Con tatuajes, "reconstruye" mamas de mujeres que padecieron cáncer
Diego Staropoli es tatuador y, gratis, les dibuja los pezones a quienes se sometieron a una mastectomía
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En sólo un año, unas 150 mujeres provenientes de toda América latina visitaron un estudio de tatuajes del barrio porteño de Lugano con un mismo objetivo: encontrarse con Diego Staropoli. No buscaban que les dibujara una flor en sus espaldas. Tampoco a un hombre con 25 años de experiencia en manipular la aguja y la tinta. Lejos de eso, fueron con la esperanza de recobrar una parte de sus cuerpos que había sido ultrajada por una enfermedad contra la que lucharon aguerridas.
Entre ellas hay un denominador común: sufrieron de cáncer de mama y se sometieron a una mastectomía que les dejó secuelas físicas. El trabajo de Staropoli es, justamente, tapar esas cicatrices y reconstruir sus areolas mamarias a través de una profesión que lo apasiona: el tatuaje. Y lo hace de manera gratuita. "La gente está tan acostumbrada a que generalmente hay algo malo detrás que hasta cuando se van siguen pensando cuál es el negocio. Y no es ninguno. Yo pongo los materiales y no cobro nada", enfatiza.
Las historias de todas esas mujeres no le son ajenas. "Mi abuela se sometió a una doble mastectomía y mi madre a una parcial", cuenta el dueño de Mandinga Tattoo, ese mítico espacio de Lugano que recibió a personajes como Abel Pintos y Carlos Nair Menem. Pero, ¿cómo surgió la idea de usar su arte para imitar areolas y pezones?
"Me llegó una publicación en Facebook de otra persona que lo hizo para el día del cáncer de mama. Yo lo encaré distinto y decidí hacerlo de forma permanente", afirma Staropoli, quien ahora se dedica exclusivamente a atender a dos mujeres por día.
La demanda es cada vez mayor y, generalmente, hay que sacar el turno con un mes de anticipación. Más allá de que muchas recurren por la precisión del tatuador y la gentileza de no cobrar por su trabajo, otras lo hacen porque no les queda otra alternativa: esa reconstrucción no está incluida en la Ley 26.872, que establece la cobertura de las cirugías reconstructivas y las prótesis necesarias.
Él no se acuerda de todas las personas que dejaron su huella en el estudio, pero hay ciertas historias que lo marcaron y las homenajea con un "Todo vuelve", que se puede leer en una de sus manos entre todos los dibujos que la cubren. "Una vez vino una joven que era tal el trauma que tenía que le había pedido a la madre que le donara las areolas y hasta fueron al cirujano a hacer una consulta", recuerda. El pudor parece repetirse en muchos de los casos que relata: "Otra mujer me contó que no tenía relaciones con el marido desde hace dos años porque le daba vergüenza que la viera así y él la estaba esperando afuera", cuenta.

La difusión que logró a través de las redes sociales lo conectó con personas que jamás hubiese imaginado: "Un día vine al local y había una mujer de Bolivia sentada en la puerta. Cuando me vio me preguntó si yo era Diego, el que hacía 'lo de los pechos'". La mujer viajó durante dos días sin turno y, sin escalas, se dirigió a su local: "No tenía dinero para volver a Retiro. Iba a ir caminando porque lo único que había sacado eran los pasajes de ida y vuelta".
Si bien no puede generalizar, cuenta que la mayoría se emociona mucho y comparte un mismo miedo: la muerte. "El miedo a la muerte se palpa en el aire. Algunas tienen cicatrices que les generan un trauma mayor, pero el miedo más fuerte es ése: que vuelva", observa.
Historias de vida
Lidia Lanvers tiene 63 años. Hace 10 años le diagnosticaron cáncer de mama, se enfrentó a una mastectomía y luego a la reconstrucción de senos.
“Fue terrible porque con la remoción de pechos te ves mutilada, no quería ni mirarme, y luego de la reconstrucción, si bien en la clínica habían trabajado sobre los pezones, me faltaban las areolas y eso hacía que no me sintiera nada cómoda. Los senos son una zona muy femenina. Yo no contaba con el dinero para realizar el procedimiento estético por lo que me había resignado. Un día, una conocida encontró el aviso de Diego en Internet y no podíamos creer que realizara el tatuaje de forma gratuita. Fui hasta su local de lugano, me tatuó y cuando me vi lo único que me salió es abrazarlo fuerte. La vida me cambio totalmente, volvió mi autoestima, volví a mirarme”.
Irina Novogrebelsky es uruguaya, vive en Montevideo y tiene 48 años. En diciembre de 2014 palpó un pequeño bulto del tamaño de una almendra en uno de sus pechos que resultó ser maligno.
“Los médicos realizaron la extirpación e hice quimioterapia. En julio de 2015 decidí realizarme la doble mastectomía para evitar que la enfermedad volviera en el futuro. El doctor que me operó me dijo que a las mujeres mayores de 25 años no les dejaba los pezones porque no quedaban bien. Después de un año, vi un reportaje que le habían hecho a Diego en un diario argentino. La idea de tatuarme me tentó. Viajé en septiembre de 2016 y apenas llegué me sentí súper cómoda, Diego me recibió enseguida y me tatuó rápido, casi sin dolor y con mucho cariño. El tatuaje me cambió la vida, es un procedimiento sencillo que me ayudó a sentirme completa”.
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