
Daniel Gil: el patriarca del surf no se da por vencido
Hace cuarenta años que desafía el mar todos los días
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MAR DEL PLATA.- Sentado en su tabla de surf de casi tres metros de largo, Daniel Gil flota al ritmo que le marca el océano y mira en silencio las olas que el horizonte parece empujar hacia él, allí, a metros de Punta Cantera, la lengua de piedras que se acomoda entre las playas y el faro de Punta Mogotes.
Una ceremonia que reitera desde hace casi cuarenta años en este lugar y que, como suele repetir, "no tiene fecha de vencimiento".
"Esperar la serie de olas, bracear, pararse y surfearlas, si es posible todos los días, es esencial para algunas personas, entre las que me cuento, y no pregunten por qué, pues tengo 55 pirulos y todavía no puedo explicarlo", dice a La Nación apenas salido del agua.
"Nos pasa a algunos y eso es todo. En La Jolla, California, conocí tipos de 75 años que siguen surfeando. Más tranqui , claro, pero todas las semanas entran con sus tablas en el mar", explica. "Tampoco se puede describir con detalles lo que se siente al hacerlo. Por eso hay que dejarse llevar. Suena fácil, ¿no?", pregunta, mientras invita al cronista a calzarse el traje y a enfrentar la rompiente montado en la tabla que acaba de dejar sobre la arena.
Está de más aclarar que el convite fue cortésmente eludido.
Las tablas son de Boca
"Empecé como todos los chicos a barrenar olas cuando venía a veranear a Mar del Plata y papá se metía conmigo en el agua y me enseñaba", recuerda Gil.
En esa época, el padre de Gil era el presidente de Boca Juniors, lo fue hasta 1956 y después se desempeñó como vicepresidente, durante la gestión de Alberto J. Armando, hasta 1969, cuando murió.
"Mi viejo solía llevarme cuando los equipos salían de gira y, aunque me gustaba el fútbol, mi interés pasaba por conseguir alguna tabla de surf en los países a los que Boca iba a jugar; pero no se me daba", dice.
"A principios de 1963 -añade- viajé a Brasil con un pretexto, pero en realidad buscaba a los que estaban fabricando las primeras tablas en América del Sur."
Ese fue el año en que corrió su primera ola con un "longboard" legítimo que le "prestó" un surfista carioca, después de negociar el alquiler durante 20 días. Hasta el momento, Gil sólo surfeaba acostado sobre el playero barrenador de madera comprado en Mar del Plata.
"Ya había hecho contacto con los fabricantes cuando me llamó mi viejo y me dijo que se estaba por hacer un campeonato internacional de surf en Perú, justo cuando Boca viajaba para jugar allí. Dejé todo y llegué a Ezeiza con los minutos contados", refiere.
"Fue como encontrar el paraíso: no sólo surfeé hasta cansarme durante 15 días, sino que también me vendieron tres tablas fabricadas en los Estados Unidos, que acomodé junto a los bártulos del equipo", dijo.
Al regresar a Buenos Aires las cosas se complicaron en la Aduana. "No me dejaban pasar las tablas, así que Rattin, Sanfilippo y Marzolini agarraron una cada uno y les dijeron a los tipos que eran unos chiches nuevos para entrenarse. Nos creyeron y pasamos todo", se ríe Gil.
Otoño del 63
El 3 de mayo de 1963, Gil y un puñado de amigos bajaban las barrancas de Punta Cantera cargando las tres tablas y unos trajes de hombre rana que les habían prestado. "Ese día corrí por primera vez en serio una ola en la Argentina."
Después se fundó el Kikiwai Surf Club y de la Capital empezaron a llegar los amigos de Gil: Tita Elizalde, Luis De Rider, el tano Pugliese, Jorge Azulay, Cachito López León, Donald... "Se engancharon con el surf y como buenos fanáticos pasábamos meses en Mar del Plata. Una noche, guitarreando en la arena, Donald arrancó con algo así como "las olas y el viento...", y fíjense adónde llegó esa letra", bromea.
Al grupo se sumaron los primeros marplatenses, Foxy Ventura, Pippo Muñoz, los Antífora, los Tiribelli, Jorge Fava, y así se formó la Academia Argentina de Surf.
"Hace 25 años decidí radicarme definitivamente acá. He tenido 9 hijos, siete chicas y dos varones, todos surfistas y bosteros, no me puedo quejar", reconoce.
Aunque aquellos amigos ya no visitan a Gil tan seguido, él continúa en la playa, mirando este mar.





