El circuito inaugurado el año pasado por el centenario del nacimiento del escritor, permite conocer su obra y el paisaje que la inspiró
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A 200 kilómetros por la RN 7 hacia el noroeste de la provincia de Buenos Aires, en los pagos de Chacabuco, es posible transitar por Los Caminos de Haroldo Conti, un circuito autoguiado de cartelería e información inaugurado el año último con motivo del centenario de su nacimiento.
Gracias a esta iniciativa, en Chacabuco no hay que ir a buscar la memoria de este genial y aún hoy poco reconocido escritor a un museo, sino a las calles y de a pie: es el propio pueblo y su gente que imaginariamente se “sale” de los libros, cobra vida y se hace carne en el sitio donde su literatura nació y se hizo eterna.
Cuentos como Las doce a Bragado, Ad Astra y La Balada del Álamo Carolina, entre otros, tienen su correlato en estas postas que reflejan la fuerza de un lugar con su cultura, su historia y su idiosincrasia, sus personajes que existieron y fueron ficcionalizados, sus lugares como el álamo que aún hoy se enciende en el atardecer y cambia eternamente su luz, como tan bellamente describió Conti. Él amaba estar en contacto con la naturaleza en el campo o en el delta, donde tenía su casa y situó una de sus grandes novelas, Sudeste, entre otras como Alrededor de la jaula, En vida y Mascaró, el cazador americano.
“Son 15 postas, cada una tiene un código QR que dice qué interés tiene o a qué parte de la obra se refiere. La primera es la escuela N° 12 donde Haroldo hizo la primaria y sigue por una de las tantas casas donde vivió el autor, porque los padres no fueron propietarios hasta mucho tiempo después. Pasando por el Teatro Italiano, donde Haroldo presentó en el 75 La Balada del Álamo Carolina. Yo lo recuerdo como si fuera ayer, porque asistí”, cuenta Santiago Van Der Wedden, miembro del Archivo Histórico y de la Asociación de Amigos de Haroldo Conti. El 5 de mayo, día de la desaparición del escritor secuestrado en su departamento en Palermo, se constituyó en el día del escritor bonaerense.
Historias de pueblo
Un gran hombre pájaro preside el arco de entrada a Chacabuco, homenaje al cuento Ad Astra sobre un hombre, Argimón, que desea volar y construir sus propias alas. “Basilio Argimón era en realidad Basilio Aragón, un personaje de nuestro pueblo que restauraba los santos del cementerio y de la iglesia y tenía el deseo de volar. Haroldo acompañaba a su padre, que vendía por los campos y boliches del interior de la provincia, y escuchaba historias, y luego también a él le encantaba conversar y recolectar historias, anécdotas”, cuenta Santiago.
Las postas son 15: Escuela Provincial N° 12 Hipólito Yrigoyen, Casa de Haroldo Conti, Sindicato de Luz y Fuerza, Plaza Venezuela (ex Necochea), Ex Bar Japonés, Carpintería del Abuelo, Casa de los tíos Agustín y Teresa, Casa de la Cultura, Palacio Municipal, Plaza San Martín, Parroquia San Isidro Labrador, Teatro Italiano, La casa de la tía Haydeé, Sede Social del Club Huracán y La Balada del Álamo Carolina.
Aunque el pueblo de casas bajas con calles de tierra de la infancia del escritor haya cambiado, el espíritu de su literatura lo envuelve con su magia: luego de pasar por el Punto de la Memoria, donde se recuerdan los ocho detenidos desaparecidos de Chacabuco, se continúa hacia la Plaza Venezuela, que antes era el mercado y después la estación de colectivos, en cuyo interior estaba el bar Japonés, a cuenta del japonés que lo regenteaba, que también se menciona en sus cuentos.
“Enfrente estaba la casa de su tío Agustín, protagonista de tantos cuentos, donde aún hoy vive su prima Susana. Y más allá, la carpintería de su abuelo Luis y el galpón, que ocupaba media cuadra. Tratamos de indicar los lugares porque muchos ya no están”, cuenta Santiago.
“En casi todas mis novelas y cuentos siempre hay un personaje que tiene su origen en Chacabuco. Para mí es aquel pueblito que escribo, relato, describo y en cierta medida recupero –aunque lo invento bastante–, en La balada del Álamo Carolina”, dijo en una entrevista Haroldo que puede escucharse en el excelente material que describe las diversas postas de la página del Instituto Cultural Bonaerense, al cual remiten los QR de la cartelería.
Por último, si visita Chacabuco en la semana, puede conocer la Casa de la Cultura Haroldo Conti en la calle Moreno 178, donde funcionan la Biblioteca Leopoldo Marechal y el Museo y Archivo Histórico de Chacabuco, con el Anexo Daniela Prieto. Alli, en la sección Los Nuestros, pueden verse documentales, fotos y libros de los ocho desaparecidos de Chacabuco, incluido Haroldo.
La licenciada en Turismo Florencia Giesolauro rescató en su tesis final para la Universidad de La Plata el caso del Partido de Chacabuco como destino rural emergente, con sus pueblos Castilla, O’Higgins, Cucha-cucha y Rawson, otros “pedacitos de olvido” para conocer y revalorizar, Chacabuco como la ciudad cabecera. “Como chacabuquense, quiero rescatar del olvido todos estos pueblos de la periferia del partido: Haroldo Conti representa un movimiento muy grande, un trabajo en equipo. Y aunque muchas personas desconocen el circuito y no se le dé la importancia que se merece, Los Caminos de Haroldo Conti son una puesta de valor patrimonial de carácter cultural, que lleva consigo la impronta de la memoria y de una comunidad que no olvida”, afirma.
El camino hacia el álamo Carolina es de tierra, la vieja ruta a Bragado le dicen los parroquianos, o ruta provincial 42: “Es el camino de tierra entre Chacabuco y Bragado, ese mismo semejante a una áspera corteza de árbol viejo con tantos y tantos surcos (...), escribe Haroldo. Son casi 30 km de tierra y se cruza de partido después de “esa loma que trepa brevemente hacia el cielo y después el puente sobre el río Salado, que es el mismo límite en los dos partidos”, continúa en Las doce a Bragado, que en el mapa hoy figuran como asfaltados, pero no es así.
Al atardecer, el álamo arde en silencio; si no llueve, nada más lindo que llegar hasta allí con la luz cada vez más débil, casi un polvillo iridiscente, para leer el cuento frente al verdadero álamo Carolina. “Al caer el sol las hojas se encienden como por dentro, pero él ahora no pretende más que eso, esa dulce luz de verano que lo recubre como un velo. Y dentro de esa luz está él, el viejo álamo, todo recuerdo”, concluye Haroldo Conti.
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