoce su campo como fuera su casa, percibe hasta la más mínima de las modificaciones de un paisaje desafiado por el viento constante, distingue lo ordinario de lo raro con la misma naturalidad con que un pescador distingue el fondo del río. Eso, en el noroeste de Chubut, equivale a tener un ojo clínico para los fósiles.

José Luis Carballido lleva más de 25 años yendo al campo de los Mesa. Paleontólogo del CONICET con sede en el Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) de Trelew, conoce a Dionide y a su hermano Leonide desde que empezó a explorar esa franja del noroeste chubutense, una región que guarda en sus capas de roca jurásica algunos de los fósiles más importantes de Sudamérica. “Dionide vive solo y se mueve a caballo por el campo. Cada vez que encontraba fósiles nos avisaba y decía: ‘¡Encontré un bicharraco!’, y nos llevaba hasta el lugar. A veces hablaba de una ‘paleta’, y era una escápula; otras de un ‘costillar’, y terminábamos encontrando vértebras con costillas asociadas”, recuerda Carballido.
“Bicharraco” era su palabra para todo eso que se encontraba. Los huesos grandes, los pedacitos chicos, los espinazos que asomaban de la roca. No le hacía falta otro nombre: sabía que los científicos entendían de qué hablaba, y los científicos sabían que cuando Dionide decía bicharraco había que ir a mirar.
El hallazgo que terminó siendo el Bicharracosaurus ocurrió hace unos 15 años. Dionide les avisó que había visto un espinazo. Los paleontólogos fueron, confirmaron que se trataba de vértebras articuladas que asomaban en el terreno, y anotaron que había que volver. El yacimiento está a menos de 10 kilómetros de su casa, y es el más cercano de todos los que encontró. Aun así, los proyectos y el financiamiento demoraron el regreso. Cuando finalmente volvieron y empezaron a excavar, necesitaron tres campañas para sacar todo el material que estaba metido en la roca.
Una familia, dos dinosaurios
Dionide no es el primero de su familia en hacer este tipo de contribución. Su hermano Leonide, que trabaja en el campo lindero, fue quien años atrás avisó que había un dinosaurio en su terreno. Ese animal terminó siendo el Brachytrachelopan mesai: un saurópodo de cuello inusualmente corto, también del Jurásico, cuyo nombre lleva el apellido familiar. El mesai proviene de los Mesa.
Ahora los dos hermanos tienen, cada uno, un dinosaurio con su apellido. Y Dionide tiene, además, su nombre propio tallado en latín científico: dionidei.
Esta es una situación que en la paleontología argentina tiene más precedentes de los que suelen conocerse. El Patagotitan mayorum, el mayor dinosaurio conocido del mundo —cuyo esqueleto ocupa una sala entera del MEF y réplicas suyas se exhiben en museos de todo el planeta— lleva el nombre de la familia Mayo, en cuyo campo fue descubierto. Un gaucho vio que asomaba una piedra muy redonda del suelo: era la punta de un fémur. El Carnotaurus sastrei, el carnívoro de cuernos que popularizó el cine, homenajea a la familia Sastre: alguien fue a levantar un palo para arrear una oveja y resultó ser un hueso de dinosaurio.

Matías Cutro, jefe de prensa del MEF, cuenta que la “inmensa mayoría de los hallazgos son fortuitos y realizados por los propios pobladores”. No es una excepción ni una curiosidad. Es el modo en que funciona la paleontología patagónica. Los científicos tienen el entrenamiento para identificar y describir las especies; los puesteros tienen el territorio, el tiempo y los ojos. Sin unos, los otros no pueden hacer su trabajo.
Lo que sí es nuevo —y el MEF lo anunció junto con el Bicharracosaurus— es que la institución comenzará a entregar placas de reconocimiento formal a todos los pobladores que hayan contribuido con hallazgos, de manera retroactiva. Para que quienes ya tienen un dinosaurio con su nombre también tengan algo concreto para colgar en la pared. Hasta ahora, ese homenaje vivía en los papers científicos y en los comunicados de prensa.
El trabajo de los años
Sacar un dinosaurio de la roca no es rápido ni sencillo. Cada campaña de excavación implica llegar hasta un punto remoto de la meseta, trabajar con herramientas de precisión y después envolver los huesos en yeso y arpillera —el mismo procedimiento que usa un médico para inmovilizar una fractura— para poder transportarlos sin daño. Esos paquetes, llamados bochones, viajan hasta el laboratorio del MEF en Trelew. Ahí se abren con cuidado y empieza la preparación: limpiar cada hueso milímetro a milímetro hasta dejarlo listo para el estudio. En el caso del Bicharracosaurus, esa etapa sola llevó un año y medio.
Recién entonces empezó el análisis científico: una tesis doctoral dirigida por el investigador alemán Oliver Rauhut en conjunto con Carballido, y llevada adelante por la paleontóloga Alexandra Reutter, autora principal del trabajo publicado en la revista PeerJ. El equipo reunió investigadores del CONICET, del MEF, del Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG), del Museo Argentino de Ciencias Naturales (MACN) y de la Ludwig Maximilian Universität de Múnich, con financiamiento de la Fundación Alemana de Investigación (DFG).
Los restos recuperados pertenecen a un único individuo: parte de la columna vertebral, costillas dorsales y fragmentos de la cadera. Con eso bastó para determinar que se trata de un dinosaurio adulto que debió alcanzar unos 15 metros de largo y cerca de 20 toneladas de peso. “Lo más distintivo son sus espinas neurales —las proyecciones óseas sobre las vértebras—. Mientras que en la mayoría de los saurópodos son más anchas que largas, en este dinosaurio están comprimidas y alargadas de adelante hacia atrás”, explica Carballido.
Un lugar en el árbol de la vida
La clasificación del Bicharracosaurus es uno de los aspectos más resonantes del descubrimiento. “Desde el punto de vista evolutivo, pertenece a los Macronaria, un grupo de saurópodos con origen en el Jurásico y que luego dominaría los ecosistemas terrestres hasta el final del Cretácico. Entre sus representantes más conocidos se encuentran dinosaurios gigantes como Brachiosaurus y Patagotitan. Su hallazgo es especialmente importante porque los registros jurásicos en el hemisferio sur de este grupo son muy escasos”, precisa Carballido.
El análisis filogenético indica que el Bicharracosaurus sería el primer braquiosáurido del Jurásico conocido en Sudamérica. El esqueleto presenta una combinación singular de rasgos: algunos recuerdan a los braquiosáuridos africanos como el Giraffatitan de Tanzania; otros, a los diplodócidos norteamericanos. Esa mezcla aporta datos nuevos sobre cómo estos animales se dispersaron por los continentes durante el Jurásico Superior, cuando Gondwana todavía era una masa terrestre relativamente cohesionada.
El hallazgo proviene de la Formación Cañadón Calcáreo, al noroeste de Chubut, una unidad geológica reconocida internacionalmente como una ventana privilegiada al Jurásico en el hemisferio sur. Desde hace más de dos décadas, el equipo del MEF y el CONICET trabaja en esa región junto a investigadores alemanes. Los resultados son notables: además del Bicharracosaurus, en esos yacimientos se identificaron el Tehuelchesaurus benitezii, el Brachytrachelopan mesai y restos que sugieren la presencia de otros grandes herbívoros e incluso de un estegosaurio. Cada uno de esos hallazgos tiene, en algún punto de su historia, un puestero que avisó que había algo raro en el campo.

El nombre
Cuando el análisis confirmó que se trataba de una especie nueva, el nombre llegó solo. “Surgió bastante rápido la idea: ¿y por qué no lo llamamos Bicharracosaurus?”, recuerda Carballido. Combina la palabra de Dionide con el sufijo griego sauros (lagarto). El dionidei final hace el resto.
“El nombre no solo es un homenaje a él, sino también a todas las personas de campo que colaboran en estos descubrimientos””, agrega Carballido. Cutro subraya la doble dimensión del gesto: en ese nombre conviven el reconocimiento a una persona y la preservación de una forma de hablar. “No solamente está el nombre de Dionide, sino que además está la palabra bicharraco, como él se refería a todos estos dinosaurios que encontraba en su campo y que sigue viendo”.
Una palabra de la meseta patagónica, dicha por un hombre solo a caballo, conservada para siempre en el latín de la ciencia.

La meseta sigue su ritmo
Dionide Mesa, por ahora, sabe lo que sabe por radio. El aviso duró unos pocos segundos, antes de que el locutor pasara al siguiente mensaje. En algún lugar de esa llanura árida, un hombre que recorre el campo a caballo acaba de enterarse de que un gigante de 160 millones de años lleva su nombre. Y el nombre de su palabra.









