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Crónicas del crimen

El implacable pistolero que mataba policías y terminó con el corazón partido de un tiro

Facundo Di Genova
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9 de mayo de 2019  

Jueves 28 de julio de 1966. El vespertino uruguayo Hechos publica la primera entrega de las memorias del pistolero argentino más famoso del momento, atrapado hace dos semanas en Montevideo luego de una cacería policial sin precedentes.

En Buenos Aires, el público sigue los pormenores de la captura como una forma de evadirse de la convulsionada realidad política nacional. Juan Carlos Onganía acaba de derrocar al presidente Arturo Illia y ahora instruye a la Policía Federal Argentina para el desalojo violento de cinco facultades de la UBA. Faltan pocas horas para que la "Noche de los Bastones Largos" quede marcada a fuego en la memoria académica del país.

Al otro lado del Río de la Plata, José María Hidalgo está totalmente ajeno a los hechos del mundo exterior. Al fin descansa tranquilo en la Penitenciaría de Punta Carretas, preso luego de un raid histórico de 67 días en el que junto a su compañero, el delincuente uruguayo Héctor Inella huyen una y otra vez de los policías que los persiguen.

Hidalgo, el asaltante que escapó de una cárcel de Brasil
Hidalgo, el asaltante que escapó de una cárcel de Brasil Fuente: Archivo

Hidalgo camina por la cárcel como si estuviera en libertad. Nada parece inquietarlo. En el presidio comentan que si los afiliados al gremio del hampa tuvieran un sindicato, él sería su secretario general.

El bandido al que le habían "sacado la ficha"

Un prontuario de la PFA clasifica a Hidalgo como "peligroso" dentro del escalafón RH (robos y hurtos). Curiosamente, no tiene apodo ni sobrenombre. Los pesquisas temen confrontarlo. Saben que su puntería es implacable. Por algo ostenta el cargo de "pistolero" dentro del grupo de los peso pesados como Jorge "El pibe" Villarino, "El Loco" Prieto o Eduardo "El Lacho" Pardo.

La ficha policial número 132.401 afirma que el bandido nacido en Zárate un 13 de abril de 1920 se ha tiroteado con sus perseguidores tantas veces como se ha fugado de los penales donde fue preso. Suele portar una pistola semiautomática Ballester-Molina calibre .45 envuelta en un periódico y es muy veloz a la hora de accionar la cola del disparador.

Al momento de su última detención, Hidalgo cuenta con tres espectaculares fugas. Le endilgan 17 homicidios, cuatro de ellos a policías, tres de los cuales son brasileños, pero él solo asume la autoría de dos muertes. Tiene 46 años y tres hijos: uno ha sido abatido en un enfrentamiento, a los 16 años. Las agencias internacionales replican la información de los medios uruguayos y sus memorias se publican en los diarios de la Argentina y especialmente en Brasil, donde ha trabado relación con bandas locales. Los despachos con las andanzas del hampón se convierten en una novela por entregas.

Fuente: Archivo

"Al único policía que odio es al que tortura", relata Hidalgo desde prisión, mientras oficializa su romance con la viuda del contrabandista uruguayo José María Montero, alias "Monterito". El pistolero argentino pretende aclarar algunos hechos sobre su vida delictiva que la justicia y la prensa ignoran.

Entre ellos, hace una revelación incómoda. Sostiene que el conocido ex jefe de la División Robos y Hurtos de la PFA, comisario inspector Evaristo Meneses, no es tan caballero como dice ser, ya que le disparó cuatro tiros por la espalda poco antes de atraparlo.

El oficial superior, que hacía gala de sus virtudes literarias, había narrado una versión de los hechos totalmente distinta en su libro autobiográfico, Meneses contra el hampa (Buenos Aires, 1962).

Los comienzos de la fama: un asesinato a sangre fría

Martes 7 de enero de 1958. El joven cabo José Baistroqui cubre la parada de la esquina de Rivadavia y Membrillar en el barrio porteño de Flores. Falta poco para las 12 cuando el vigilante escucha el sonido de lo que cree es un choque entre dos autos. Llueve. Cuando se acerca al presunto accidente, un hombre bien vestido, morocho, flaco, alto, bien afeitado y con bigote anchoa le sale al cruce, apunta un arma de fuego hacia el estómago del muchacho y dispara. Baistroqui cae sin siquiera desenfundar su pistola reglamentaria. Se toma la panza con las dos manos. Se retuerce en el piso. Está mal herido. Pide ayuda. El hombre del bigote ancho lo silencia de un disparo en la cabeza. El cabo de la Comisaría 38ª nunca llegó a enterarse que fue la única víctima de un grupo de asaltantes que interceptó el automóvil en el que viajaban dos recaudadores de la empresa Nestlé, simulando un accidente. Mientras el policía yacía muerto en el piso rematado por Hidalgo, los miembros de la banda le quitan los empleados 200 mil pesos (unos 5 mil dólares al cambio de la época) y huyen con el magro botín sin que nadie los persiga. "Desde ese momento Hidalgo fue una obsesión", dijo el comisario inspector Evaristo Meneses.

El enfrentamiento con Meneses

Al mes siguiente, el jefe de la poderosa división Robos y Hurtos de la Federal recibe un dato clave: el matador del cabo Baistroqui está oculto en las afueras de La Plata, cerca del hipódromo, en un rancho sobre el final de la calle 35 Bis, rodeado de studs y basurales, donde terminaba el ejido catastral.

El jefe de la PFA, Ezequiel Niceto Vega, había expedido una circular alertando que el bandido estaba decidido a matar un policía antes de entregarse vivo. Los vigilantes le temían. Los delincuentes lo admiraban. Los oficiales superiores querían picarle el boleto y sumar un reconocimiento en su legajo. Según Meneses: "Hidalgo se había ganado dentro del hampa un lugar de privilegio que hacía valer en ese submundo del quebrantamiento moral donde la canalla anida".

Fuente: Archivo

La noche del domingo 15 de febrero de 1958 llovía a cántaros. Meneses y una partida de federales se apostaron en las inmediaciones del rancho platense, ocultos en la inmensidad de la noche, esperando a que el pistolero volviera de una fiesta dominical.

A las 2.45 del lunes el bandido retornó a su covacha caminando solo y tranquilo por la pantanosa calle 35 Bis, pero su parsimonia se sobresaltó con el ladrido de un grupo de cimarrones. Algo andaba mal.

-¡Parate Hidalgo!, gritó el comisario desde el costado de un Jeep abandonado que le hacía de cubierta.

Fue la emboscada perfecta. La secuencia solo se iluminó con los fogonazos que emanaron de los caños de dos pistolas semiautomáticas: la Colt 1927 calibre .45 del policía de investigaciones y la Ballester-Molina 11,25 mm del bandido.

Hidalgo cayó mal herido. Cuando los camaradas del comisario se acercaron para rematarlo, Meneses se interpuso. Antes de dejarlo morir desangrado, ordenó que lo cargaran en el patrullero.

Hidalgo fue llevado hasta el hospital General San Martín donde le salvaron la vida. En una camilla, cuando el bandido estaba a punto de ingresar al quirófano para que le extrajeran un plomo del pulmón derecho, Meneses lo miró a los ojos. "Su mirada era inteligente, brillante, desafiante, lo que le daba esa semblanza de individuo cruel, tal como era en su actividad delictiva", contó el comisario.

Hidalgo terminó preso en Devoto, pero al poco tiempo se fugó. "Si hubiera sabido esto, habría dejado que lo rematen", confesó el detective.

A pesar de contar con la fama de haber abatido a grandes hampones como el temible "Lacho" Pardo, o quizá, a causa de ello, la carrera de Meneses despertó recelos en la PFA y fue oscureciéndose de a poco. Sus colegas los consideraron un ególatra novelero que utilizaba la institución federal para hacerse conocido. Fue sancionado por filtrar datos a la prensa y desplazado de la jefatura de la División Robos y Hurtos un año después de la captura de Hidalgo. Al poco tiempo, se retiró.

Cuando el bandido contó desde el Uruguay que aquella madrugada en la que lo atraparon en La Plata el comisario le había disparado por la espalda mientras él huía, y no en un duelo mano a mano, desmintiendo la versión del enfrentamiento heróico, Meneses ni se inmutó.

Se dedicaba a la actividad privada como detective y tenía la conciencia tranquila. Después de todo, nadie podía refutar que él mismo había llevado al asesino de Baistroqui al hospital para salvarlo. El bandido vivía para contarlo y eso era una prueba contundente de su ética policial.

Un fuga de película

Lunes 12 de enero de 1959. Mientras la Unión Soviética lanza la primera nave no tripulada hacia la Luna, 72 personas son fusiladas por orden del joven guerrillero Raúl Castro a pocos días del triunfo de la Revolución Cubana.

En un contexto bipolar, la Argentina se alinea con Occidente, lo cual aún no impide que el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann siga haciendo la vida de un vecino más o menos común en San Fernando, provincia de Buenos Aires, con un puesto en la fábrica de Mercedes Benz.

Fuente: Archivo

El presidente Arturo Frondizi toma la decisión de privatizar el Frigorífico Lisandro de la Torre de Mataderos. Está a punto de convertirse en el primer mandatario argentino en visitar los Estados Unidos y en mandar a desalojar 5000 obreros con tanques de guerra.

Es un lunes de bochorno. El verano resulta insoportable. Son las 13.30 y en el barrio de Devoto los vecinos se preparan para la siesta. No habrá descanso. Siete presos se descuelgan con una sábana anudada desde una ventana del tercer piso de la penitenciaría porteña. El centinela Pascual Figueroa advierte la maniobra y da la señal de alerta disparando al aire. Cuando está por gatillar otra vez, un plomo candente se le mete en el cuerpo. Desde un coche negro estacionado en la calle Desaguadero ha salido un tiro que deja al guardiacárcel fuera de combate. El tirador experto, conocido como "Loco" Páez, cómplice y conductor del auto que espera a los fugados, hace blanco una vez más.

De los siete internos del pabellón 10 que se descuelgan por la ventana de la celda, cuatro son atrapados antes de trepar el muro perimetral que los separa de la calle. Solo tres lo logran y emprenden una fuga cinematográfica a los tiros por las calles de Devoto. Ganan la libertad.

Las policías del país se ponen en alerta. A José Ziella, Carlos Álvarez y José María Hidalgo se los considera criminales peligrosos y están procesados por homicidio, pero sólo el último es especialmente buscado por matar a un policía.

Sus andanzas en Brasil y Uruguay

Evadido de la ley, el bandido da su último golpe local el 10 de abril de 1959: un asalto en Morón. La víctima, el tambero Miguel Ithurralde, se resiste. Hidalgo no duda y lo ejecuta. Los buches de la Federal le hacen llegar un mensaje. Pesaba sobre él una condena a muerte y esta vez no habría Meneses que pudiera salvarlo.

El bandido decide cruzar al Uruguay junto a su lugarteniente el Loco Páez, donde asalta un banco y se lleva un importante botín. Cruzan la frontera a Brasil por Rivera, el "lejano Este uruguayo".

En Porto Alegre se topan con un retén policial, hay un tiroteo, son detenidos y quedan presos en la cárcel de Santana do Livramento de Río Grande del Sur.

En Buenos Aires, en el Departamento Central de Policía de la calle Moreno celebran la noticia. Una partida integrada por el subdirector de investigaciones de la PFA, comisario inspector Ricardo Muñoz, viaja a Porto Alegre en busca del pistolero, pero llegan tarde.

El sábado 29 de agosto de 1959 Hidalgo se ha fugado, otra vez, limando los barrotes de su celda, junto a los asaltantes argentinos Carlos José Costas y Haroldo Navarrene.

Desde entonces, los detectives le pierden el rastro por 7 largos años, hasta que reaparece en Montevideo, los primeros días de 1966, protagonizando golpes audaces junto a un nuevo compañero de andanzas, el uruguayo Héctor Inella.

José María Hidalgo, atrapado por el comisario inspector Evaristo Meneses
José María Hidalgo, atrapado por el comisario inspector Evaristo Meneses Crédito: archivo

Raid, cartas a la prensa y un casamiento en la cárcel

"La prensa me está haciendo junto con Inella un gran cartel; se nos acusa de todo lo malo que pasa en Montevideo, de esa manera se prepara el ambiente por si nos tienen que hacer la boleta. Usted me conoce y sabe que no tengo 17 crímenes y que me comprometí a respetar su país. Aprovecho la oportunidad para presentarle mis saludos". Viernes 3 de junio de 1966. De la pluma del mismo Hidalgo sale una carta desesperada dirigida a su defensor, quien la entrega al vespertino Hechos.

Los pistoleros parecen cercados. Las policías de los tres países compiten por quién los cazará primero. Los bandidos buscan un salvoconducto para entregarse sin ser fusilados en el intento.

Sin embargo, la dupla sigue cometiendo asaltos espectaculares. El 17 de junio dan su octavo golpe, en una fábrica de joyas de Canelones, de donde se llevan 750 mil pesos en brillantes. Antes habían asaltado una estación de servicio, la casa de cambio Jet, el banco La Caja Obrera, una agencia quinielas en Pocitos y la inmobiliaria Codina.

"Existe la convicción de que varios elementos del hampa están utilizando los nombres de Hidalgo e Inella para lograr mejores frutos en los atracos", consigna un cable de la agencia italiana ANSA del 1 de julio. El 3, la agencia AP afirma que Hidalgo e Inella hieren a dos policías en un tiroteo y logran escapar una vez más. Los agentes de Montevideo reciben la orden de tirar a matar.

10 de julio de 1966.

Mientras la policía los busca en el barrio popular El Cerro, en las afueras del puerto de Montevideo, los bandidos se refugian en el otro extremo de la ciudad, en el barrio Maroñas a tres cuadras del camino Carrasco.

Por la tarde son nuevamente cercados. Hay 100 policías listos para dar fin a la cacería. Los pistoleros ingresan en una vivienda, toman a una familia de rehén y negocian su entrega.

Luego de 64 días de acción, el raid termina con los bandidos apresados, sin muertes ni resistencias. Hidalgo está ileso. Su compañero Inella solo tiene un disparo en el omóplato.

"Lo que ocurrió después, en los despachos de Hurtos y Rapiñas de Investigaciones fue un verdadero show: ambos delincuentes se abrazaron, se besaron, sonrieron y posaron para los fotógrafos visiblemente halagados", describió un sorprendido cronista del diario El País de Montevideo.

En marzo de 1967, a pocos días del casamiento de Palito Ortega y Evangelina Salazar, Hidalgo contrae matrimonio en el despacho del director de la cárcel de Punta Carretas con su amante uruguaya de 33 años, Nelly Raquel Echegaray, viuda de "Monterito", muerto a traición "por elementos de su misma especie", de acuerdo con el parte policial.

La última fuga

Condenado a 15 años de prisión, Hidalgo pasa los primeros 8 de su condena preso como un interno más, hasta que recibe el beneficio de las salidas transitorias para visitar a su esposa, durante una hora por semana.

El martes 2 de diciembre de 1975 Hidalgo sale por primera vez de la Penitenciaría de Punta Carretas y ya no vuelve.

Nunca más irá preso.

El lunes 8 a las 13 el agente Ricardo Martínez, de la Brigada 1ª de la policía de Montevideo, irrumpe en el departamento de la calle Formento 1673 del barrio Reducto. El profugado almuerza.

-Tirate al piso y no te muevas, le grita al agente Martínez.

Hidalgo lleva su mano a la cintura y cuando empuña la culata de su revólver Colt .38 SPL, un proyectil ya le ha partido el corazón.

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