Delta del Paraná: quemaduras, manos agrietadas y ojos ardidos, así fue la lucha de los voluntarios contra el fuego

El trabajo de unos mil voluntarios fue clave para combatir los incendios que arrasaron los humedales del Delta del Paraná
El trabajo de unos mil voluntarios fue clave para combatir los incendios que arrasaron los humedales del Delta del Paraná Crédito: Eduardo Bodiño
Teresa Sofía Buscaglia
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14 de septiembre de 2020  • 17:30

"El fuego está llegando a la casa de la maestra. Esto es imparable, necesitamos ayuda", le escribieron a Ciro Korol, escritor y activista de la Multisectorial Humedales, una agrupación que había nacido en forma espontánea, un mes atrás, con organizaciones y vecinos que se habían autoconvocado en el Puente Rosario-Victoria para reclamar por los incendios de las islas, la indiferencia del Estado y la sanción urgente de la Ley de Protección de Humedales. Esa tarde del sábado 22 de agosto, Ciro se despertó de la siesta y se acordó que había soñado con serpientes, las mismas que, al día siguiente, vería calcinadas.

La mañana del domingo 23 de agosto, 34 de los 1000 voluntarios que se habían sumado a la multisectorial en pocos días cruzaron el puente y fueron caminando hacia las llamas, monte adentro. Se abrieron paso a machetazos, entre el humo y los animales asustados que huían aturdidos. "El fuego se desparramaba bajo tierra, porque el suelo del humedal es esponjoso. Tenía una velocidad incontrolable y el viento cambiaba constantemente. Nos preocupaban las yararás, que, en estos casos, se acercan más al humano. Hasta ese día, el fuego nos había llegado por los ojos y por la nariz, pero nunca habíamos escuchado ese crepitar incesante que asusta, cautiva y da respeto", agrega Korol.

En pocas horas, la gente de la ciudad de Rosario les había alcanzado todo lo que encontraban en sus casas: palas, mangueras, baldes, bombas de agua, guantes y hasta un generador eléctrico. Con esas herramientas, cavaron zanjas alrededor de los ranchos y las llenaron con agua que traían en baldes desde el río, formando un pasamanos. Los ojos se enrojecían, los pulmones se cerraban y entre gritos, corrían desordenadamente de foco en foco. No tenían experiencia y estaban desbordados. Don Benito, un vecino de 85 años, lloraba de emoción al ver estos esfuerzos. Le habían salvado la casa de toda su vida. Otros isleños como él no tuvieron la misma suerte y quedaron inmóviles, llorando junto a esqueletos de maderas.

Perdieron animales, colmenas, forestación añosa y frutales que darían sus flores en pocos días. Entre astillas ardientes que volaban y troncos encendidos que caían, el paraíso isleño se había transformado en un infierno desolador de árboles negros y tierra agrietada. "El lunes yo me fui en kayak porque el puente estaba cortado por la policía. Cuando llegué a los lugares donde siempre acampo, me invadió una tristeza enorme y, mientras corría con baldes de agua, no paré de llorar mientras", dice Camila Fernández, de 26 años, voluntaria y estudiante de Ciencias Políticas.

Crédito: Eduardo Bodiño

Al anochecer, todos volvieron a sus casas. Tenían frío, los pies mojados, quemaduras, manos agrietadas, ropas cubiertas de cenizas y hambre. Al cruzar el puente, miraron por última vez hacia atrás y veían fulgurar las llamas de las islas, como si nunca hubieran estado allí.

"Empezamos a llamar a las autoridades, a averiguar por qué no habían ido brigadistas en todo el día, a informar dónde estaban los focos, a gestionar que vaya más gente el lunes. Los ojos nos ardían, el humo nos había dejado el pecho cerrado y estábamos exhaustos", cuenta Korol.

Tres días después de combatir solos el fuego, con la ayuda de algunos bomberos y empleados de Defensa Civil ya retirados, llegaron brigadistas, aviones hidrantes y profesionales del Plan Nacional de Manejo del Fuego, que ofrecieron a los voluntarios acciones conjuntas para recibir capacitación.

Crédito: Eduardo Bodiño

¿Por qué se queman, todos los años, miles de hectáreas de esta región? El Estado Nacional culpa a los productores agropecuarios, aunque no descarta la especulación inmobiliaria. "La soja expulsó el ganado del territorio entrerriano y lo llevó a las islas. Queman la forestación para limpiar la tierra y sembrar pasturas para el ganado. La Justicia ya tiene doce imputados que encontraron en distintas áreas, con material combustible, en plena acción y nosotros mismos nos presentamos como querellantes. Es responsabilidad de la provincia de Entre Ríos, ahora, determinar a quién pertenecen esos campos y procesar a los responsables.", explica Juan Cabandié, ministro de Medio Ambiente de la Nación.

Tirarse la pelota

Sin embargo, las organizaciones creen que los incendios se producen también por la ausencia del Estado y por el modelo de producción y el avance inmobiliario que no controlan. "Son tres jurisdicciones y se tiran la pelota una a la otra. Lo poco que hacen, llega tarde. El domingo, antes de salir, llamé a todos pero, ante lo inoperancia, decidimos ir solos porque el fuego no espera", explica Ivo Peruggino, actor, voluntario y activista de Mundo Aparte, una ONG que protege y rehabilita animales maltratados.

La sequía intensa y la bajante histórica del Paraná fueron agravantes que se sumaron a este escenario de destrucción del ecosistema, en medio de una pandemia y en cuarentena. El 11 de agosto, ante la anomia estatal, la Corte Suprema ordenó a la Nación, a las provincias de Santa Fe y Entre Ríos así como a los municipios de Rosario y Victoria, la urgente conformación de un Comité de Emergencia Ambiental y la activación del PIECAS (Plan Integral y Estratégico de Conservación y Aprovechamiento Sostenible en el Delta del Paraná), un plan creado en el 2009 para proteger a la región, pero que nunca se terminó de implementar.

"El pronóstico para el año que viene es que seguirán la bajante, la sequía y los incendios. Nosotros somos parte del PIECAS y nos vamos a enfocar en la prevención para evitar que se repita lo de este año", dijo Gabriel Fuks, secretario de Articulación Federal del Ministerio de Seguridad de la Nación.

Crédito: Eduardo Bodiño

El pasado 5 de agosto, se empezó a discutir en el Congreso Nacional el proyecto de la Ley de Protección de Humedales (dos veces archivada sin tratamiento, en 2013 y en 2016). Hay nueve proyectos que las comisiones de especialistas están debatiendo y sus puntos principales son la protección y el inventario de las 600.000 hectáreas que comprenden estas áreas (el 21% del territorio del país), la creación de un fondo para poder implementarla, la participación ciudadana en la discusión y una perspectiva de género en el momento de regular.

Las organizaciones ambientalistas que defienden esta ley aclaran que no se trata de estar en contra de la actividad ganadera y productiva que hoy son fuentes de trabajo para los isleños, sino del modelo elegido para realizarlo. "La ganadería existe en las islas hace 500 años, el problema está en el modelo de producción que se elija. Si este consiste en endicar, quemar terrenos, cerrar arroyos, y deforestar, el modelo es ecocida y es lo que hoy está pasando", explica Rodolfo Martínez, voluntario, estudiante de Ciencias Políticas y ayudante en la Cátedra del Agua de la UNR. "La pesca industrial indiscriminada también desfavorece hoy a los isleños y la ley se ocuparía de controlarla para que reciban un precio justo por su trabajo ", agrega Martínez.

Entonces, ¿es la ley la solución para frenar y erradicar los incendios que se repiten año a año y producen desertificación, muerte de animales y destrucción del ecosistema? "Los dueños de la tierra le dicen a los isleños que la Ley de Humedales no los va a beneficiar, que se van a quedar sin trabajo y sin territorio. La palabra humedal no significa nada para ellos. Hay que mejorar la comunicación para que ellos sepan qué se está discutiendo y participen de ello, algo que la Multisectorial está haciendo", explica Macarena Romero Acuña, antropóloga y becaria del Conicet.

Crédito: Eduardo Bodiño

Gabriel Callegari confirma lo que dice Romero Acuña. Es isleño, tataranieto de un cacique chaná y séptima generación de pescadores. "Al río voy desde que nací. Me llevaban mi abuelo y mi tío de muy chiquito. Nos echan la culpa del fuego a nosotros, pero eso no tiene sentido porque, con los incendios, perdemos nuestro ganado, nuestras gallinitas, nuestras casas, perdemos todo", dice.

Como poblador originario, también está en contra de la invasión turística y el avance inmobiliario. "La música electrónica de los paradores se escucha a kilómetros y detrás de eso vienen muchas cosas malas. La isla se llena de basura y entierran botellas, latas, plástico, colillas de cigarrillo. Yo no sé bien qué es la Ley de Humedales pero la apoyo si es para proteger nuestra vida y evitar los incendios. Nos gustaría que nos escuchen y nos consulten porque nadie sabe mejor que nosotros cómo cuidar nuestra tierra", finaliza.

La lluvia de la semana pasada apagó el fuego, pero en los últimos días volvieron a encenderse varios focos. Sin embargo, los días de descanso sirvieron a la Multisectorial para reorganizarse y capacitarse. La tragedia ambiental y la movilización espontánea de la sociedad despertaron a un Estado anestesiado, abrieron el debate por la ley y se pusieron en marcha los planes de protección. "A mí me quedó claro que ir al territorio, estar con los isleños, ayudar a apagar el fuego y escucharlos ayudó a que nos conozcamos, nos uniéramos", concluye Ciro Korol.

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