
Mientras el concepto gana terreno, empiezan a surgir espacios pensados para transformar la experiencia de hacer ejercicio
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Hay mujeres que conocen de memoria el horario en el que el gimnasio está más vacío. No porque prefieran el silencio ni la tranquilidad, sino porque a determinada hora hay menos miradas, menos cuerpos que inconscientemente comparan, menos hombres ocupando la sala de pesas con una territorialidad que parece natural. Van a esa hora porque en otras se sienten incómodas, y la incomodidad ya les cuesta demasiado.
Hay un nombre para eso: gymtimidation. El término funde gym con intimidation y describe algo que, aunque tiene nombre en inglés, se siente en todos los idiomas: la ansiedad silenciosa que puede generar el simple acto de ingresar a un espacio de entrenamiento. No hace falta que nadie diga nada ni que pase nada concreto: alcanza con sentirse observada, con dudar de si se está haciendo bien el ejercicio, con notar que el cuerpo propio no encaja en el molde que el lugar parece exigir. Es un malestar difuso y persistente que, a fuerza de acumularse, empuja a las mujeres hacia afuera.
En Argentina, ese empuje tiene un contexto particular. Un estudio reciente reveló que el 69% de las personas entre 23 y 38 años encuentra barreras a la hora de hacer actividad física. Y muchas de esas barreras no son logísticas sino emocionales:
- miedo al juicio
- incomodidad al sentirse observado o expuesto
- dudas sobre el propio cuerpo o sobre si se está haciendo bien la actividad. A eso se suma que el 70% de las mujeres no está conforme con su cuerpo y el 60% admite querer adelgazar, y que la Argentina es el segundo país con más presencia de trastornos de la conducta alimentaria después de Japón según el Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Buenos Aires.

No son datos aislados: son el fondo sobre el que se mueven las mujeres cada vez que entran a un espacio donde los cuerpos están expuestos, medidos, comparados. El gimnasio, en ese contexto, puede convertirse fácilmente en un espejo de todo lo que ya duele.
Mecha Di Pietro lo viene observando hace años. Entrenadora personal e Integrative Nutrition Health Coach, pasó mucho tiempo dando clases en plazas y espacios abiertos, principalmente a mujeres, antes de decidirse a abrir su propio proyecto. “Si a alguien no le gusta entrenar, aunque sepa que le hace bien, y encima la pasa mal cuando va, ya está: la estás expulsando. Esa persona está perdiendo la posibilidad de estar mejor, de llegar al último día de su vida en su mejor estado”.
La trampa del círculo
El problema no es solo la incomodidad en sí. Es lo que genera. Porque cuando ir al gimnasio se convierte en una experiencia tensa, todo lo que rodea al entrenamiento se resiente: la motivación, la constancia, el disfrute. Y aparece el círculo vicioso que tan bien conocen las que ya lo vivieron: cuesta ir, entonces se va menos. Al ir menos, se pierde confianza. Al perder confianza, el espacio se vuelve más hostil. Hasta que se deja de ir.
La gymtimidation no opera solo a través de miradas ajenas. Opera también desde adentro.
El diseño del gimnasio (los espejos, los equipos muy juntos) agudiza las comparaciones corporales y genera sentimientos de inferioridad. La ropa que se usa funciona como un marcador de experiencia, y muchas mujeres adoptan la vestimenta más ajustada simplemente para no parecer fuera de lugar.
Hay quienes no preguntan cómo se hace un ejercicio porque preguntar equivale a admitir que no saben, y otros que hasta sacan un ejercicio de su rutina porque no se animan a pedir ayuda.
Di Pietro tiene una estadística propia acumulada a lo largo de toda su carrera: “Todas las chicas que me escribieron para empezar a entrenar, en la primera sesión, faltan. El 100%. Te lo juro”. No lo dice como crítica.
Lo dice como diagnóstico. El primer paso implica depositar una expectativa, una ilusión, una dosis de confianza propia que no siempre está disponible. “La segunda clase aparecen, y se quedan. Pero ese primer paso es el más difícil”. Detrás de esa ausencia hay miedos: a no poder, a no saber, a hacer el ridículo y a quedar expuesta antes de haber tenido tiempo de adaptarse.
El cuerpo como territorio en disputa
Hay algo más profundo que opera por debajo de la incomodidad puntual del gimnasio, y tiene que ver con la relación que las mujeres argentinas construyen con sus cuerpos desde muy temprano. La delgadez como sinónimo de éxito no es una idea nueva ni inocente. “Desde que soy chica fue sinónimo de éxito”, dice Di Pietro, que tiene 37 años y habla desde la experiencia propia tanto como desde la profesional. “Después uno empieza a entender que a veces el disfrute y el bienestar tienen que estar alineados. Que bajar el estrés conectándote con gente, abrazar, hacer yoga, pegarle a una bolsa en tu peor día: eso también es bienestar”.
Esa ecuación, el cuerpo como problema a resolver en lugar de territorio a habitar, es la que convierte al ejercicio en algo cargado de expectativas difíciles de sostener. “Si vos te enfocás en un objetivo muy concreto y que no te toca una fibra tan profunda, es muy fácil que te desanimes cuando no ves el resultado rápido”, dice. “En cambio, si encontrás el propósito, si entendés que venís a construir un hábito y no a castigarte, ahí cambia todo”.
La respuesta: espacios propios
En ese contexto empiezan a surgir alternativas. Una de ellas, cada vez más visible, es la de los espacios exclusivos para mujeres. No como un gesto de exclusión sino como una forma de generar pertenencia, de bajar el volumen a todo ese ruido interno que el gimnasio convencional tiende a amplificar.
Hace dos meses, Di Pietro, abrió en Recoleta Moder Club. No se llama gimnasio: se llama club. La distinción no es semántica. Moder, en danés antiguo, significa madre, y esa es la idea que lo organiza todo: un espacio que contiene, que nutre, que acompaña. “No es un lugar para madres”, aclara Di Pietro, quien lo fundó. “Es un espacio que funciona como una madre: que da seguridad, que educa, que está para lo que sea, que no te juzga”.

La propuesta incluye clases de boxeo, yoga y entrenamiento funcional, un café de especialidad en la entrada con comidas pensadas para antes y después de entrenar, y una nutricionista que acaba de lanzar un ciclo de alimentación de 28 días. Pero más que la oferta en sí, lo que define al lugar es la lógica con la que fue pensado. “La idea es que una mujer esté en su casa, quemada del laburo, y diga: me voy al club. Que encuentre una amiga, un cafecito, 45 minutos para dedicarse a ella. Cualquiera puede tomarse 45 minutos”, explica.
En menos de un mes, el club sumó más de 100 inscriptas, todo boca en boca, sin publicidad ni anuncios. Alcanzó con que las mujeres que llevaban tiempo buscando un lugar así, lo encontraran y lo contaran.
El boxeo como llama
Una de las disciplinas que ofrece el club genera una reacción particular en las que la prueban. El boxeo tiene una historia larga de ser asociado a lo masculino, a lo under, a un nicho que históricamente expulsó a las mujeres antes de que pudieran siquiera intentar. Por eso lo que Di Pietro observa tiene algo de sorprendente y algo de completamente lógico a la vez: “Las mujeres cuando empiezan a boxear despiertan una llama poderosa que tienen adentro, que quizás por cuestiones culturales quedó como atrás. Y eso se traslada a todas las áreas de la vida”.
Hay mujeres de 60 años que le dicen que siempre quisieron boxear y que recién ahora, en un espacio solo de mujeres, se animaron. El lugar tiene espejos, pero no una pared entera de espejos, y esa diferencia importa. “Hay mujeres que les molesta verse todo el tiempo y se juzgan cuando se ven. Si lográs entrar en el flow, en ese estado donde la habilidad condice con el desafío, te sumergís. Ya no estás pensando en lo que van a decir, ni en lo que hiciste, ni en lo que dejaste de hacer”.
La comunidad como hábito
Lo que Di Pietro encontró a lo largo de años de dar clases es que cuando las mujeres entrenan juntas algo se activa que va más allá del ejercicio en sí: surgen amistades, se organizan salidas después de clase, se genera comunidad. “La mujer está muy mal etiquetada de quilombera”, dice. “La verdad es que se forma una hermandad. Es muy noble, muy solidaria. Y eso hay que decirlo”.

Esa dimensión social no es un extra: es parte de por qué el hábito se sostiene en el tiempo. “Cuando tenés un grupo que te acompaña, se hace más difícil fallarte a vos misma. Porque cuando faltás, viene alguien y te pregunta qué pasó, hace cuánto no te ve”. El antídoto a la gymtimidation, entonces, no es solo cambiar el espacio físico, es más lento y más profundo que eso. Tiene que ver con bajar el volumen de la autoexigencia para subir el del acompañamiento, con encontrar un propósito que te mueva cuando la motivación falla. Con entender que ir a entrenar es, en palabras de Di Pietro, un acto de amor.

“Entrenar te cambia el estado. Llegás de una manera y te vas de otra. Es una dopamina que sube paulatinamente y baja lentamente, no es el pico del helado cuando estás mal. Es la que te dice que podés hacer lo que querés si te lo proponés”.
El gimnasio, bien vivido, no debería ser un territorio hostil. El problema es que durante mucho tiempo no fue diseñado para que las mujeres se sintieran bienvenidas. Algunas, hoy, están construyendo los espacios que el sistema no les ofreció.
Porque en el fondo la gymtimidation no habla solamente del gimnasio. Habla de cómo las mujeres aprenden a habitar sus cuerpos, del espacio que sienten que pueden ocupar y de todo lo que cargan incluso en lugares que, en teoría, deberían hacerlas sentir mejor.
Tal vez por eso estos nuevos clubes no funcionan solo como espacios de entrenamiento: funcionan como una respuesta. Una forma de demostrar que hacer ejercicio también puede sentirse seguro, disfrutable y verdaderamente propio.





