Edgardo Cozarinsky: "Detesto la nostalgia. No quisiera haber vivido en otro tiempo que el que me tocó"

Durante mucho tiempo, Edgardo Cozarinsky citaba en el bar Santé de Azcuénaga y Peña. Era más que su oficina: era también una especie de casilla de correos, cantina, conserjería, recepción y trastienda. Cuando invitaba al estreno de alguna de sus películas, por ejemplo Apuntes para una biografía imaginaria, las entradas se retiraban invariablemente allí, en el mismo lugar en el que más tarde se bebía con él una botella de champagne. Pero después pasó lo que pasa siempre. La ciudad, como sabía Baudelaire, cambia más rápido que el corazón de un mortal. Santé cambió de dueño, dejó de ser lo que era y Cozarinsky se mudó a Los Galgos, en Callao y Lavalle. Se siente un poco en familia. "Como todo solitario, me creo segundos hogares. Durante años tuve Santé, en la esquina de casa, hasta que el amigo Pablo Osan debió abandonarlo. Aquí en Los Galgos, rescatado de una larga decadencia a fin del año pasado, me encontré con que lo dirige Julián Díaz, amigo del 878 de la calle Thames, y con Nicolás Abate que era sommelier de Santé. Familias de elección".
Si Cozarinsky gesticula, por debajo de la manga izquierda de la camisa despunta en la muñeca una figura rojo intenso, casi punzó. Podría parecer una herida o la marca dejada por algún procedimiento médico. Pero es algo muy distinto: un ensö, ese círculo zen, por lo general incompleto, que también se repite frecuentemente como motivo en la caligrafía japonesa, y que Cozarinsky decidió tatuarse en el interior de la muñeca. No le gusta mostrarlo ni hablar de eso. Probablemente haya influido en él y en su actual interés por el budismo (aun cuando zen y budismo no se confundan) el viaje que hizo hace poco más de un año al templo camboyano de Angkor Wat. Como sea, de eso no habla.
De lo que sí habla es de sus nuevos libros. Son dos, Dark (Tusquets) y Niño enterrado (Entropía); el primero tiene apariencia de ficción, una ficción acaso engañosa en la que un adolescente transita varios ritos de iniciación por cortesía de un hombre mayor de vida incierta, más bien turbia y algo marginal; el segundo se presenta como una serie de ensayos de entonación autobiográfica.
Pero en la poética de Cozarinsky no existen tabiques fijos. Juega siempre con aquello entredicho, entreoído, con los sobreentendidos, los rumores de verosimilitud, con las sospechas del lector. Ambos libros tiene también algo más en común: la mirada lejana, del hombre ya mayor, sobre la vida pasada, incluso la propia vida que fue y que vuelve sólo en el recuerdo. ¿Qué deudas impagas quedan con el adolescente y el niño enterrado? "No quiero mezclar estos dos libros -se ataja Cozarinsky-. No creo arrastrar deudas impagas. La ficción en Dark es la red donde se mezcla lo actuado, lo temido y lo deseado por dos personajes sin nada en común más allá de una relación ambigua. En Niño enterrado volví al diálogo de textos breves y citas de lectura de Vudú urbano, un vaivén en que lo personal, ausente de la anécdota en la novela, aquí se refleja en los rastros de mis lecturas. La lectura, que siempre es parte de lo vivido."
-Si bien no existe cosa peor que recordar el tiempo feliz en la desgracia, hay un desapego en tus recuerdos, como si fueran de otro, como si se narraran, y así sucede, en tercera persona. ¿Por qué?
-Creo que hablás de Niño enterrado. Con la tercera persona quise poner distancia con lo recordado, crear una ilusión de objetividad para exorcizar lo que pudiera ser demasiado subjetivo. Sería la inversión del "yo es otro" de Rimbaud, que es lo que ocurre cuando un escritor usa la primera persona. Aquí "el otro es yo".
-¿Es Dark tu Bildungsroman? Te aclaro que no quiero decir con eso que sea necesariamente la novela de tu formación, sino tu incursión en el género de la novela de formación.
Ajá. Dark como Bildungsroman de un escritor... El lector siempre descubre algo que el autor no supo ver. No es mi anécdota, pero pienso que en el sentimiento muchos escritores nos reconoceremos. Aunque no lo pensé como Bildungsroman, se me ocurre que leído como tal sería una novela de formación tan irónica como emotiva: a medida que avanza la narración, con los desvíos y cambios de perspectiva que le concerté, se me ocurre que el escritor viejo recupera, elabora y tal vez mienta sobre lo que fue su formación.
-Podría pensarse que, dejando aparte las amistades, la compañía del solitario son las evocaciones. Por otro lado, o por el mismo, esas evocaciones parece ser la matriz de la ficción, en un juego de lo velado y lo entrevisto. ¿Funciona así?
-La ficción, por lo menos la que a mí me interesa, trabaja con posibles, no con certezas. ¿Qué ocurrió entre San Martín y Bolívar en Guayaquil? Las interpretaciones políticas o psicológicas no agotan el misterio. La persona anónima registrada en un noticiero viejo, que mira el paso del ejército alemán cuando entra en París ¿está allí por simpatía? ¿Por simple curiosidad? ¿O iba a cruzar la avenida y el desfile no se lo permitió? Conozco muy parcialmente a los personajes de mis cuentos y novelas. Me limito a proponer algún motivo para su conducta, respetando la zona de oscuridad que les es propia. Son una materia palpitante, y es mejor no manosearla.
-Hay en tus textos, y uso la palabra "textos" para desentenderme un poco de los géneros, nostalgia por lo tiempos idos. Personajes y escenas de lo que podría haber sido, o que fue y no volverá a ser. Sin embargo, vos no nos especialmente nostálgico. ¿Qué es el pasado? ¿O el pasado directamente no existe?
-Detesto la nostalgia. No quisiera haber vivido en otro tiempo que el que me tocó. Cito de memoria a Borges: "Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir". En lo que escribo, puede haber fascinación por un tiempo perdido, espero que no haya nostalgia. Lo dije a menudo: el pasado es para mí una reserva ecológica de materiales de ficción donde me gusta internarme. En un recorte de diario puedo encontrar la punta de un hilo que me permitirá armar una trama. Y el pasado se deja novelar, el presente no me lo permite.
-El tópico es que la infancia es uno de nuestros paraísos perdidos. ¿Qué queda para la adolescencia?
-¿La infancia como paraíso perdido? Por favor, eso es una invención de la insatisfacción adulta. La adolescencia tampoco me parece un paraíso, campo de batalla de inseguridades y vagos deseos de independencia, de avanzar tanteando en la oscuridad. Ocurre que con los años, al mirar hacia atrás, muchos confunden ignorancia con inocencia, y tienden a fantasear con "el camino no tomado", que por no tomado parece haber prometido una vida más interesante que la del adulto nostalgioso...
-Hay algo que, si no me equivoco, aparece frecuentemente en tus ficciones, películas y ensayos: las relaciones entre centro y margen, el submundo, ¿no?, entre lo alto y lo bajo. ¿Qué te interesa de cada uno de ellos y, por otro lado, crees que uno necesita del otro para completarse?
-Es más bien la interacción lo que me interesa, más que algo propio del centro y de los márgenes, de lo alto y de lo bajo... Por otro lado hace un siglo que se han convertido en categorías fluctuantes, a menudo permutables. En la Argentina ese diálogo ha sido constante hasta que el populismo inventó la etiqueta nac& pop, que por suerte quedó relegada a una cadena de fastfood. Las letras de tango acudieron con frecuencia a tópicos de la poesía latina, como el ubi sunt: "¿Dónde están los muchachos aquellos?" entre cientos de citas posibles. Y la más alta pintura figurativa argentina, de Sívori a Berni, no se dedicó a retratar salones. Como en muchos aspectos de la vida, no sólo de la literatura, es el diálogo lo que me interesa, la conversación permanente que cruza, no sé si derriba, fronteras.
-Una curiosidad personal. Margarita Fernández me mostró una vez una foto de una gira con el Grupo de Acción Instrumental, en el filo entre los 60 y los 70. Además de ella, están allí Jorge Zulueta, Jacobo Romano y vos. ¿Cómo recordás ahora esa época? Pienso también en Alberto Fischerman y en el film La pieza de Franz.
-Recuerdo poco la época, sólo los individuos. Tengo una admiración inmensa por Margarita Fernández. Algún día quisiera filmarla ante el piano, tocando el Intermezzo op. 117 nº 3 de Brahms. En cuanto a Alberto Fischerman, él me empujó a hacer cine y gracias a él me embarqué en lo que resultó "..." (Puntos supensivos).
-¿Y la amistad? No conozco a nadie que tenga tantos amigos y tan distintos entre sí como vos. ¿Es azar?
-Tal vez se deba a que me interesa la gente. No pretendo encontrar mi reflejo en los demás, más bien lo contrario. Mis lazos de amistad más fuertes son con personas en quienes reconozco una elección de conducta, un gusto, aun una manía, que no son banales. Y con quienes puedo compartir cierto sentido del humor. Extiendo a ellos algo que dije sobre mis personajes: en los amigos me atrae la reserva que guarda el individuo, cierto misterio que intuyo en su conducta. Sólo puedo entrever ese aspecto y prefiero no conocerlo.
-Me pregunto cómo es la amistad cuando se vive en dos orillas. ¿Qué extrañás de Buenos Aires cuando estás en París, y qué de París en Buenos Aires?
-Nada. De cada ciudad me gusta lo que no tiene la otra, de modo que nunca extraño. No busco el supermercado cultural parisino en Buenos Aires ni la calidez de la amistad porteña en París. Durante los casi doce años en que no viví en Buenos Aires, me fabriqué una ciudad portátil, como un pulmotor. Desde que volví a instalarme aquí, y a menudo visito París, ya no lo necesito.
Bio
Profesión: cineasta y escritor
Edad: 77 años
Tuvo su inicio en la ficción de una manera espectacular; Vudú urbano (1985), volumen de brevedad fulminante prologado por Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante. Vendrían después El rufián moldavo, La novia de Odessa, Maniobras nocturnas y varias películas.
1Así funcionan los supermercados hoy, jueves 1° de enero de 2026
2“Parece los Hamptons”. De la fiesta más exclusiva a una novedad en el aire de La Punta: así se vivió Año Nuevo en el Este
3“Cuando el Lanín quiere que subas, subís”: dos avezados guías detallan cómo es el ascenso que no pudo concluir Petersen
4Ruta a Brasil en auto: qué documentación necesito para ir desde la Argentina





