
El dilema sobre las fotos tomadas por asalto
Si bien no existen proclamas éticas respecto de la publicación de imágenes, se debería respetar el dolor
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Los dilemas éticos no se afrontan como una elección entre lo bueno y lo malo, sino entre lo bueno y lo bueno en la búsqueda de algo superior: la excelencia. Es palabra de Javier Darío Restrepo. Uno de los más reconocidos expertos en ética periodística del continente y un maestro de periodistas en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), fundada por Gabriel García Márquez.
Esta semana, la ética y el derecho a la intimidad han vuelto al centro del debate. Simultáneamente, las fotografías "robadas" a dos celebridades, capaces de vencer la futilidad del tiempo, volvieron a conmover a la opinión pública.
Son las imágenes de Diego Maradona, internado en grave estado en una clínica de Buenos Aires, y de la difunta princesa Diana de Gales, en estado agonizante en el túnel del Alma, en París, reveladas por una cadena de TV norteamericana.
El tema no es nuevo. En 1981 una enfermera de una clínica de La Plata se arriesgó, por dinero claro está, a tomar una fotografía del político radical Ricardo Balbín, en estado agonizante, que la revista Gente publicó en tapa. Los deudos ganaron un pleito contra la publicación por vulnerar el derecho a la intimidad.
Consultado por LA NACION, el abogado y analista de medios, Damián Loretti, dice: "De acuerdo con la legislación vigente, en relación con el derecho a la imagen y a la honra y al derecho de publicación, ni siquiera hay bienes jurídicos en conflicto hasta que una fotografía no se publica. Sólo después se aplica la responsabilidad. El caso de las imágenes tomadas a los niños es distinto porque rige otra convención internacional".
Loretti explica que, por el artículo 1071 bis del Código Civil, el damnificado puede exigir el cese de la conducta que lo perjudica y ser indemnizado por el perjuicio sufrido.
Agrega que "lo crucial es plantear una mirada autorregulatoria sobre el tema. Si hubiera una proclama ética de los pares al respecto, se podría eludir la acción judicial".
El especialista en medios, de la Universidad Austral, Carlos Alvarez Teijeiro pone en sintonía el asunto con este planteo: "¿Qué tipo de propiedad tenemos sobre el dolor de los otros como para creernos capaces de venderlo? El sufrimiento humano nunca debería ser tratado como una mercancía, porque tiene que ver con un individuo".
El doctor en educación de la Universidad Nacional a Distancia de España (UNED), Roberto Aparici, que está en Buenos Aires, incorpora nuevos elementos al tema: "Así como hay un mercado mundial de arte donde las obras salen a subasta y se cotizan a precios altísimos, existe un mercado global de imágenes de personas famosas por las que se pagan sumas siderales. Sobre todo, porque esas fotos son revendidas una y otra vez".
Especialista en "educación para los medios" y director del máster de Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación de la UNED, Aparici rescata un dato que no es menor: "Hay una sociedad que consume estas imágenes porque necesita fetichizar a sus ídolos". Y dice que, una vez puestas en ese mercado visual, las tomas del número 10 que lucha por su vida pueden llegar a cotizarse "entre 60.000 y 100.000 euros".
Coincide Alvarez Teijeiro cuando dice: "No comparto la acción maniquea de culpar sólo al periodismo, porque hay una sociedad que consume esas imágenes. Ese público inescrupuloso, que además se escandaliza, es económicamente rentable. La calidad periodística también depende de una ética del consumo".
Según enseña Restrepo, "vivimos en un planeta en erupción en el que se está imponiendo una especie de ética de sobrevivientes. Para sobrevivir tenemos que acatar ciertas normas. De lo contrario nos perjudicamos todos".
Y para García Márquez, "la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón".
La defensa de la intimidad
La otra cara de la ética conlleva a veces situaciones inauditas.
Hace unos años, el reportero gráfico Esteban MacAllister vio morir de un paro cardíaco, durante una emisión del programa televisivo "Hora Clave", de Mariano Grondona, al político demócrata cristiano Carlos Auyero.
"Fui uno de los tres fotógrafos que estaba ese día en el estudio. Decidí no hacer la foto por razones éticas y los otros dos colegas actuaron igual. Yo trabajaba en una revista semanal de actualidad política y cuando conté lo sucedido, me despidieron."
MacAllister dice que "el área de fotografía es donde mejor se visualizan los dilemas éticos, la censura y la libertad de conciencia. Para ser reportero gráfico hay que tener, antes que nada, respeto por uno mismo. Lo más preocupante es saber que si alguien publica las fotos de Maradona, ese medio va a aumentar sus ventas porque hay un lector no crítico que lo consume".
En el derecho penal no pueden aplicarse penas por analogía, por ello la solución legal para casos como el de Maradona no es una querella por injurias u otra del estilo. "Si alguien viola el domicilio de una persona agonizante para tomarle una fotografía, el delito es la violación de domicilio, pero no la imagen. En este sentido tampoco hay acciones preventivas porque cualquier intervención raya con la censura", dice Loretti.
La periodista Sylvina Walger, que se inclina ante todo por la libertad de prensa, sostiene que frente a estos dilemas éticos, "los límites los tiene que poner el propio reportero y su editor. Es muy común escuchar que un fotógrafo diga que él no haría tal cosa si no hubiera un público que consume. Es la lógica marketinera del mercado".
Para Alvarez Teijeiro, al derecho de consumir ciertas imágenes por parte de un público determinado, hay que oponerle el derecho de un individuo "a curarse y a no ser expuesto en su dolor".
Un debate de nunca acabar. A modo de corolario bien vale esta anécdota de MacAllister. Cuando murió el director de cine Daniel Tinayre, esposo de la diva Mirtha Legrand, una multitud se concentró para ver partir el cortejo fúnebre. Una nube de paparazzi aguardaba el paso de la artista y sus hijos. Una dama se acercó a los fotógrafos y les rogó no tomar imágenes. La respuesta colectiva fue que no comprara ninguna revista que publicara las fotos. La mujer, sorprendida, les respondió: "¡Ah, miren si me lo voy a perder!".
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