Playa exclusivas y desiertas. Los mejores secretos de la costa atlántica
Bahía de los Moros combina campo y mar para pocos mientras que Arenas Verdes, más accesible, suma ofertas de gastronomía y alojamiento; Centinela del Mar, con escasa infraestructura, es un oasis de calma
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Quedan atrás varios kilómetros de tierra compactada, firme, de huellas poco profundas y bordes carcomidos por la sequía. El camino es serpenteante. Deja campos sembrados en su margen oeste, algo más de arboleda boscosa sobre el lateral más cercano al mar, y se acaba en una tranquera de madera típica de estancia con un tablero digital, a la altura de la ventanilla del vehículo, en donde el teclado allí dispuesto espera la clave que habilite el acceso.
Sin ese código que implica pertenencia y confianza, nadie puede avanzar hacia las casi 600 hectáreas que componen Bahía de los Moros, un barrio privado que si no es el más exclusivo, al menos es el que asegura mayor privacidad e intimidad en estas playas del sudeste bonaerense.
Un emprendimiento privado nada tradicional que guarda dentro de sus límites una oferta para pocos. ¿Le interesa comprar ahí? Pues no hay una sola referencia o publicación que anuncie ventas. Ni siquiera una vía o medio de contacto, datos eliminados desde hace tiempo de la página web para evitar cualquier tipo de consulta.
Es un paraíso, un pretendido pueblo de campo, que por ahora es patrimonio para el ocio de un puñado de familias que allí construyen sus viviendas en una topografía única, con vegetación de altura escasa que asegura la vista despejada para que en cada lote donde se construya haya por igual panorámicas del mar y del campo.
Sin dudas, Bahía de los Moros es la estrella con geografía rústica y destellos premium en un tramo del partido de Lobería que es rural por excelencia y tiene como límite el mar. Una extensión de playas deliciosas, abiertas y poco concurridas.
Esa franja de arena y campo de gestión privada está a unos 7 kilómetros al norte de Arenas Verdes, un histórico paraje que nació con aires de camping de punta a punta y durante los últimos años, siempre con una fuerte presencia de turismo durante todo el verano, suma opciones de servicios desde la hotelería, gastronomía y construcción de nuevas viviendas.
Se ubica, además, a unos 45 kilómetros de Centinela del Mar –la mitad si el recorrido se intenta por la orilla del mar–, ya en el partido de General Alvarado y consolidado como el paraje más solitario en toda esta región costera. Apenas cuatro habitantes permanentes tiene este poblado de playas desiertas, protegidas por altos acantilados, carcomidos y hasta perforados por la erosión costera, aguas de cuidado al intento de baño por su lecho escarpado y arenas cada tanto tapizadas de caracoles y conchillas.
El origen de la exclusividad
Bahía de los Moros nació casi con este siglo. Un paseo que el empresario Fernando Mihanovich realizaba por el lugar con su esposa María Victoria lo convenció de que no solo era el sitio que querían para ellos sino que, además, podía convertirse en un desarrollo cuidado y a medida de sus gustos, dominados por el paisaje agreste, bajo el concepto de sustentabilidad y al que empezaron a acercar solo a amigos y conocidos.
Hace tiempo que el lugar tiene promoción cero. Por decisión de su desarrollador, la exposición es mínima. Pasó el tiempo desde que, hace más de una década, se presentó en la Feria Buenos Aires Turismo (Febat) el proyecto de masterplan a cargo del arquitecto Fernando Micieli. “No tengo necesidad de vender”, ha repetido Mihanovich a interesados en quedarse con algunas de las parcelas que por ahora solo habilita a los que disfruta de elegir.
Gozar de sus bondades más que exponerlo es la idea que prima en el creador de esta oferta de tierras en las que abundan dunas vírgenes, altas y lo suficientemente lejanas de la espuma de las olas para oficiar como terrazas o miradores sobre las que se levanta el reducido puñado de casas. Todas abastecidas por energía fotovoltaica. Para propio consumo y, si se puede, aportar a terceros.
Cerrado el paso a ajenos, las redes sociales se convierten en el ojo de la cerradura que permite ver con mayor claridad qué pasa dentro de sus límites con posteos de sus visitantes frecuentes. De hecho trasciende un rumor que quienes andan por ahí aseguran que tiene fuerza de ley: hay recomendación de publicar lo menos posible imágenes con referencias a este barrio privado para resguardar esa exclusividad.
“Es un lugar precioso, con bosque, playa y mar, y un clima fantástico tanto al amanecer o al atardecer”, cuenta a la nacion un empresario con negocios en Mar del Plata que estuvo en Bahía de los Moros para un casamiento que se hizo al aire libre y a orillas del mar. “Fue un momento único”, insiste.
El barrio privado tiene la cancha de fútbol más cercana al océano que se conozca en la provincia, quizás en todo el país. Está a 150 metros de la arena húmeda, con césped y preparada para partidos de 11 contra 11. Casi linda con el parador de playa que el último verano se consumió tras un incendio.
Y hay más. Productores de la zona aseguran que en Bahía de los Moros aterrizan helicópteros y hasta algún avión pequeño, sobre una superficie llana y con pasto sobre la que el carreteo no genera mayores riesgos.
Las aguas que bañan sus playas son generosas en olas para la práctica de surf y kite surf. También por momentos un remanso en donde, con el comienzo de cada primavera, asoman lomo y cola algunas ballenas que van con rumbo al sur. Y en la arena de sus playas y dunas hay un escenario de contexto desértico para cabalgatas inolvidables.
Dicen que el recorrido que permite llegar hasta la desembocadura del arroyo El Moro “es de lugar encantado”.
Brazos abiertos
Más familiar y de brazos abiertos es Arenas Verdes, que nació hace décadas con aires de camping y, por estos últimos años, pone a prueba su ordenamiento para ubicar y controlar el desembarco de nuevas unidades de alojamiento, también gastronomía y crecimiento inmobiliario.

Situado 120 kilómetros al sur de Mar del Plata, poco antes de Necochea, este edén histórico de campamentistas se empieza a acomodar a este formato mientras los ladrillos llegan a ritmo sostenido a lo que, hace casi medio siglo, fue el paraíso de Guillermina y Chiquín, los reales pioneros y hoy figuras excluyentes del lugar.
Se dejaron tentar por esas dunas, plantaron casi todos los árboles que hoy allí dan sombra y reparo ante los vientos y avanzaron con una proveeduría primero, y luego con un local gastronómico que trasciende horizontes y deja sello inolvidable en paladares desde la Fonda de Guillermina. “Comida de abuelos”, se presenta el templo de las mejores empanadas de carne y del cordero al horno de barro.
Marcelo del Hoyo, hijo de los iniciadores de Arenas Verdes, creció allí. Acompañó a sus padres en esta expansión que hoy los tiene al frente también de un complejo de cabañas, un hostel y desde el pasado fin de semana un nuevo restaurante, en este caso de frutos de mar.
“Ahora hay 90 casas y 25 habitantes permanentes donde durante más de 20 años vivieron mi mamá y mi papá solos”, explica a la nacion sobre esta lenta transformación que se acelera desde hace tres años y que no impacta aún porque la superficie del paraje es más que amplia.

Sobre la costa se ofrecen otros pequeños alojamientos con cabañas sencillas que conviven con sendos paradores de playa. Uno de perfil zen, Sol a Sol, y el otro más joven, Bisonte, más ruidoso durante las tardes y noches de verano.
La aparición en escena del dueño de esas inmensas tierras, residente en Praga, influyó en la transformación. Se dispusieron lugares específicos donde instalar carpas y casillas rodantes para respetar lotes donde, con flamantes compradores, se empezaron a levantar las primeras propiedades.
Así se ha conformado una verdadera comunidad, con gente que repite presencia. Los que llegan desde más lejos y otros desde localidades más cercanas, que encontraron aquí ese remanso de cada fin de semana. “Venimos cada sábado desde Mar del Plata”, cuentan Leandro y Eliana, padres de Lorenzo y Marilyn, de 10 y 8 años. “Nos encanta que los chicos se críen acá, nos gustan estas playas que son amplias y sin amontonamientos”, detallan.
Quizás esa condición de calma esté mejor conservada por estos tiempos algo más al norte, en Centinela del Mar, ya más cerca de Miramar, allí donde no llega la señal para teléfonos celulares. Otra aventura que requiere transitar varios kilómetros por camino de tierra, con campos a un lado y otro, hasta desembocar en un mínimo caserío.
Para contar a quienes viven todo el año sobran los dedos de una mano. “Están por allá Mirta y su esposo Rolo, que vive algo más lejos con sus ovejas y vacas, y yo”, dice Alberto, que se vino en 1991 a buscar tranquilidad y se quedó.
Como espacio protegido por ser zona de hallazgos paleontológicos suma desde lo turístico un interés adicional a su oferta central de playas desiertas, rústicas, casi nula en servicios y a medida de los que solo quieren sentirse dueños por un rato de arenas sin vecinos cercanos.
Es un destino que los residentes, como todo oasis, ven crecer de a poco. Hay nuevas construcciones y las primeras ofertas de alojamiento. Asoman cabañas: alguna terminada, otra en obra.
Una pareja de Pilar que acaba de disfrutar de un baño de mar asegura: “Paramos en Miramar, pero nos recomendaron que si queríamos paz, hiciéramos una escapada hasta Centinela del Mar, y es tal como nos contaron”.
El lugar tiene una parroquia que está sin cura hace dos años y un hotel abandonado, como algunas otras de las menos de 30 propiedades que hay. Por estos días reabre el Centro Cultural La Lagartija, única atracción adicional. Se trata de una pulpería y suerte de museo en que se convirtió la casa de Carlos Canelo, que anda por Centinela del Mar desde la década del 80. Él y su mujer, Patricia, se instalan aquí en verano y guardan en lo que era una vieja usina la memoria de pueblos originarios –tehuelches– que poblaron la región.






