Deborah Blum: "La ciencia es fascinante, importante e influyente, pero también puede ser destructiva"
Si no fuera porque cada vez existen más pruebas de que el cincuenta por ciento de lo que somos es producto de nuestros genes y la otra mitad, de las influencias del medio ambiente, podría decirse que Deborah Blum "tenía el destino marcado". Una de las cuatro hijas de un reconocido entomólogo y de una escritora es hoy una de las más destacadas periodistas científicas norteamericanas. Premio Pulitzer 1992 por The Monkey Wars, una serie de artículos sobre los conflictos éticos y emocionales que plantea la investigación en animales, y autora de seis libros, publica en algunos de los diarios más importantes de los Estados Unidos, escribe blogs en The New York Times y la revista Wired, y en pocas semanas asumirá la dirección del programa de periodismo científico del MIT (Massachusetts Institute of Technology, en el que este año fue seleccionado el argentino Federico Kukso). "De algún modo, el que me dedicara a la escritura de temas científicos fue una bendición y una maldición -bromea sonriente, a través de Skype-. Tanto mi madre como mi padre siempre estuvieron muy interesados en mi carrera; a veces eso es bueno y otras, no tanto."
-En su libro The poisoner's handbook [El manual del envenenador], una trama que describe los inicios de la medicina forense en Nueva York a comienzos del siglo XX a través de una serie de asesinatos, escribe que su primer amor fue la química. ¿Por qué cree que es una disciplina que tiene mala prensa?
-Con demasiado frecuencia la gente escucha la palabra "químico" y piensa "el mal". En parte es porque usamos los términos "sustancia química" como sinónimo de "sustancia tóxica". Y en parte puede deberse a que la química es compleja y puede atemorizar. Pero también es una forma increíble de entender el mundo. Todo, desde el chocolate hasta el vino, es más interesante si uno sabe cómo funciona. Nos pasamos mucho tiempo hablando acerca de compuestos dañinos y no lo suficiente acerca de la fascinante química de nuestra vida diaria. También sucede que como muchos de nuestros conocimientos vienen de la política y del activismo, no sabemos bien qué materiales deberían preocuparnos. Por ejemplo, en los Estados Unidos se habló mucho de un compuesto de ciertos plásticos, llamado BPA, que parece tener cierto efecto en el aparato reproductivo femenino, cuando la exposición a otras sustancias, como el arsénico, el plomo o el monóxido de carbono es mucho más peligrosa.
-¿Cómo decidió incursionar en el periodismo y la literatura?
-Bueno, siempre me interesó escribir, pero amaba la química. En parte, porque tuve una maravillosa maestra y en parte por mi padre, que estudiaba la química involucrada en la comunicación entre los insectos. Crecí fascinada por esta ciencia y de hecho empecé la facultad como estudiante de química. El problema fue que era muy torpe. ¡Una vez me quemé el pelo con un mechero de Bunsen y otro día provoqué una nube tóxica! Tuvieron que evacuar a mis compañeros para que no se envenenaran. Cuando volvió a ocurrir, pensé: "No puedo hacer esto. Quiero vivir más allá de los 18". Me dediqué al periodismo porque no sabía muy bien qué hacer.
The poisoner's handbook tiene ritmo de novela de suspenso y además es una sólida investigación. ¿Cómo lo logró?
-La verdad es que no sabía mucho de venenos cuando empecé a escribirlo. Pero ¡me encanta investigar! Es mucho más divertido que escribir [se ríe]. Escribir es duro, investigar es abrir cajas y encontrar todo tipo de cosas interesantes... Me lo pasé de maravillas. Quería que los lectores estuvieran tan atrapados por la historia, tratando de develar el misterio junto conmigo, como para deslizar conocimientos de química en la trama, algo así como una educación científica "subversiva". Y siento que lo logré.
-¿Tiene algún método para sentarse a escribir?
-Necesito tener un boceto de la historia en la cabeza. Qué voy a contar y quién es el héroe, porque cuando uno hace historia de la ciencia no puede inventar. Uno de los trucos es poner a tu protagonista en problemas. Mi último libro tiene a estos dos científicos tratando de atrapar a los asesinos y fundar la ciencia forense en la Nueva York de comienzos del siglo XX. Ellos están en problemas desde el comienzo, porque la disciplina todavía no existe. Gran parte de la obra cuenta cómo tratan de superar ese gran obstáculo. Cada capítulo trata sobre un veneno y cómo ellos batallan para resolver un crimen o salvarle la vida a personas intoxicadas... Mis científicos son una especie de héroes, individuos muy testarudos que navegan contra la corriente. En la ficción, uno puede acomodar todas las piezas, pero en la vida real los protagonistas no hacen lo que uno quiere que hagan, y la acción no se encamina hacia el final prolijo que uno querría. El escritor de no ficción tiene el desafío de describir la confusión de la vida. Pero para mí, tenemos el mejor trabajo: capturamos el poder de la realidad.
-Para sus novelas, ¿se inspiró en sus comienzos como cronista policial?
-Sí, y eso le dio forma a mi trabajo como escritora científica. Se aprende mucho. Por ejemplo, sobre cómo trabajar con gente que no quiere hablar con uno. The poisoner's handbook tiene algunos homicidios terribles. También escribí un libro llamado Angel Killer [Asesino de ángeles], una historia aún peor y también verdadera. Es sobre un asesino serial muy famoso para los norteamericanos, que mató a ocho chicos en Nueva York en los años 30. Mucha gente me pregunta cómo puedo escribir sobre esos temas. Y yo les contesto: "Fui reportera de policiales". Solía ir a todo tipo de accidentes y asesinatos. Creo que eso me permitió asomarme a las historias que cuento.
-En pocas semanas va a dirigir el programa Knight de periodismo científico en el MIT. ¿Cuál cree que es la cualidad más importante para un periodista científico?
-Una mente inquisitiva, no sentirse intimidado por un tema, tener fe en la propia capacidad de investigación, que haga sus "deberes" (no se puede desarrollar una historia si no se conoce el material). Por otro lado, la ciencia es una empresa humana y tenemos que asegurarnos de que nuestros lectores lo perciban. Una de las cosas más importantes que hacemos es ayudar a compartir la ciencia, que es fascinante, importante e influyente, pero puede ser destructiva. Salimos a contar esa historia a personas que están alejadas de la investigación. Necesitamos un mundo alfabetizado científicamente en el que la gente entienda algunos principios y pueda usarlos para navegar inteligentemente en su propia vida y en su planeta. Eso nadie lo hace mejor que un buen periodista científico.
-Muy frecuentemente se escucha que "a la gente no le gusta la ciencia" . ¿Cree que es verdad? ¿Por qué?
-Tendemos a pensar que la ciencia es aburrida, demasiado difícil o poco relevante, pero todo depende de cómo contamos la historia. En parte es por una falla en cómo educamos a los que no quieren ser científicos. Hacemos un trabajo bastante decente al educar a los científicos, pero no logramos hacer un buen trabajo con los demás. Como periodistas científicos es nuestra misión hacer una diferencia.
-En el intento de atraer al público ¿no se corre el riesgo de convertir la ciencia en un espectáculo?
-Si transformamos a la ciencia en cantar y bailar terminamos banalizándola. Pero en la era digital, cuando podemos contar nuestras historias en todo tipo de soportes, también podemos ver quiénes leyeron las historias que escribimos, si hicieron una diferencia. Uno de los proyectos que quisiera implementar es un programa de investigación en estos temas. Por ejemplo, ¿qué notas son más efectivas en papel, cuáles en video y cuáles como podcast? Lo más estimulante, hoy, es que tenemos la oportunidad de analizarlo y ser más listos.
-¿La velocidad con que hay que producir contenidos y la diversificación de soportes son una amenaza para la investigación en profundidad?
-Nosotros vemos cómo declinan los equipos de periodistas científicos, pero también que las nuevas plataformas digitales los están incorporando. Lo que no han hecho estas publicaciones digitales es comprometerse con investigaciones de largo plazo, como los medios tradicionales. Recientemente, The New York Times publicó una serie de notas sobre los salones de manicuría y realmente hizo una diferencia: se lanzó una investigación para ver cómo están regulados. La periodista que escribió esa historia estuvo trabajando en ella nueve meses. Este tipo de investigaciones no las vemos en las nuevas plataformas y es una gran pérdida. Con la reducción de los equipos de los medios tradicionales, también perdemos muchas de las noticias locales, de lo que está ocurriendo en el patio trasero de nuestras casas.
Bio
Profesión: periodista científica
Edad: 60 años
En unas semanas se convertirá en la nueva directora del programa Knight de periodismo científico del Massachusetts Institute of Technology. Ganadora del premio Pulitzer, su último libro trata sobre el nacimiento de la ciencia forense en Nueva York a comienzos del siglo XX.
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