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Gastronomía

El ex Paseo de la Infanta, un circuito gastronómico cada vez más convocante

María Ayzaguer
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1 de marzo de 2019  • 18:44

En una tarde de verano perfecta, y pese a ser un día de semana, la sucursal del restaurante Moii de los Arcos del Rosedal (Ex Paseo de la Infanta) trabaja a salón casi completo. "A las 6 tal vez se tranquiliza", dice ajetreada la encargada. La hilera de locales gastronómicos que se abre a través del paseo tiene una fuerte apuesta al diseño que invita a sentarse y a sacarse fotos, tal como lo hacen quienes andan ahora por ahí. Se trata de una opción menos congestionada que el resto de Palermo y con un recorrido al aire libre que atrae a cada vez más gente. Durante el día lo visitan vecinos, turistas, trabajadores con computadoras y deportistas. En cuanto empieza a caer la tarde y a correr el happy hour llega el público más joven.

Crédito: Diego Spivacow

Este pasaje que corre debajo de las vías del ferrocarril San Martín, en Palermo, se consolidó como circuito gastronómico y desde hace ya unos tres años muestra a diario ese mismo esplendor que había alcanzado en los años 90. Son once locales, uno al lado del otro, que forman un polo gastronómico con impronta gourmet, donde las hamburguesas que se sirven ostentan premios, las salchichas son alemanas y el choripán puede ser de cordero o de jabalí. Todos los restaurantes tienen amplios sectores al aire libre, y el corredor central que los atraviesa es un desfile cada fin de semana. Cafeterías, heladerías y bares de cócteles completan la oferta.

Santiago Vega Olmos, un profesor de música de 36 años, está sentado en el bar de crepes. Vive por la zona y es runner. "Vengo cada vez que puedo y tengo tiempo, porque la verdad que está divino. He traído a amigos españoles y les encantó. Junto con el Rosedal es un paseo redondo", cuenta. Tuvo que negociar con el amigo que lo acompaña una opción vegetariana, de lo contrario, asegura, estaría a unos metros, en Williamsburg, hamburguesa que fue elegida como la mejor de la ciudad en 2017.

Crédito: Diego Spivacow

"Hay muchísimo movimiento", cuenta Johny Hurcade, encargado del restaurante Rock and Ribs, que desembarcó ahí hace tres años. Tanto, que recientemente comenzaron a abrir también los lunes al mediodía. "Tuvimos que hacerlo por la cantidad de gente que había en el paseo", dice. Allí el 2x1 en tragos tracciona al público vespertino: dura de 16 a 20.30 y de la 1 hasta alrededor de las 4.

El movimiento ocurre también con los locales: en cuanto se va uno, otra propuesta lo reemplaza enseguida. Divisadero, la apuesta de playa en la ciudad del reconocido bartender Tato Giovannoni cerró sus puertas antes de cumplir un año. En su lugar, hace un mes funciona La Mala, uno de los bares que más jóvenes convoca. Junto con Avant Garden y Rabieta, la cervecería artesanal que funciona en la confitería del cercano Hipódromo, se generó un importante polo nocturno en la zona. También ya estuvieron por ahí y se fueron Naná, el clásico Mc Donald's, la pizzería Coronita, el bar de jugos Ju y la heladería Lucca.

Crédito: Diego Spivacow

Los nostálgicos recuerdan el esplendor de los noventas. Entonces era un concurrido paseo con discotecas, galerías de arte, juegos de niños y clásicos de comida rápida como Pumper Nic y Wendy’s. En ese contexto, el 5 de febrero de 1996, una escultura de más de 200 kilos sin habilitación cayó sobre tres niñas de la colonia del Club Banco Hipotecario. Brenda Iglesias tenía seis años y murió al instante. Y pronto comenzó el abandono. La dueña de la galería Der Brücke, el escultor y funcionarios del gobierno porteño fueron imputados por el hecho, pero nadie fue condenado. En julio de 2007, la Legislatura de la Ciudad dispuso que todas las veredas y terrazas paralelas a los arcos del viaducto ferroviario se llamarían "Paseo Marcela Brenda Iglesias", nombre que hoy se mantiene visible en el ingreso desde la Avenida del Libertador.

La recuperación más notoria se dio en el 2012, año en que desembarcaron en los arcos sucursales de las cadenas Mc Donald's y Starbucks. Hoy funcionan ahí la heladería marplatense Lucciano's, Williamsburg, Nola con su segundo local y su oferta de comida cajún, Chori que reversiona el clásico argentino y Komyün, una apuesta japonesa con buena coctelería. De los mismos dueños, Avant Garden concentra al público juvenil con cervecería alemana y marcada oferta musical. A partir de las seis de la tarde, los más jóvenes también eligen La Mala. Möoi, de la chef Jessica Lekerman, tiene público constante y Rock and Ribs tienta a los extranjeros. Santa Crepa ofrece una variedad de opciones dulces y saladas y Starbucks se mantiene firme desde entonces.

Crédito: Diego Spivacow

Agustín Schlesinger, creador de Avant Garden y Komyün, fue uno de los pioneros en reservar un local en "la vuelta" del ex Paseo de la Infanta, en el 2016. "Sabía que este lugar se iba a llenar de gente. El resto de Palermo estaba muy saturado y esto fue como un oasis. Por eso la gente lo tomó tan bien", cuenta. Hoy planea abrir ahí un tercer local que recree la experiencia gastronómica que realizó este verano en Punta del Este con Francisca. Estará inspirada en los fuegos, tendrá un horno de barro y apostará a la experiencia musical. Se estima que abrirá a fines de mayo.

Los dueños de La Mala también están en tratativas de poner otro local al lado del que ya administran. El actual apunta directamente al nicho del after office: abre de miércoles a domingo, a las 6 de la tarde y convoca a una horda de mayores de 24. "Es un boom, está explotado todos los días y no paramos de tener reservas", cuenta Nicolás Cotella. Junto con su socio, Ignacio Lubschik, tienen una productora de espectáculos. Respecto de la ubicación, cuenta que ya se conformó un polo al que la gente llega solo: "Tenés toda la parte más gastronómica y después el segmento más de noche. Está lleno de locales y todos convocan".

Crédito: Diego Spivacow

Lucía Tomasín toma un helado de cucurucho con sus dos hijos. "Volvió el auge", dice sentada al sol. Ellos viven cerca de la estación Carranza y llegaron en bicicleta, aprovechando el día de vacaciones y la tarde radiante. "Nos queda súper cómodo el paseo, y de paso aprovechamos la excusa y nos refrescamos con un helado". Su crítica: faltan bicicleteros y precios más amables.

"Esto explota los fines de semana, los días lindos y los feriados", precisa Paolo Simonetti, gerente de Chori. Ahí atienden a un público de entre 20 y 35 años y, este verano en particular, a muchos turistas extranjeros que llegaron atraídos por la devaluación del peso. "Hay muchos brasileños, japoneses y algún que otro estadounidense. El fin de semana tenemos un público mucho más familiar, en la semana vienen más chicos jóvenes por la cerveza y tragos con happy hour". ¿Atienden deportistas? "Casi ninguno, para ellos no es muy ético el choripán".

Verónica Barreiro acaba de terminar de dar unas vueltas corriendo al Rosedal y se está autopremiando con un café. "Me lo gané", se ríe. Entrena hace muchos años ahí y está contenta con la renovación de los locales, que cree que cambiaron para bien el paisaje y el movimiento de la zona. Eso sí, le gustaría que el recambio hubiera llegado también respecto de los trapitos, que siguen rondando por los alrededores.

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