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A Fondo

Buen morir. Las historias de los que se rebelaron contra las despedidas en soledad

Evangelina Himitian
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5 de septiembre de 2020  • 12:41

La última imagen que Fernanda Mariotti tiene de su mamá, es de espaldas, yéndose por un pasillo. Ya hacía cuatro meses que la visitaba todos los días y se sentaba en la puerta del hogar, reja de por medio. Martha, se ubicaba a cuatro metros y conversaban. Fernanda le llevaba sándwiches de miga y ella los comía a la distancia. Pero ese día la vio irse tan frágil que sacó su celular y sin pensarlo, le sacó la foto. La llamaron a la noche, porque su mamá tenía unas líneas de fiebre y una tosecita. La internaron y el test dio positivo. No volvió a verla más.

En las dos semanas que estuvo internada, no la dejaron entrar a la clínica, ni siquiera para decirle adiós. "El protocolo no lo permite", fue toda la respuesta. No sirvió el argumento de que ella era médica, o que su mamá la llamaba y le decía que tenía sed. El médico le aseguraba que tenía una botella en la mesa de luz. Pero Martha lloraba y le decía a su hija que la rosca estaba muy dura y que no la podía abrir. Y finalmente, en una total sensación de soledad, Martha murió.

"No murió de Covid. Murió con Covid", dice Fernanda. Cuando se volvió muy demandante, porque no podía manejar el control remoto o abrir el agua, o tomar la merienda sola, empezaron a sedarla, dice la hija. Finalmente le pusieron un respirador para aliviar su ahogo, pero resulta que no era una neumonía. Se había broncoaspirado con la comida.

Fernanda Mariotti posa con la foto de su mamá
Fernanda Mariotti posa con la foto de su mamá Crédito: alejandro guyot

Fernanda y sus hermanas todavía lloran por no haber podido verla ni asistirla. Una mezcla de bronca e indignación que comparten con miles de familiares de los casi 10.000 muertos Covid que la pandemia deja atrás. Tampoco pudieron despedirse de ella después de muerta. No pudieron reconocer el cuerpo, ni velarla. La cochería la recibió envuelta y le mandaron una foto de la bolsa negra con el nombre. Antes de que se la llevaran, Fernanda paró a la ambulancia y se quedó unos instantes contemplando el cajón y rezando. "Fue toda la despedida que tuvimos", dice.

Humanizar la muerte

Humanizar la muerte. Esa es la gran demanda que aparece en esta instancia de la pandemia, cuando llegamos a las casi 10.000 muertes por Covid. La mayoría de las personas murieron solas y después de días o meses de no tener contacto con su familia. El reclamo internacional y local de las familias de los muertos es que morir sea más humano en tiempos de coronavirus.

"Perdimos de vista que el protocolo no puede ser más nocivo que el propio virus. Y lo es. Mamá y tantos otros hubiesen tenido otra posibilidad si dentro del protocolo se incluyera más humanidad, si se permitiera que un familiar responsable los acompañara durante la internación", dice Fernanda.

Después de la muerte de su mamá, ella necesitó escribir en sus redes lo que había vivido. Y ante el aluvión de respuestas, llegó a una triste conclusión. "¿Cómo murieron los casi 10.000 argentinos en estos meses? Solos. Nadie debería morir solo".

Fue por eso que decidió convertirse en una guerrera contra el confinamiento de los enfermos. Armó una petición en Change.org que ya tiene más de 30.000 firmas para que se modifique el protocolo que deja aisladas a las personas que necesitan asistencia desde el momento en que ponen un pie en un hospital. "Para nosotros es como si una fuerza sobrenatural los hubiera arrebatado. Nos quedamos con esa imagen de espaldas y nada más", dice.

Alguien que le enchufe el teléfono a papá

Su historia se sumó a la de Mora, la hija del pianista Manolo Juárez que murió el 25 de julio a los 83 años. Mora y Fernanda están impulsando un proyecto de ley para que se cambie el protocolo y la muerte se vuelva más humana.

Mora Juarez perdió a su papá por el Covid-19 y es una de las personas que lucha por un protocolo humanizado
Mora Juarez perdió a su papá por el Covid-19 y es una de las personas que lucha por un protocolo humanizado Crédito: Mauro Alfieri

Como pudieron, escribieron un nuevo protocolo y se lo mandaron a los legisladores, al ministro de Salud y hasta al presidente. Un nuevo protocolo que contemple la necesidad de que las personas que no se pueden valer por sí mismas, o que requieran asistencias, se internen acompañadas.

En la ciudad, hace una semana, se retomó su propuesta y se votó El derecho a decir adiós, que autoriza a los familiares a despedirse en los momentos de la muerte. Pero, no alcanza, dicen ellas. ¿Quién sabe cuándo le va a llegar el momento?, dicen. Desde el Ministerio de Salud se bajó una resolución sobre la necesidad de humanizar los cuidados de las personas con Covid-19, aunque en la práctica, todavía las cosas no han cambiado.

Manuel Juárez se descompuso 30 días antes de morir. Mora decidió llevarlo al médico. El papá le rogó que no. Que lo iban a dejar internado y que se iba a morir de Covid. Mientras iban en el auto, tuvieron la última conversación real. Apenas llegaron a la clínica, a Mora la interceptaron y se quedó con esa imagen: viéndolo irse de espaldas.

Aunque Manuel había llegado por su problema cardíaco, el protocolo de aislamiento era el mismo. Le hicieron varios estudios, lo dejaron internado y antes de hacerle un tratamiento cardiodesfibrilador, le hicieron un hisopado y dio positivo.

"Se contagió ahí adentro. Porque ninguno de nosotros tuvimos", dice la hija. Pero resultó asintomático. Igual, debía cumplir los 14 días. "Empezaron los problemas. Por diez días, perdimos contacto con él. No nos contestaba el teléfono. El médico nos aseguraba que estaba lúcido y bien, pero no teníamos contacto. Después supimos que no conseguía que un enfermero le enchufara el celular. Es fundamental que la familia pueda asistir a las personas mayores para que no se sientan abandonados. Mi papá se empezó a deteriorar ahí. Se debe haber sentido muy solo. Y se empezó a apagar. Es muy triste", dice Mora.

El padre Andrés Tello es el capellán del Hospital Alvarez y miembro del servicio sacerdotal de urgencia, que va a dar extremaunción a los enfermos de coronavirus
El padre Andrés Tello es el capellán del Hospital Alvarez y miembro del servicio sacerdotal de urgencia, que va a dar extremaunción a los enfermos de coronavirus Crédito: ignacio sanchez

Después de insistir y pelearse con todo el sistema, a Mora le dijeron que Manuel iba a irse de alta, que podían ir a verlo porque ya era negativo y pasaba a una sala. "Ese viernes hablé por teléfono con él. Me dijo que sabía que estaba yendo a verlo, pero que no quería que lo viera así. Le daba vergüenza. No entendía por qué. Nosotros pensamos que le daban el alta. Fuimos con mi mamá y hasta llevamos un budín para merendar. Pero cuando lo vimos, estaba con los ojos entrecerrados, no se quería despertar. La enfermera venía lo movía, decía que era normal, Manuel, despertate que está tu familia, dale. Pero yo me di cuenta que no estaba bien. Le pregunté si quería escuchar música y me pidió que le pusiera Chopin. Se estaba yendo. Le dijimos a los médicos que no nos íbamos a ir, que no queríamos que lo trasladen, que nos quedábamos para que no estuviera más solo. Y unas horas después, murió", cuenta Mora.

Ella y Fernanda están impulsando una campaña: "Por un protocolo humanizado, llená el país de colores". Invitan a los argentinos a atar cintas a los árboles para reclamar que el protocolo no deje de lado el hecho de que morir bien también es un acto de humanidad.

El delivery de Dios

El martes por la noche, Andrés Tello Cornejo está de guardia. No es médico. Es sacerdote. Y en cualquier momento su celular puede llamar, y aunque esté en mitad de la noche, tendrá que subirse a un auto y manejar hasta el hospital o sanatorio desde donde lo llaman para dar la extremaunción a un enfermo.

Es uno de los miembros del Servicio Sacerdotal de Urgencia que tiene el Arzobispado de Buenos Aires. Son como los chicos de Glovo al servicio de Dios. Tienen que llegar rápido, antes de que ocurra un desenlace. Pero con un adicional: ahora se convirtieron en el nexo entre las familias de los enfermos que están aislados y los pacientes.

¿No tiene miedo a contagiarse? El padre Andrés dice que no. Ahora, no. Al principio de la pandemia sí. Como él, además es capellán del Hospital Álvarez y del Sanatorio Británico, cuando comenzó la pandemia, un día durante la Pascua tuvo fiebre.

"Cada vez que iba al hospital me preguntaba, ¿hoy me lo contagiaré? Y cuando me hicieron el hisopado estaba seguro que lo tenía. Pero no. Era dengue. Igual, estuve 15 días internado y viví la soledad y el aislamiento. No se lo deseo a nadie. Hay una gran lección que tenemos que aprender de esta pandemia. Y es que la muerte, o el miedo a la muerte no nos puede volver menos humanos. La mayoría hoy están muriendo en soledad. Y es terrible. Nosotros mismos, como sacerdotes, no podemos hacer la unción de los enfermos en muchos casos. Apenas, desde la ventana de la terapia intensiva, les damos la absolución plenaria, a distancia", explica el padre Andres.

El martes, mientras espera en su cama en la casa parroquial, en Flores, suena el celular. Cuatro veces tendrá que salir a lo largo de esa noche. Dos, eran enfermos Covid. Maneja lo más rápido que puede. Y en un sanatorio lo dejan pasar. En otro, no. Y la explicación es el protocolo. La familia espera ansiosa recibir noticias. Lo van a llamar varias veces más en la noche para que les de el parte espiritual. Para rezar juntos y para empezar a despedirse sin poder ver ni tocar a su familiar. "Es muy difícil para ellos empezar el duelo. Es importante esta ley del derecho a decir adiós", cuenta.

Acariciar con guantes y decir adiós

Cuando entró a despedirse de su mamá, Augusto Breceño no lo sabía. No tenía idea de que era uno de los pocos afortunados que durante la pandemia se iban a poder despedir de su ser querido. Trató de olvidarse de que tenía guantes, de que tenía máscara y todo el equipo de protección. La acarició y cerró los ojos para sentir el calor de la piel.

"Mamá, estoy acá. Gracias por todo. Sos la mejor mamá del mundo. Te amo mucho". El calor que atravesaba el latex de las manos de los dos empezó a sentirse como una caricia de la infancia. "En medio de todo el dolor y la distancia, todavía somos humanos y estamos cerca. Para mí, fue otra historia haber podido despedir a mi mamá así", cuenta Augusto, que es pediatra y concejal de San Fernando.

Inés, su mamá, estaba internada en el sanatorio Mater Dei, que desde hace 15 años tiene terapia intensiva abierta, es decir que permite el contacto de la familia con los pacientes. Pero, además, cuando empezó la pandemia, las autoridades se plantearon que aislar por completo a los pacientes Covid podía tener un efecto muy negativo en su recuperación. Y hoy es uno de los dos centros del país, junto con un el hospital Rossi, de La Plata, en los que se permite la internación de un familiar junto con el paciente con coronavirus.

"Tuvimos muy buena evolución de los pacientes acompañados. Establecimos un protocolo especial, para que las embarazadas, los menores y todas las personas que requieran asistencia puedan estar acompañados, tomando los mismos recaudos y cuidados que usamos los médicos. Y hasta ahora, ningún familiar se contagió. Al contrario, todos se sienten muy agradecidos, ya sea que hayan salido de alta o que hayan podido acompañar a su familiar hasta el último momento", cuanta Roberto Dupuy de Lôme, director médico de Mater Dei. "Desde el principio de la pandemia nos tuvimos que plantear este dilema. Y creo que elegimos bien. Nosotros cuidamos personas, no atendemos enfermedades. Esa es nuestra visión", explica.

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