
Esta enfermedad suele avanzar en silencio, al comienzo puede no doler y no producir ninguna señal que haga pensar que algo está mal
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En Colombia, uno de cada cuatro casos nuevos de cáncer en hombres corresponde al de próstata, según cifras de la Cuenta de Alto Costo. Es el cáncer más frecuente para esa población y,aunque puede llegar a ser mortal, detectarlo cuando todavía está localizado en la próstata cambia de manera importante las posibilidades de tratamiento.
El problema es que este cáncer suele avanzar en silencio. Al comienzo puede no doler, no alterar la forma de orinar y no producir ninguna señal que haga pensar a un hombre que algo está mal. Sentirse bien, entonces, no significa necesariamente que no haya nada que revisar.
A ese silencio se suma otro problema, menos biológico y bastante más humano: los prejuicios. El tacto rectal, clave en el diagnóstico temprano, todavía provoca resistencia y hasta cuestionamientos sobre la masculinidad. Y después del diagnóstico aparece otro temor: qué pasará con la vida sexual si el tratamiento requiere bloquear la testosterona.
EL TIEMPO conversó con varios expertos de oncología durante el OnConnecta Latam 2026 de Bayer, realizado en Perú, quienes explicaron por qué algunos de estos temores no corresponden con la realidad, qué señales no deberían normalizarse y, sobre todo, por qué llegar temprano puede cambiar el rumbo de esta enfermedad.
El cáncer que no avisa
Uno de los principales problemas del cáncer de próstata es que puede avanzar sin que el hombre note algo extraño. En sus etapas iniciales, explica Liliana Isabel Torres, especialista en medicina interna y líder médica de oncología de Bayer para la región PACA, la enfermedad puede no producir síntomas. Por eso, sentirse bien no es suficiente para descartarla.
La diferencia está en el momento en que se encuentra. Cuando el cáncer está localizado en la próstata, explica Torres, existen varias alternativas de tratamiento con intención curativa, entre ellas la cirugía y la radioterapia. Según su explicación, cuando el cáncer permanece confinado a la próstata, el 100 por ciento de los pacientes vive a cinco años.
Esto no significa que no exista posibilidad de una recaída, pero sí que el paciente se encuentra ante un escenario distinto al de quien llega cuando la enfermedad ya se ha extendido por el cuerpo.Los datos de la Cuenta de Alto Costo muestran esa diferencia en los diagnósticos registrados en Colombia durante 2024.
De los casos nuevos de cáncer de próstata que fueron estadificados mediante el sistema TNM, el 41,72 por ciento estaba en estadio II, mientras que el 22,13 por ciento había llegado al estadio IV.

El ‘duo dinámico’
Si la enfermedad puede avanzar sin síntomas, la pregunta es cómo encontrarla a tiempo. Ahí aparecen dos pruebas que los expertos consideran fundamentales: el antígeno prostático específico, conocido como PSA, que se realiza mediante un examen de sangre, y el tacto rectal.
Liliana Torres los llama el “dúo dinámico” y explica que deben hacerse juntos. La razón es que una prueba puede encontrar una alteración que la otra no necesariamente muestra.
Según la especialista, cerca del 19 por ciento de los pacientes no presenta inicialmente una elevación significativa del antígeno prostático, por lo que dejar de lado el tacto rectal puede significar perder información clave para el diagnóstico temprano.
En ese sentido, Rebeca Cáceres, médica cirujana especialista en epidemiología, explica que el tacto permite evaluar la consistencia de la próstata. Una próstata normal, dice, es blanda. “Cuando existe una alteración puede sentirse más dura o irregular”.
La razón anatómica también importa. Según Cáceres, el 80 por ciento de los tumores de próstata está ubicado en la zona periférica de la glándula. Como la próstata está situada detrás del recto, el tacto permite explorar directamente esa región.
Pero ninguna de las dos pruebas confirma por sí sola que exista cáncer. Si encuentran algo anormal, lo que hacen es levantar una sospecha que puede llevar a otros estudios, como una biopsia.
Tabú y factores de riesgo
Para algunos hombres, el tacto rectal tiene poco que ver con la medicina y mucho con las ideas construidas alrededor de la masculinidad.
Torres cuenta que algunos pacientes prefieren quedarse únicamente con el examen de sangre y evitar el tacto. Las razones van desde no querer hacerlo hasta frases como “yo quiero llegar invicto” o “yo no soy de ese bando”.
El examen, explica la especialista, es breve. Pero el problema no parece estar en cuánto dura, sino en lo que representa para algunos hombres.
Por otra parte, la edad es uno de los factores de riesgo que no se pueden modificar. A medida que pasan los años aumenta el riesgo de que aparezcan alteraciones en las células de la próstata.
Para un hombre sin factores de riesgo, Torres señala que los controles deben comenzar alrededor de los 50 años, con el antígeno prostático y el tacto rectal.
Si existe un antecedente de cáncer de próstata en el padre o en un hermano, la evaluación debe comenzar antes, alrededor de los 45 años.
También hay hombres con un riesgo mayor por ser afrodescendientes o por antecedentes familiares relacionados con mutaciones BRCA. En esos casos, los expertos señalan que la evaluación debe comenzar desde los 40 años.
Hay otros factores sobre los que sí se puede actuar. Torres menciona la obesidad, una alimentación con alta ingesta de grasa, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol y el sedentarismo. Según explica, estos factores pueden favorecer procesos inflamatorios y aumentar la predisposición a alteraciones celulares.

Los mitos más comunes
Con la edad también pueden aparecer cambios en la próstata que no deben confundirse con un tumor. Uno de ellos es la hiperplasia prostática benigna, un crecimiento de la próstata que puede producir síntomas urinarios, pero que no es cáncer.
La prostatitis, una inflamación de la próstata, también puede provocar molestias al orinar y tampoco significa que exista un tumor.
El problema aparece en las dos interpretaciones equivocadas: asumir que cualquier cambio en la forma de orinar significa cáncer o pensar que, mientras se pueda orinar con normalidad, no hay nada de qué preocuparse.
El cáncer de próstata puede crecer hacia el interior y comprimir la uretra. Cuando aparecen, algunos de sus síntomas pueden ser dificultad para orinar, goteo, necesidad frecuente de ir al baño, levantarse varias veces durante la noche o sangre en la orina.El dolor óseo, especialmente en la espalda, las costillas o las piernas, puede aparecer cuando la enfermedad ya ha alcanzado los huesos.
Pero ninguno de estos síntomas sirve por sí solo para decir que hay cáncer. Y esperar a que aparezcan tampoco es una forma de detectarlo temprano.
Después del diagnóstico
El siguiente mito es quizá más difícil de desmontar: que tener cáncer de próstata equivale, de entrada, a una sentencia de muerte.
Recibir un diagnóstico tampoco significa que todos los pacientes tengan por delante el mismo camino. El cáncer de próstata puede encontrarse localizado o haber llegado a otros lugares del cuerpo, y las posibilidades de tratamiento cambian según ese escenario.
Cuando está confinado a la próstata, existen tratamientos con intención curativa. Entre ellos están la cirugía y la radioterapia. Mientras que cuando ya existe metástasis, también hay opciones terapéuticas. Sin embargo, como explica Torres, los resultados no son los mismos que cuando el cáncer se identifica localizado.
La testosterona ocupa un lugar central en ese proceso. El cáncer de próstata está asociado con esta hormona, por lo que parte de los tratamientos busca bloquear su producción o impedir que actúe sobre las células tumorales.
Ese bloqueo, sin embargo, puede tener consecuencias que van más allá del tumor.
La terapia de privación androgénica puede afectar el deseo sexual y la función eréctil. Por eso, para algunos pacientes, la preocupación no termina cuando reciben el diagnóstico: aparece la pregunta de qué quedará de su vida cotidiana después del tratamiento. En ese sentido, Cáceres explica que, si el cáncer se encuentra temprano y puede tratarse mediante cirugía o radioterapia sin recurrir inicialmente al bloqueo hormonal, el paciente puede continuar activo sexualmente.
Sin embargo, cuando la enfermedad requiere terapia de privación androgénica, en cambio, aparecen esos efectos sobre la sexualidad. Esto hace que el tratamiento tenga que considerar algo más que el tumor. También están la edad del paciente, sus condiciones generales, su vida cotidiana y la manera en que la enfermedad puede afectar sus relaciones y su calidad de vida.
Lo nuevo en el tratamiento
El tratamiento del cáncer de próstata tampoco es el mismo para todos los pacientes ni se agota en una sola intervención. Una de las ideas que repiten los especialistas es la de intensificar el tratamiento a medida que cambia el escenario de la enfermedad.La lógica es ir agregando o cambiando tratamientos según la respuesta de la enfermedad. En palabras de Cáceres, se trata de “intensificar” las terapias.
Esa secuencia puede hacer que un paciente permanezca durante años en distintos escenarios de la enfermedad. La especialista explica, como ejemplo, que después de una cirugía o radioterapia un paciente puede pasar años sin presentar una nueva evolución y, si posteriormente desarrolla resistencia, recibir otros tratamientos.
Al sumar los diferentes momentos y alternativas, plantea que algunos pacientes pueden mantenerse entre 12 y 20 años con la enfermedad.
El objetivo, dice, es que no necesariamente mueran a causa del cáncer de próstata. Son pacientes que “pueden llegar a edades avanzadas” y que terminan falleciendo por otras enfermedades asociadas con el envejecimiento, como eventos cerebrovasculares, infartos o problemas isquémicos.
Pero la novedad no está solamente en tener más tratamientos para cada etapa. También está en preguntarse si algunos de ellos deberían comenzar antes.
Juan Diego Franco, director médico de Bayer para la región Andina, plantea una pregunta que resume esa búsqueda: “¿Qué pasa si puedo diagnosticar al paciente de manera más temprana y soy más agresivo al principio de la enfermedad? Le ofrezco más opciones terapéuticas”.
La investigación médica actual busca determinar si esa intervención temprana puede hacer que el paciente progrese menos, que la enfermedad sea menos agresiva y que pueda ganar años de vida.
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