
Cómo se convive con los travestis
¿Qué cambió?: dos semanas después de la vigencia del nuevo código, 24 horas en el lugar indican que prospera el negocio del sexo.
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Cuando en Palermo Viejo llega la noche, la calle Godoy Cruz se ilumina con sus nuevas luces de mercurio, se embotella de automóviles en todo su ancho y se llena de decenas de hombres travestidos que se ofrecen libremente ante todos.
Desde hace 14 días, cuando entró en vigor el Codigo Contravencional del Gobierno de la Ciudad, que reemplazó a los viejos edictos y que ya no pena la oferta callejera de la prostitución, esa zona se convirtió definitivamente en el centro de la venta de sexo de quienes se disfrazan de mujer.
Pero aunque la ley ampare la libertad de trabajo de los travestis, el delito continúa, porque detrás de muchos de ellos/ellas existen otros hombres, vestidos de hombres, que merodean buscando recaudaciones, que vienen y van en distintos horarios trayéndolos y llevándolos en grupos, quién sabe desde y a dónde.
La mafia existe, porque si no los antiguos travestis del barrio no amenazarían a los nuevos reclamándoles la posesión de tal o cual esquina. El derecho de permanecer en "la parada".
Claro que no hay ley que ampare el descanso de los vecinos que quedaron encerrados en un circuito escandaloso, ni que cuide a sus hijos del grotesco impudismo con que se venden estos hombres y que preserve el silencio quebrado por las bocinas, los escapes y los gritos de los automovilistas.
Es que esa parte de Palermo se convirtió en un paseo de moda, en un "espectáculo" gratis -al menos para quienes no quieren participar de lo que sucede más allá de las bambalinas- que tiene una larga representación todos los días, desde que se encienden las luminarias de mercurio y hasta que el telón mañanero dice basta.
El circuito, con la calle Godoy Cruz como recta principal, está comprendido por Nicaragua, Oro y casi la ribera de la avenida Santa Fe. Pero existen otros pasos alternativos como Paraguay o el pasaje Zola, en donde las ofertas suelen concretarse dentro de los mismos vehículos.
Ahora corren las madres
La cosa comenzó a funcionar clandestinamente hace unos cuatro años, cuando el barrio se estaba librando del asentamiento ilegal en las ex bodegas Giol. En el amparo de la oscuridad comenzaron a brotar los travestis. Aparecían detrás de los árboles y desaparecían a la carrera cuando se acercaban las luces de algún patrullero, según las épocas.
Ahora, con la libertad, las que corren son las madres con los chicos de la mano, intentando que sus hijos no vean nada que después será difícil de explicar. La Nación estuvo allí desde la noche del viernes hasta la mañana de ayer. Inclusive pasó por el living de la casa de una vecina que ni siquiera con las ventanas cerradas puede dormir como quiere.
"De día vivo en un barrio lindo y tranquilo. De noche me mudan a Amsterdam. Quedamos encerrados en un prostíbulo, en un circuito de diversión en el que ni siquiera podés salir a la calle porque cualquiera cree que nosotras también estamos en oferta", decía Zelmira Pérez, madre de dos hijas y con su vivienda sobre Godoy Cruz.
Con la apertura aumentó la oferta y aparecieron no sólo nuevas caras que llegaron desde la provincia, sino también gente de paises vecinos. "En Palermo ahora tenemos la cumbre de travestis del Mercosur", comentaba resignado Fernando Orviesi, quien venía desde la panadería sonrojado:"Antes, al menos me conocían y no me decían nada. Ahora tengo que salir a la calle y aguantar que me vuelvan a decir, ¿buscás algo papito?".
Desde el comedor de los Pérez se oye todo tipo de conversaciones entre dos travestis que aguardan en la esquina de Godoy Cruz y Zola: "El del auto amarillo me hizo señas de que va a dar la vuelta. Así que nos vemos después, Erika". Erika le responde intentando disimular su vozarrón masculino:"¡Aprovechá b..., no le pidas menos de 60!".
En realidad, las tarifas rondan los 30 pesos por un servicio rápido y 50 por algo más completo. El travesti amigo de Erika se subió nomás al auto amarillo y a los 20 minutos ya estaba de vuelta.
Un cafetero vio el negocio paralelo y anda con un changuito vendiendo de todo. Ellas compran y pasan la noche. Cruzan hacia a un portón que da al viejo puente sobre las vías justo en donde desemboca la calle Guatemala.
Es una guarida regenteada por un ciruja que pesa más de 150 kg. La parte de abajo del puente sirve de baño, también para un servicio rápido a quienes no tienen automóvil.
"Eso no es nada, si es necesario, lo hacen en un zaguán y no tienen ningún problema en levantarse la pollera y orinar en cualquier lado", dice María, una señora que no quiere darse a conocer porque tiene miedo a las represalias. "Ellos son muy violentos. Imaginate que algunos pueden pesar como 90 kg. Inclusive a veces se la agarran entre ellos y no tienen ningún problema en cortarse la cara con lo que tengan a mano. Si están totalmente jugados. No les importa nada."
A veces los vecinos no aguantan y les tiran con algo desde las terrazas. De abajo les devuelven todo. Orviesi cuenta que en el pasaje Zola vivía un karateca que una noche se enfrentó con un grupo de travestis. "Los fajó a los tres, pero al mes tuvo que irse. Por algo se mudó".
"Yo soy la Caminoti"
"Entre ellas también son muy bravas, en la cartera pueden tener de todo -asegura el marido de Zelmira-. Una vez reapareció una que hace tiempo no se la veía y llegó a los gritos:¡Yo soy la Caminoti, volví, volví... Asi que, todas se me rajan de esta esquina!".
Ayer eran las cuatro de la mañana y llegaban autos con las típicas despedidas de solteros. Desde adentro le gritaban a un rubio alto y de ceñido enterito:"¿Cuanto querés por el que llevamos en el baúl?". No le contestó. Sí lo hizo con dos jóvenes que le dijeron: "I love you, cosita". Se fue con ellos.
El cronista caminó hacia Santa Fe. "¿Necesitás algo?", le preguntaron. "¿Cuánto?", respondió. "Veinte y cuarenta", fue la tarifa.
Más allá otro pidió 30 y 50 y, un gordo apodado Sharon, confesaba ser más barato.
Se hacía de día y no había más demanda.
Sexo veloz a la hora del regateo
Las horas tan difíciles como sorprendentes vividas por el cronista junto a los vecinos del barrio de Palermo Viejo pueden resumirse de la siguiente forma:
19.45: tres travestis intentan ser contratados a bajo precio por un par de hombres mal entrazados que, sin vehículo, caminan por una de las veredas de Godoy Cruz. Fracasan en el intento y los prostitutos aguardan en la calle a que desde un vehículo salga disparada una mejor oferta. Uno de ellos lo logra: 60 pesos.
20.30: desde una pensión de la calle Oro salen dos mujeres provocativas que logran la exclamación de un transeúnte distraído. No pasó de allí, se dio cuenta de que eran travestis y siguió con el paso apurado hacia algún otro destino.
21.30: en la casa de los Pérez, sobre Godoy Cruz, la familia se apresta a comer. Al oír conversaciones y los ruidos de la calle, el padre cierra las ventanas y en el cuarto donde están los chicos aumenta el volumen del televisor.
22.15: en la calle se forman tres filas de automóviles y la de la mano derecha circula más lentamente que los peatones. Los travestis clavan sus miradas en las ventanillas, luego muestran sus pechos y ante el pedido del acompañante de uno de los vehículos se sube la minifalda y le muestra una ínfima bombacha naranja y negra.
23: los autos circulan cada vez más despacio, los conductores manejan distraídos y se producen dos choques. Uno de ellos entre una Mercedes-Benz cuatro por cuatro y una vieja Chevrolet carrozada. Ambos se detienen en medio de Godoy Cruz y el pasaje Zola y el tránsito se traba aún más.
0.15: dos travestis muy gordos ocupan una de las esquinas. Uno es rubio, tiene un tapado negro y exhibe por completo sus desmedidos pechos. El otro es morocho, tiene un saco colorado y lo llaman Sharon. Esperan en vano.
0.30: uno de los travestis que más llama la atención tiene pelo largo y enrulado hasta la cintura y un ceñido enterito de colores semitransparente, pero su cuerpo, casi de mujer, se contrapone con su cara de hombre.
1.5: el ruido de las bocinas, de los escapes y de los ciclomotores ya no deja dormir a casi nadie. El barrio es un caos.
1.45: llega el primer grupo de jóvenes haciendo la despedida de soltero a un amigo que transportan disfrazado de mujer en la caja de una camioneta. El griterío es total.
2.15: un vecino de la calle Guatemala se asoma al balcón y comienza a pedir a un grupo de travestis que se aparten de la puerta de su casa. Uno lo hace, los otros le devuelven insultos de todo calibre y siguen mostrando sus partes a quien quiera mirarlas.
2.35: para muchos la noche se hizo larga y se arriman junto a un auto o un árbol a orinar.
2.45: un joven de unos 20 años aparece en un ciclomotor con un pequeño paquete. Ingresa en el portón que conduce al viejo puente y es seguido por una pareja de travestis que salen enseguida.
3.10: los dos travestis gordos siguen caminando por allí sin obtener resultado alguno. Mientras tanto, a caballo y entre los autos, pasan dos miembros de la policía montada.
3.30: "De día vivimos en libertad y de noche en cautiverio", dice un vecino que agrega: "La gente transa con estos travestis que ni siquiera se pueden lavar las manos entre un cliente y el otro".
4.15: la demanda comienza a bajar y la oferta a sobrar. De 30 y 50 pesos que al comienzo pedía Johanna, pasa a demandar casi la mitad.
4.30: dos travestís se pelean a los gritos por un cliente. El cliente se avergŸenza y va en busca de otros horizontes.
5.10: falta poco para el día y un repartidor convence a uno por intermedio del truque. Después de 10 minutos el travesti baja del camión con una caja de productos lácteos. Por las etiquetas se advierte que es yogur descremado.
5.20: Sharon y el otro gordo se van sin suerte. No siempre se gana.
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