El "auténtico" faro del fin del mundo desafía el paso del tiempo
Por Mariano Wullich Enviado especial
1 minuto de lectura'
ISLA OBSERVATORIO.- Sus destellos no encontraron la inspiración de un novelista como Julio Verne para que los desparramara en papel y los diera a conocer como hizo con los de "El faro del fin del mundo".
Pero sus luces guiaron, acompañaron y salvaron a centenares de marinos que durante años se adentraron, por el este de Tierra del Fuego, en las aguas australes que rodean y conducen hacia el continente blanco.
Muchos hablan aún de aquella torre de la novela, que desapareció hace tiempo y que hace un año y medio fue recreada con una réplica en el mismo lugar donde estuvo enclavada, en la bahía de San Juan de Salvamento, al este de la isla de los Estados.
Pero pocos conocen que en esta isla, unos kilómetros más al Norte que aquélla, todavía se mantiene en alto, con su pintura a franjas medio desgastada y sus hierros soportando todos los vientos de la historia, el faro Año Nuevo, para muchos conocedores de estas aguas "el otro faro del fin del mundo" o, quizás, "el auténtico".
Es que esa estructura fue la que sobrevivió al tiempo, la que reemplazó, hace casi un siglo, a la de San Juan de Salvamento. Y, sobre todo, es la que tuvo una posición singularmente estratégica para quienes navegaban hacia el Sur sin peligro de encallar en el conjunto de las islas de Año Nuevo, en donde está la del Observatorio.
Su luz se encendió el 1º de octubre de 1902, cuando se apagó para siempre la que inspiró a Verne. Su construcción había sido recomendada once años antes por "las ventajas de una posición inmejorable", según decía el Boletín del Centro Naval, que precisaba: "Es el punto de vanguardia de todo el sistema peligroso de la isla, por no ser tan sensible a las brumas y por permitir al personal vigilar todo el horizonte y poder prevenir o acudir a un siniestro".
Así nació este faro, el tercero en el litoral marítimo argentino, después del de Martín García y el de San Juan de Salvamento. La torre, de 60 metros de alto, supo hacer llegar sus destellos a más de 18 millas náuticas, y tiene en su base una construcción de seis ambientes levantada con ladrillos y chapas acanaladas. Ya no está a 200 metros de allí el observatorio magnético que dirigía el teniente de fragata Horacio Ballvé para cooperar con las expediciones antárticas internacionales, pero sus hierros están intactos y el resto de su estructura merece ser restaurada.
La Asociación Amigos de la Isla de los Estados valoró esto en toda su dimensión. No sólo logró que fuera declarado monumento histórico, sino, además, que la Armada Argentina resolviera, hace dos meses, prestar todo el personal necesario y el apoyo de una unidad para el traslado de la gente y la carga de materiales fundamentales para su restauración.
Vestigios de historia
Uno de los primeros informes de quienes visitaban la isla contaba cómo era todo por allí en ese entonces:"Las aves marinas abundan, especialmente los grandes petreles negros conocidos como "quebrantahuesos". Este buitre de los mares se alimenta de cadáveres de lobos marinos que devuelve la marea. Se harta de esa carne hasta no poder levantar vuelo. Cuando no encuentra ningún otro alimento para saciar su voracidad, ataca a pingüinos y gaviotas, a las que les abre el cráneo con su pico robusto. De ahí que los antiguos navegantes españoles lo llamaran así".
Se rescata del primer libro de guardia del faro: "Octubre. Buques a la vista, 8 fragatas, 3 barcas y un vapor. Día 1, se inauguró el nuevo faro y por probarlo se prendió la luz media hora antes del horario reglamentario".
Otro informe mostraba cómo se subsistía en la isla: "Con fecha 26 (noviembre, 1904) fondeó el transporte Guardia Nacional dejando seis meses de víveres, 39 cajones de kerosene y el pago de tres meses al personal". La dieta se completaba con capones lanares criados en la isla; otro combustible era el carbón.
Se recuerdan también los arribos de la corbeta Uruguay, famosa por sus rescates, y los informes del primer torrero, el cabo 1º Manuel Díaz, que además de haber relatado naufragios fue quien construyó, con madera de una vieja embarcación, el ataúd para enterrar a Fidel Montenegro, el único que murió en la isla.
Pasaron los años, y en Observatorio no quedó nadie. En 1997, el velero Callas llegó aquí para hacer un reconocimiento. Sus tripulantes encontraron muchos petreles negros, una multitud de descendientes de las siete parejas de conejos grises y negros que Díaz trajo a la isla, el observatorio destruido y el faro casi intacto.
Al regreso, informaron:"En el interior del faro vimos víveres, un ejemplar del diario La Nación de 1995 y demás elementos dejados por alguien que pasó por el lugar, por si otra persona los pudiese necesitar. También comprobamos que van desapareciendo ladrillos de la construcción; evidentemente, se han convertido en souvenirs ".
La isla Observatorio es otra parte de la Argentina plagada de historias, llena de leyendas, henchida por el coraje de los hombres que desafiaron el frío y la soledad. Pronto, otros hombres se ocuparán de que mucho de aquello no se pierda, para que el faro Año Nuevo siga siendo "el otro faro del fin del mundo, el auténtico".



