Desmesura: por qué los festejos de egresados muchas veces terminan en caos y descontrol
Para los especialistas, hechos como los destrozos que ocurrieron en el Colegio San Juan El Precursor, se deben, entre otras causas, a situaciones de resentimiento que podrían haberse evitado
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No es la primera vez que ocurre. Esta vez le tocó al San Juan el Precursor, colegio tradicional de San Isidro: durante la fiesta de egreso de los alumnos de la secundaria lo que afloró fue el descontrol. En la madrugada del viernes pasado, cuando terminaba una cena de gala en honor de la camada 62, un grupo de unos 15 estudiantes provocó graves destrozos en las instalaciones, según denunció la institución en una carta dirigida a la comunidad educativa. Rompieron notebooks, cuadros, vidrios y esculturas. Y arrojaron hasta una computadora a la casa de un vecino. Ahora las autoridades investigan cómo ocurrieron los hechos y sobre todo, buscan entender por qué un momento de festejo y alegría terminó asociado al descontrol y a actos de vandalismo protagonizados por los propios alumnos.
No es la primera vez que ocurren situaciones de este tipo en colegios tradicionales y de alta exigencia académica. Las controvertidas vueltas olímpicas eran un sello del Colegio Nacional de Buenos Aires y del Carlos Pellegrini para los egresados hasta 2011, cuando se prohibieron por los destrozos que se provocaban dentro y fuera de las instalaciones, además del riesgo de lastimarse. Hubo más de 100 alumnos que quedaron libres y otros que recibieron sanciones por los daños que causaron en el edificio y, desde entonces, se prohibió el festejo. Así surgió otro tipo de celebraciones, en las que los egresados cortan la calle, compran témperas de colores, espuma, harina, huevos y brillantina para pintarse y pintar la zona. No faltan las heladeritas con fernet y cerveza ni los parlantes con música.
En 2014 también los egresados del Liceo Franco Argentino Jean Mermoz, conocido como Liceo Francés, en Núñez, uno de los colegios más exclusivos de la ciudad, protagonizaron un hecho similar, cuando para celebrar el fin de la secundaria destrozaron una plaza: cavaron un enorme pozo en el Paseo de las Américas, en Figueroa Alcorta y Monroe, y 120 de los egresados se metieron dentro. El año anterior, el colegio ya había sido multado por un festejo similar. Y los padres tuvieron que afrontar los gastos de la reparación del espacio público, ante la demanda del gobierno de la ciudad. También en septiembre de 2013, un grupo de alumnos que tomaban el Nacional de Buenos Aires entró en la iglesia San Ignacio por los túneles subterráneos y produjo destrozos, pintadas e incendio del mobiliario. Entre otros daños, quemaron parte del altar de San José, una obra de madera construida en el siglo XVIII, y pintaron en el piso: “La única iglesia que ilumina es la que arde”.
Y en los últimos años, es frecuente que durante los festejos del último día de clase de los egresados, que se reúnen en una plaza, se produzcan desmanes.
La pregunta es: ¿por qué el festejo queda asociado al descontrol y a actos de vandalismo?
Latente
“Un final de año de esta forma indica la necesidad de revisar la situación previa, tanto en relación a lo que ocurrió en el San Juan [El Precursor], como a lo que ocurrió en el Buenos Aires en su momento. Tantos destrozos, seguramente, tienen que ver con algo que estaba latente y el colegio no percibió o si lo percibió lo gestionó de una forma tal que generó algún tipo de resentimiento y de fuerzas ocultas hostiles que estallaron de una forma muy dolorosa”, señala el psicólogo y especialista en vínculos, Miguel Espeche.
“Supongo que hay mucho dolor para las personas que han estado en el proceso educativo de chicos que llevan en el último día ese tipo de conductas adelante. Requiere una revisión de lo acontecido y una resignificación de lo que se llama disciplina y una regulación de lo que es la conversación. En ocasiones se subvalora el rol de lo conversado y algunos actos son más significativos en términos institucionales que la mera conversación y el exceso de comprensión de las situaciones. Simplemente, saber cuáles son los márgenes dentro de los cuales se rige la institución, con inteligencia, con buena predisposición, pero no solamente apuntando a una comprensión empática de la cuestión. No solo uno tiene que ponerse en el lugar del otro, sino que también el otro tiene que ponerse en el lugar de uno. Y cuando eso falla en el proceso educativo, a veces se dan este tipo de resentimientos que estallan en actos como este”, agrega Espeche.
“Velocidad excesiva, consumo indiscriminado, violencia creciente, patologías adictivas, y abusos de poder son expresiones desenfrenadas de la vida contemporánea. ¿Cómo absorbemos el exceso, cómo ayudamos a regularlo?”, pregunta la psicoanalista Susana Kuras Mauer.
“La ruptura de los bordes y contornos, que nos enmarcan y nos contienen es responsabilidad de todos. La desmesura, entendida literalmente como falta de medida es tanto una amenaza para nuestro tiempo como un desafío que no podemos eludir. Cuando estamos frente a una hemorragia que no para, no vacilamos en improvisar un torniquete destinado a detener un peligro mayor. Frente al descontrol violento, también hay que tomar medidas contundentes. No miremos para otro lado”, apunta. “Frustraciones y vivencias de vacío o de insatisfacción son posiblemente el origen de aquellos déficits que buscan compensarse llenándose con excesos. Desbordes, descontrol y comportamientos de riesgo, como los que ocurren en torno a las celebraciones de graduación son algunos de sus efectos”, reflexiona.
Según considera Mauer, los adolescentes suelen ser “portavoces contundentes de esta tendencia al desborde”. Y agrega: “Su sensorialidad busca estímulos en megadosis. Sus reacciones suelen ser intempestivas. Ellos mismos son intensos. Tanto el estallido hormonal que los desencaja de sus propios cuerpos, como su modalidad de dormir, de beber, de trasnochar, de transitar por las redes sociales tienen como característica común la desmesura. Rozar el límite y hasta traspasar sus barreras se ha naturalizado como fuente de adrenalina y placer. El funcionamiento que como sociedad nos singulariza está generando distorsiones que confunden. Insisto, no podemos dejar de poner un borde allí donde el desenfreno gobierna”, concluye.
Temor
El psicoanalista Juan Eduardo Tesone, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), coincide. “Es de una complejidad muy grande entender qué pasó. Por un lado, la juventud y la gente que termina el secundario en particular se confronta a un mundo muy hostil, de gran incertidumbre, no tienen una salida laboral clara ni un proyecto que realmente puedan sostener. Esto genera mucho temor, mucha angustia y mucha incertidumbre. Esta violencia que viene del mundo externo puede ser invertida hacia una propia violencia que se despierta. Se ataca aquello que más se quiere, que puede ser la escuela y el ámbito en el que vivieron por muchos años algo muy lindo”, apunta.
Y continúa: “Pero también habría que ver el tipo de vínculo entre la escuela y sus estudiantes. Es llamativo que hayan reaccionado de esta manera. Habría qué ver qué vínculo había entre esos estudiantes y el cuerpo docente. Eso también es un interrogante. Por otro lado, estamos en una época de excesos y parecería que estos son un síntoma de cierta desesperanza de la gente joven ante un mundo que se les escapa y que de algún modo los amenaza, no solo por la dificultad para abrirse paso, sino también porque se habla mucho del destino del planeta, del medio ambiente. Son todas problemáticas que los jóvenes de antes no enfrentaban y que ahora pone al rojo vivo las angustias de todo joven que termina su secundaria y se confronta al mundo”.
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