
Adicción al juego, una patología que tiene cura
Es una enfermedad con un elevado índice de suicidios
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El bingo, las carreras de caballos, el casino y la quiniela podrían ser considerados tan sólo juegos para pasar un rato y tentar al destino, si no fuera por los graves trastornos que provocan en personas de rasgos compulsivos, que se vuelven adictas. La alteración de la personalidad, las mentiras reiteradas, las disputas familiares y la autodestrucción económica son algunas de las consecuencias de esta adicción.
El caso de Adriana es un buen ejemplo. "Me pasaba cinco horas por día en un bingo y sólo me arrepentía después de haberme jugado la plata de la luz. Pero al día siguiente volvía y me jugaba la plata para pagar el gas", confesó a LA NACION. Casi nadie habla del tema en voz alta: es un defecto que hay que mantener oculto.
Pese a que cada año hay más adictos, en la Capital Federal funciona un solo centro para tratar esta compulsión, que los especialistas llamanludopatía. Se encuentra en el Hospital de Agudos Teodoro Alvarez y la coordinadora del servicio es la psiquiatra Susana Calero, que atiende allí desde hace cuatro años a quienes sufren de esta enfermedad, llamada ludopatía, que los impulsa a jugar hasta el punto de perder casas, autos, fortunas y hasta lo puesto.
"Hay adicciones reconocidas como tales por la sociedad, como el alcoholismo y el tabaquismo, pero también existen conductas adictivas como el hecho de apostar compulsivamente", advierte Calero .
"Las adicciones generalmente se presentan combinadas. Empezamos a ver en los pacientes que tratábamos por drogas que jugaban o que sus familiares lo hacían sin darse cuenta de que éste también era un problema", sostiene.
"El jugador, a diferencia del alcohólico o el drogadicto, no molesta a la sociedad, pero sí sufre un gran deterioro interno y familiar", afirma la profesional, que realiza tratamientos individuales y grupales. A diferencia de lo que se cree, la causa económica no es la que fundamentalmente lleva una persona a convertirse en jugadora compulsiva, tiene que ver con características personales y estados de angustia, depresión y soledad, según la especialista.
"Un jugador siempre encuentra excusas para seguir jugando", explica, y reconoce que llegan al servicio en situaciones límite, tanto económicas como familiares. Y que entre de las adicciones en general es la que mayor índice de suicidios alcanza. "Muchas veces se encuentran acorralados por las deudas y solos, esto los lleva a querer quitarse la vida", agrega.
En las grandes ciudades cada vez son más los locales de juegos de azar. "Son sitios con calefacción, te atienden bárbaro. Al principio vos entrás ahí y sentís que se te solucionan todos los problemas, después te das cuenta de que es todo lo contrario", reconoció Adriana, que pasaba más de cinco horas diarias en un bingo. "En los tratamientos se busca sacar el estado displacentero de su vida que quieren cubrir con el juego, encontrar el porqué para poder recuperarlos", sostiene la especialista.
"Tratamos de que los grupos no sean de más de diez personas. Ahora están funcionando dos, pero los vamos abriendo según la demanda porque sabemos que no tenemos adónde derivarlos", dijo Calero, que atiende con dos colegas. Los grupos funcionan de mañana, a las 7, para que la gente que trabaja pueda concurrir.
"No me daba cuenta de que tenía una adicción. Llegué al hospital para tratar a mi hijo por drogas. Como hay que acompañarlo, para distraerlo se me ocurrió llevarlo conmigo al bingo, no veía nada nocivo", recuerda Mercedes. Hace unos meses, y por sugerencia de Calero, se integró al grupo de jugadores de los jueves por la mañana. "Empecé a darme cuenta de que con el bingo evadía todos mis problemas y no me daba cuenta de que salía de ahí peor", reconoce.
Ignacio llegó al servicio desesperado y asustado porque para jugar a los caballos había robado en su trabajo: "Defraudé a gente que me había dado toda su confianza y sólo entonces reconocí que estaba enfermo, después de años de apostar a los caballos". En ese momento buscó ayuda y su hermana le recomendó el Alvarez. "Yo no reconocía que era un adicto. Hasta que un día tomé conciencia de que lo único que quería era ganar y volver a jugar, no tenía techo, era una bola de nieve imparable", sostiene Ignacio, que jugó durante 28 años de su vida. Desde los 14 su papá lo llevaba al hipódromo. Reconoce que perdió mucho dinero, la dignidad y la confianza.
"No quiero tener plata encima por miedo a volver a jugar", dice este hombre que hace grandes esfuerzos por recuperarse. "Yo veía a un drogadicto y pensaba "pobre pibe", no me daba cuenta de que yo también era un adicto", explica. Ignacio considera que el tratamiento lo está ayudando a recuperar su libertad y su dignidad.
Los familiares de los adictos tienen su espacio terapéutico aparte, en el servicio de adicciones del hospital, que también atiende por dependencias a sustancias como las drogas y el tabaco. "Es imprescindible la asistencia de los equipos de salud en esta patología", afirma Calero.
El Servicio de Adicciones del hospital Alvarez atiende de lunes a viernes, de 7 a 11, en el pabellón I, en Aranguren 2701, en el barrio de Flores. También se pueden hacer consultas o solicitar turnos por el 4611-6666.
Hay grupos de autoayuda
Fuera de la asistencia psiquiátrica, existe un grupo de autoayuda de adictos al juego compulsivo. Los Jugadores Anónimos (JA) tienen grupos en distintas ciudades del país, donde se juntan semanalmente para contar sus experiencias y contenerse unos a otros. Ellos dicen que siempre están en recuperación y contabilizan cada uno de los días que hace que dejaron de jugar. En las reuniones no se habla de cuánto dinero perdió cada uno, porque lo que es poco para uno puede ser mucho para otro. Lo fundamental es dejar de jugar y recuperar la autoestima. Son casi 30 los grupos que están funcionando. La línea Vida funciona las 24 horas y es atendida por jugadores en recuperación, por el teléfono (011) 154-4126745.
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