A bordo: vivir embarcado, una costumbre argentina que crece en Punta del Este
Aumentó 10% la cantidad de veleros y cruceros que llegan a ese puerto uruguayo; ocupan más del 50% de la capacidad total de las amarras; las historias de los navegantes
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PUNTA DEL ESTE.- Avezado navegante, con una copa Rolex del Circuito Atlántico Sur ganada y muchas otras corridas aquí, Ignacio preparó en diciembre, en San Fernando, su imponente velero Gran Califa. Controló los instrumentos y las velas. Verificó el sistema de seguimiento satelital. Aprovisionó la embarcación con víveres para 20 días distribuyendo el peso y cuidando de no sobrecargar el barco. Esperó una ventana de buen tiempo y se lanzó junto al mayor de sus hijos, Tadeo, en una travesía por el Río de la Plata hasta el Puerto de Punta del Este.
Laura, su mujer, prefirió embarcarse en el ferry con Milagros y Lucía, sus dos hijas más pequeñas. Ya no disfruta esa aventura azarosa que conoce de años anteriores: puede ser plácida o convertirse en una odisea si el veleidoso "río color de león", como lo bautizó Lugones, se torna irascible.
Salvo por el hecho de guiar al Gran Califa a puerto, en las vacaciones familiares reina una sintonía plena: los cinco disfrutan de la vida a bordo en sus estadías esteñas. Desde hace 12 años que convierten su barco en una casa flotante, lejos del ruido, las fiestas y las modas que imponen la temporada alta.
"Nos gusta que la familia esté unida en torno a una pasión común -dice Laura-. Y lo bueno de que el espacio sea reducido es que compartís todo". Ignacio, patrón de yate, vela y motor desde los 19 años, explica: "Navegar es un deporte que forma a las personas en los valores más importantes de la vida y eso es lo queremos trasmitirles a nuestros hijos. Soy muy detallista, respetuoso del río y del mar y todos hemos aprendido a disfrutar de la navegación y a no tratar de coleccionar anécdotas de esas que sólo la providencia permite que sean contadas".
El despertarse en el puerto, interactuar con los navegantes de los 550 barcos amarrados aquí, alejarse del tumulto de las playas para disfrutar del sonido del mar, otear las panorámicas oceánicas en los fondeos en las islas Gorriti o De Lobos, o en la hipnótica Punta Ballena, son los ritos que por estos días también eligen varios centenares de argentinos.

Si bien no hay censos disponibles entre quienes viven a bordo, el jefe del Puerto de Punta del Este, Carlos Ferreira, destaca que cada vez son más las familias argentinas enroladas en esa aventura de transformar sus barcos en casas de veraneo. No sólo por una ecuación económica que los exime de los altos valores de los alquileres. También porque es -dicen los protagonistas- una experiencia de disfrute sin parangón, donde la comodidad de espacios queda relegada por la vivencia portuaria: la compra de pescados y mariscos frescos en el muelle, los asados en las parrillas portátiles en cubierta, los atardeceres durante una navegación acompasada y sin prisa, la pesca y los deportes acuáticos y, sobre todo, la camaradería que reina entre la cofradía náutica. Esa ley no escrita, hace toda la diferencia, aseguran.
Esta temporada, un 10% más de embarcaciones argentinas, en relación al verano anterior -casi unas 300-, eligieron amarrar sus yates y veleros en el puerto esteño. El total de barcos, de una amplia gama de variedades con bandera nacional, parece exiguo si se los compara con las 150.000 embarcaciones del parque náutico bonaerense. Pero ese incremento va en sintonía con el verano récord que se vive aquí. Aunque los números imponen limitaciones: el puerto tiene hoy colmada su capacidad de 550 amarras y borneos. Y en más de un 50%, las marinas están ocupadas por barcos argentinos. En el caso de lanchas, hay una lista de 70 en espera.
La demanda insatisfecha alcanzó su punto más alto el domingo último, cuando arribaron al puerto desde Buenos Aires y Montevideo 70 grandes veleros. Por estas horas y durante la semana disputan aquí la Copa Rolex. Todo un despliegue náutico que atrae al puerto a miles de veraneantes que observan en la bahía el despliegue de maniobras precisas en esa alta competencia.
"A diferencia de otros años, la mayoría de los barcos llegaron sin reservas, y amarraron por orden de llegada -cuenta Ferreira-. De esa manera, no están obligados a pagar por 60 días, como impone el reglamento, sino que abonan sólo por los días de permanencia, que a lo largo de los años viene acortándose. Aunque ahora, con el puerto lleno, muchos deberán irse al puerto de Piriápolis".
Las marinas aquí cuestan US$ 10,20 por día, por metro de eslora, lo que supone un costo de US$ 143 para un barco promedio de 14 metros. De allí que muchos barcos hayan optado este año por pagar solamente por los días de permanencia.
El puerto esteño ostenta una altísima adhesión entre los navegantes argentinos. Muchos aquí se conocen desde hace años. Marcos y Mercedes -él empresario, ella abogada-, son de esos usuarios fieles. Llegaron a bordo de su yate My great Toy, después de Navidad, junto a una de sus hijas y a su labradora Enia. Desde hace 13 años que viven todos a bordo.
"A veces puede ser un poco caótico, pero no concibo otro tipo de vacaciones. Son 15 días que no cambiamos por nada", cuenta Marcos, patrón de yate, que une las costas argentinas y charrúas en unas 10 horas. Enia está bien entrenada. Se desliza por la planchada y por cubierta sin pasos en falso. Nada durante los fondeos, juega con los lobos marinos cuando van a la isla de Lobos y acompaña a sus dueños en sus largas caminatas portuarias.
"Acá todos nos conocemos -dice Mercedes-. Y el plus de venir con el barco es que realmente descansás. Hacés una vida simple, en contacto con la naturaleza y fondeas con amigos en lugares paradisíacos".
Marcelo Troiano es capitán de ultramar en Italia. Comanda barcos de gran porte por el Mediterráneo. Su amigo Luis Macchi se compró en noviembre un yate mediano y le pidió que lo trajera a Uruguay. Ambos viven a bordo. "Esta es mi primera experiencia y estoy fascinado -dice Luis-. Todo es nuevo, tengo mucho todavía que aprender sobre navegación, pero él me enseña. Ahora, tirar un pescado a la parrilla, comer a la luz de luna con amigos y que a la noche el barco te acune, no tiene precio. Este estilo de vida es adictivo. ¡Nunca más casas caras!".
Barco de por medio, Alejandro Cunillé enrolla el genoa de su velero Racconto. Desde hace 30 años que vive a bordo y en familia. Y pasa Año Nuevo con los tripulantes de otros cinco barcos amarrados contiguos al suyo. "Para los apasionados de la náutica -asegura- no hay mejor opción que despertarte y acostarte en tu «compañero» de travesías"
Doña Francisca y escapade, las atracciones
PUNTA DEL ESTE (De una enviada especial).- Por estas horas, el puerto esteño es un hervidero de gente y de grandes veleros. Miles de veraneantes trajinan los muelles para observar 70 grandes veleros argentinos, brasileños y uruguayos, que disputan aquí el Circuito Atlántico Sur Rolex Cup. Además hubo dos grandes veleros que se transformaron en atracciones turísticas. Doña Francisca, velero azul de madera, de 57 metros de eslora, del dueño de Buquebus, Juan Carlos López Mena, valuado en más de US$ 20 millones, según los entendidos. La gran novedad llegó con el Escapade, un velero de última generación, con casco de grafito de carbono y cuatro suites, valuado en US$ 35 millones. Sus dueños son una familia suiza de bajísimo perfil que desde hace un año dan la vuelta al mundo. El Escapade llegó desde el Caribe con 15 tripulantes, guiado en el timón por el capitán suizo, que es el jefe del clan familiar..
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