Coronavirus en la Argentina: la ironía de escribir sobre el Covid-19 y luego enfermarse

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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5 de julio de 2020  • 07:38

El jueves, cerca de la medianoche, cuando la casa estaba en silencio porque ya hacía un par de horas que estábamos durmiendo, nos sobresaltó el sonido de una llamada entrante en el celular. Era la doctora Rivas López para comunicarnos el resultado del hisopado que me habían indicado unos días antes. "Quería avisarles que dio positivo -dijo-. Mañana llamo temprano para ver cómo seguimos". Súbitamente, me di cuenta, entre sueños, que había pasado a integrar las estadísticas de nuevos casos que informan del avance de la pandemia en el país, y que cada día yo misma me ocupaba de distribuir por la mañana y por la noche.

Todo había comenzado el domingo anterior, cuando, después de sentir escalofríos, comprobé que tenía unas líneas de fiebre: 37,5. Como había estado aislada desde el 10 de marzo, lo atribuí a algún virus banal.

Sin embargo, al día siguiente, la fiebre me había subido a 38. Y el martes amanecí con un fuerte dolor de garganta. Decidí que era hora de hacer una consulta. Llamé al servicio de urgencias y me ingresaron a una sala de espera virtual, donde tras unos minutos una especialista evaluó los síntomas e indicó el hisopado.

Como había estado aislada desde el 10 de marzo, lo atribuí a algún virus banal.

Había leído una y otra vez que la toma de la muestra nasofaríngea era un procedimiento muy desagradable, pero al final resultó sencillísimo. Los hisopos eran muy finitos y lo único que sentí fue una picazón en el interior de la nariz durante apenas un instante. Llovía y hacía frío, pero, por suerte, fue todo muy rápido y pude volver a casa a esperar el resultado.

Esos días no tuve síntomas particularmente destacables. De hecho, se me pasó el dolor de garganta, no tenía tos, tampoco perdí el olfato ni el gusto. Lo único que se mantenía era esa fiebre insistente, que volvía a subir cuando se extinguía el efecto del paracetamol, y que me causaba un inusual desgano. Desde el comienzo de la pandemia me había convertido en una voraz consumidora de información sobre todo lo que tuviera que ver con el nuevo virus, las estrategias terapéuticas que se ensayan para controlar el cuadro grave, las medidas que se pusieron en práctica en todos lados y resultaron en éxitos y fracasos para evitar su propagación, pero algunas noches de esta semana me sorprendía abandonando una reunión por zoom por el cansancio de una jornada de trabajo que, en otro momento, hubiera considerado perfectamente normal.

Dado que en los 15 días previos a los síntomas prácticamente no bajé a la calle, de hecho, no era la encargada de hacer las compras y solo salí para arrancar el auto y no quedarme sin batería, en familia barajábamos todo tipo de hipótesis para explicar mi aparente estado gripal, especialmente la del "estresazo". Me retaban por no parar, por no saber poner freno ni temprano ni tarde, ni los fines de semana, pero a ninguno de nosotros se nos cruzó por la cabeza que justamente yo, que no hacía más que hablar todo el día con médicos e investigadores sobre el tema, que había repetido hasta el cansancio cuáles eran las medidas de prevención, me hubiera podido infectar con el nuevo coronavirus .

Lo único que se mantenía era esa fiebre insistente, que volvía a subir cuando se extinguía el efecto del paracetamol, y que me causaba un inusual desgano

Pero el diagnóstico era inapelable, de modo que la doctora me indicó que, dado que me encontraba en el grupo de riesgo, correspondían algunos estudios.

El viernes me vino a buscar una ambulancia y salí hacia La Trinidad de Palermo convencida de que, con los estudios en la mano, podría volver a casa (es más, cuando me preguntaron si quedaría internada, contesté enfáticamente que no, que iba y volvía). Pero, tras realizarme una tomografía de pulmón, me informaron que se observaba una neumonía viral y por precaución no podían dejarme ir. Ya antes de asignarme una habitación me habían insertado una "vía" en el brazo, me estaban transfundiendo un antibiótico y extrayendo sangre para realizar análisis.

Estar internado en tiempos de Covid-19 es toda una experiencia. El piso de aislamiento debe observar protocolos muy estrictos. Para comenzar, están prohibidas las visitas. El personal de salud usa doble barbijo, anteojeras y protección de plástico. Además, tienen que mantener distancia y tratar de permanecer el menor tiempo en la habitación, por lo que se trata de dar todas las indicaciones posibles por teléfono. En mi caso, cada cierto número de horas, las enfermeras me llaman para que me tome la fiebre o las distintas medicaciones. Y ni los encargados de traernos las comidas deben ingresar, ni a los pacientes les está permitido salir.

Debo decir que las primeras horas fueron un poco angustiantes. Cuando me anunciaron que deberían internarme o de lo contrario ser derivada a un hotel, sentí un enorme desamparo, una sensación de descontrol. Me pregunté por qué era necesario recurrir a medidas extremas si no tenía dificultad para respirar y podía hacer aislamiento en mi casa, donde sabía que mi marido me esperaba con inquietud. Pero, poco a poco, llegaron las explicaciones y comprobé que se estaban tomando todas las precauciones que podrían exigirse (al menos, las que me resultaban esperables después de horas y horas de charlas con expertos y de seguir las controversias más encendidas). Ahora, aguardo, entre pinchazos y pastillas, que llegue el momento del alta médica, cuando haya pasado dos días completos sin fiebre.

Cuando me anunciaron que deberían internarme o de lo contrario ser derivada a un hotel, sentí un enorme desamparo, una sensación de descontrol

Es irónico que, después de tanto escribir sobre el coronavirus, me haya tocado vivirlo en carne propia. Y les digo algo: conociendo otras historias, me siento afortunada por haber tenido un cuadro leve a moderado. Lo estoy viendo de cerca y no me gusta nada. Y agradezco infinitamente la valentía y el desprendimiento de todo el equipo de salud que se expone diariamente a esta enfermedad, y el tiempo que ganamos para prepararnos y avanzar en mejores protocolos de manejo de este cuadro. No quisiera imaginar qué hubiera pasado si en lugar de recibir la atención que hoy todavía se dispensa a los pacientes con Covid, me hubieran dicho que me quedara en casa porque en los centros de salud solo había lugar para personas en situación crítica.

Esperemos que muy pronto esté escribiendo nuevamente sobre la pandemia. ¡Especialmente buenas noticias! Y como todo lo malo tiene una parte buena, de esta experiencia me queda un aluvión de cariño y buenos deseos que nunca podré terminar de agradecer.

Por: Nora Bär
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