“Dormimos sobre una grieta”. A un mes del derrumbe en Parque Patricios, los vecinos conviven con el miedo y denuncian nuevas fallas
Los vecinos que han decidido volver al edificio, desarrollado dentro del plan ProCreAr, viven en alerta permanente; en la torre, aún bajo investigación, se observan daños previos y también posteriores al incidente; las denuncias de los vecinos
9 minutos de lectura'
“El cráter”. Así es como bautizaron los vecinos de la Torre de Mafalda 907 al vacío de hormigón y hierros retorcidos que hoy se hace visible al mirar hacia la base del edificio.
La arquitectura original del complejo Estación Buenos Aires, en Parque Patricios, desarrollado en el marco del Plan Procrear, planteaba un diseño de niveles superpuestos que terminó en desastre: el 3 de marzo pasado, una losa de proporciones masivas que servía de techo al estacionamiento de la planta baja y, simultáneamente, de suelo para un parque elevado en el primer piso, donde los niños solían jugar, colapsó por completo hundiéndose sobre las cocheras.
Desde aquel incidente ha pasado más de un mes, pero en la torre que linda con el área derrumbada, la sensación de emergencia no se ha disipado. Al contrario, se ha vuelto una presencia física que se percibe en los “testigos”: pequeñas marcas de pegamento y yeso que los residentes han colocado estratégicamente sobre las fisuras que atraviesan los pasillos y los huecos de la escalera.
No son arreglos, sino un sistema de vigilancia casero y desesperado. Según explican los propietarios, si el material se fractura, eso probaría que la estructura volvió a moverse.
En una recorrida de LA NACION por el edificio, que continúa bajo sospecha, hay algo que queda claro: los vecinos viven en alerta permanente. Muchos de ellos, sobre todo quienes viven en los primeros tres pisos, señalan tener miedo a que ocurra otro derrumbe debido a las grietas que se observan en las paredes. En los pisos más altos hay menos fisuras, pero aparecen otros problemas: baldosas que se levantan, ventanales afectados y mucha humedad, la cual ya existía, afirman los propietarios, pero empeoró en el último mes.

Mientras abre la puerta para dar inicio al recorrido, Norma Ramírez, residente de la torre, reconstruye con una nitidez dolorosa el trauma de la madrugada del colapso. Para ella, “el cráter” no es solo un pozo de escombros, sino el origen de una noche de evacuación caótica que marcó su vida y la de sus vecinos.
“Esa madrugada explotaron los vidrios de las torres del sector 2 en simultáneo. El ruido fue como el de una bomba. La onda expansiva fue tan fuerte que no entendíamos qué estaba pasando afuera, solo sentíamos que el edificio vibraba”, relata Ramírez mientras señala los marcos de las ventanas que aún presentan secuelas del impacto estructural.
Tras el siniestro, las familias pasaron por estadías en hoteles contratados por Constructora Sudamericana, quien levantó el complejo habitacional. Transitaron también por diversas etapas de evacuación preventiva. Ahora, tras descartarse el riesgo de derrumbe de la torre que estuvo bajo análisis por semanas, la fiscalía autorizó el reingreso parcial. Menos a los dueños de un departamento de planta baja, a quienes no se les permitió el regreso por graves daños en el piso de la unidad, todos los demás vecinos fueron habilitados a regresar. Sin embargo, varios de ellos hoy señalan estar intranquilos.
“Quienes volvimos lo hicimos porque no teníamos otro lugar donde estar. No es que hoy nos sintamos seguros o que alguien nos haya dado una garantía técnica definitiva; es que se nos acabaron los ahorros y no nos queda más alternativa económica que estar acá, durmiendo sobre una grieta”, dice Ramírez.
Los propietarios -la mayoría continúa pagando la hipoteca de sus departamentos dentro del plan ProCreAr- denuncian una cadena de fallas que se han hecho visibles desde la entrega de las llaves de sus viviendas, allá por 2021, y que, creen, pueden haber sido el preludio del derrumbe.
En el cielorraso del living de Leonel tiene un hueco que expone las entrañas de la construcción. Se hace cada vez más grande; el material se desprende ante el mínimo contacto.
“Nos mudamos el 20 de junio de 2021 y para octubre ya empezamos con los reclamos. Antes era solo humedad en una esquina, ahora es un flujo de agua constante cada vez que llueve. Esta es la cuarta vez que la constructora intenta intervenir este techo y el problema persiste”, cuenta el vecino.
Y sigue: “Me dicen que lo arreglan, le ponen un parche, pero el agua vuelve a caer a la semana siguiente. Es una desidia total”, explica con la resignación propia de quien ha perdido la cuenta de los correos electrónicos enviados sin respuesta.
Al observar su departamento, queda en evidencia que los daños por filtraciones son varios: las cerámicas del suelo se han levantado de su base, formando desniveles pronunciados que dificultan el movimiento de las puertas internas. “Ayer mismo, mientras un equipo de la constructora intentaba colocar la puerta que los bomberos habían tenido que forzar para entrar durante la emergencia, las baldosas saltaron solas frente a ellos. Fue como si la tierra estuviera empujando desde abajo. Se quedaron mirándolas en silencio, sin saber qué decir”, cuenta.
Observador involuntario
El recorrido por la torre desemboca en la unidad de Liz, un departamento que se convirtió en el observador involuntario del desastre: su balcón tiene vista directa a “el cráter”. Para ella, la reconstrucción de lo ocurrido no es solo un relato de esa madrugada de pánico, sino una lista de daños que, según denuncia, la constructora intenta invisibilizar.
Tras el primer desalojo, Liz volvió un viernes para restablecer los servicios y la ventana estaba intacta; el edificio parecía haber resistido. Sin embargo, el domingo siguiente, cuando regresó con su hija de seis años para buscar ropa para la escuela, la pequeña le advirtió lo que los adultos no habían notado: “Mamá, mirá, se rompió la ventana”. Lo que encontró fue un cerramiento doblado y los vidrios estallados.

“La constructora y la Guardia de Auxilio estuvieron acá y vieron cómo estaba el departamento; no se pueden hacer los desentendidos ”, afirma Liz.
La respuesta oficial de Cosud fue que el daño no tenía vínculo con el derrumbe, sino que seguramente se debía a los “fuertes vientos” o a una falla en la carpintería.
La propietaria no lo cree: “Hace dos años que está este cerramiento, pasaron tormentas de todo tipo, incluida la del 17 de diciembre de 2023, y no pasó nada”, se queja. Ante la falta de respuestas y la necesidad de proteger a sus hijos del frío que entraba por el ventanal roto, tuvo que pagar la reparación con dinero propio.
La crisis, sin embargo, se profundiza al mirar hacia abajo. Desde su ventana se ven, todavía atrapados bajo el hormigón, los dos vehículos y la moto de la familia. “Nos quieren conformar con un subsidio de $800.000 después de todo lo que perdimos”, denuncia Liz.
Dice que el daño más difícil de reparar es el que no se ve: el trauma de su hija, que hoy no se separa de ella. Ante cualquier ruido nocturno, la niña la busca con la misma pregunta: “¿Se va a derrumbar otra vez?”.
“No nos dejan escriturar”
Para Federico González, otro de los vecinos afectados, el colapso del 3 de marzo fue el final anunciado de una “estafa” que empezó el mismo día de la entrega del departamento, el 3 de marzo de 2021. “Ese día vinimos todos a ver los departamentos y ya notábamos balcones rotos y grietas. Lo informamos a la constructora Cosud y al IVC (Instituto de Vivienda de la Ciudad)”, denuncia.
Federico dice vivir en un limbo jurídico: “Como no nos dejan escriturar hace cinco años, no podemos formar consorcio. El Banco Hipotecario pone al administrador y nosotros estamos atados de pies y manos”.
“Los ascensores los cambiamos siete veces de empresa y se siguen rompiendo porque están mal hechos; las bombas de agua no funcionan y las filtraciones son constantes”, suma el vecino.
En los pasillos comunes, ante la falta de materiales originales, la constructora repuso las baldosas dañadas con piezas de colores diferentes, dejando un mosaico de parches.
Alivios impositivos
La Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires aprobó el viernes pasado por unanimidad una ley que establece beneficios fiscales para los vecinos afectados por derrumbe. La norma contempla una serie de alivios impositivos sobre el Impuesto Inmobiliario y la tasa de Alumbrado, Barrido y Limpieza (ABL). En concreto, establece la condonación de las deudas correspondientes a las cuotas de marzo y abril de 2026, y una exención total del pago desde mayo hasta diciembre de este año.
Además, la ley también incorpora medidas específicas para los propietarios de vehículos dañados durante el derrumbe. En estos casos, se dispone la condonación de la cuota 02/2026 del impuesto a las Patentes y la exención del pago entre marzo y junio de este año.
El texto aprobado también prevé que los pagos ya realizados —incluido el pago anual 2026— sobre períodos ahora eximidos sean reintegrados de forma directa a los contribuyentes. Para agilizar la devolución de los fondos, se los exceptuará del requisito habitual de verificación de deudas tributarias pendientes.
Muchos vecinos se muestran inconformes. Además, denuncian que siguen pagando expensas (entre $50.000 y $60.000 ahora).
Sostienen, sin embargo, que el costo humano es el más desgarrador. “A los tres días de volver, un chico de 18 años se intentó matar y lo tuvimos que rescatar entre los vecinos”, afirma Federico.
El estrés también está afectando a las mascotas: “Ya murieron tres animales y ahora una vecina tiene que dormir a su gato porque dejó de comer desde el derrumbe”.
El recorrido finaliza en las áreas comunes de Mafalda 907, donde la degradación de los servicios básicos es la constante que acompaña la incertidumbre estructural. De los cuatro ascensores instalados, solo dos funcionan y de manera irregular, lo que ha generado incidentes recientes con personas atrapadas que debieron ser rescatadas por Bomberos.
Las bombas de agua operan por debajo de su capacidad, dejando a los departamentos de los pisos más altos sin suministro durante horas.
Al caer la noche, la gran mayoría de los departamentos permanecen a oscuras, con sus dueños aún refugiados en casas de familiares o amigos, temerosos de volver a sus departamentos. Solo un tercio de ellos volvieron a la torre, calculan los vecinos que sí regresaron.
Quienes volvieron conviven con el monitoreo manual de las grietas mediante testigos de yeso y el sonido de los peritajes que continúan excavando en el cráter, a la espera de una señal definitiva de seguridad que todavía no llega.
1Cierre nocturno de la autopista Illia: será para avanzar en las obras del paso bajo nivel y del anillo peatonal Pampa
2Día del Beso: por qué se conmemora cada 13 de abril
3“Oasis de vida”: restos de un plesiosaurio permiten conocer cómo era el ecosistema antártico hace 65 millones de años
4Este detox puede borrar 10 años de daño cerebral por redes sociales, dicen los investigadores




