Amor en el aire: la azafata y el capitán
Hace 20 años se conocieron arriba de un avión y nunca más se separaron. Él: colombiano, piloto y soltero(n). Ella: argentina, comisario de a bordo y milonguera.
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“Bienvenidos al vuelo….” La que habla es Marisa, comisario de a bordo de la aerolínea colombiana Aerorepública (hoy Copa). Es 1996. El piloto es Alejandro, un ingeniero aeronáutico de cabello oscuro y estatura media. Aunque comparten varias horas de vuelo el vínculo es tan escaso como cordial. Rara vez se dicen por sus nombres. Él, al igual que el resto de los tripulantes, la llama cariñosamente “La Che”. Ella le habla de “usted” y el trato no pasa de “Buenos días Capitán, ¿cómo va a tomar su café?”.

Marisa tiene una hija y aunque está legalmente casada, está atrapada en un matrimonio de cenizas, sin posibilidad de ignición.
Desde que entró a la empresa se fijó en Alejandro: solterón, serio y muy profesional era “el” buen partido para muchas de las tripulantes. A Marisa le atrajo su aspecto varonil, su porte impecable y los anteojos que le daban una apariencia tan inteligente como intelectual. Sin embargo, no se imaginaba que el vínculo pudiera avanzar.
El Mundial ’98, excusa de la primera cita
En el ’98, ambos fueron trasladados a Bucaramanga, una base más chica y con menos personal, lo que hizo que la relación de trabajo ganara intimidad.
Y así fue que una tarde cualquiera de mayo, unas semanas antes de que comience el Mundial de Fútbol, Alejandro se acercó a Marisa y sin dar vueltas le pidió el teléfono. Un gesto que ella vio como la posibilidad de un mayor contacto, pero sin imaginar cómo se darían las cosas. A los pocos días la sorprendió con un llamado. Era la primera vez que hablaban con tanta complicidad. Él le pidió que lo acompañe a comprar un televisor portátil para ver los partidos y ella aceptó. En realidad, lo del televisor era una excusa, era evidente que él también se sentía atraído por esa azafata rubia de cabello ondulado y mirada profunda.

La salida fue todo un éxito. El diálogo fluyó y se rieron durante horas. Alejandro tenía un humor muy refinado que pocos entendían, pero Marisa lo cazó a la perfección y no tardó en volverse cómplice de cada broma. Una complicidad que los unió aún más.
Desde ese momento se volvieron inseparables. Al principio las conversaciones giraban en torno a chismes del trabajo: “Qué en este vuelo se subió un pasajero medio raro”, “que tal piloto está bien entrenado,” “que nos obligaron a volar más de lo que dicta el reglamento”, pero de a poco empezaron a compartir sus vidas.
Hablaban de los lugares que habían visitado, las comidas preferidas y los sueños por cumplir. Más hablaban más se gustaban. No fue un amor a primera vista, sino que lo fueron descubriendo de a poco, como cuando se quita el velo de una obra de arte.
Mudanza y vida tanguera
Un día a Alejandro le salió un trabajo como piloto en UsAirways (hoy American Airlines) en Charlotte, Estados Unidos, y les pidió a Marisa y a su hija que lo acompañen. Ya instalados en otro país el vínculo se hizo todavía más fuerte.

Una noche mientras conversaban de música ella le hizo escuchar a Astor Piazzolla y Alejandro quedó maravillado. También le contó que venía de una familia tanguera y que amaba la milonga. Fue así que Marisa recorrió la ciudad en busca de un lugar dónde aprender y luego de muchas averiguaciones encontró una comunidad tanguera.
Estuvo meses intentando convencer a Alejandro de que asista a una clase. Le habló del hechizo del 2x4 y de lo que sentía cada vez que bailaba un tango pero no hubo caso. Finalmente, cuando anunciaron una clase para principiantes con degustación de Malbec ella hizo un último intento: de rodillas le suplicó que vaya. Finalmente accedió. Tanto le gustó que no quería irse de la milonga. “El hechizo del tango que cae sobre los extranjeros se llevó su lado más tímido y dejó al descubierto su cara más romántica”, cuenta Marisa.
Cuando se trasladaron a Estados Unidos ella dejó de volar y empezó a trabajar en una escuela bilingüe, enseñando español en un jardín de infantes. Alejandro sigue volando y cada tarde cuando llega a la casa es él quien insiste para bailar un tango.
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