El juego extremo

María Rosa Lojo
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16 de enero de 2014  

"Jugar con las formas, arrancarlas de sus límites naturales y darles milagrosamente otro destino, eso es la poesía", se dice en el Adán Buenosayres (1948) de Leopoldo Marechal. Quizá pocos poetas hayan realizado de forma tan cabal como Juan Gelman esta concepción de la vanguardia. Su compromiso político, su exilio, los hechos que marcaron de manera trágica su vida podrían hacer creer a quienes aún no lo han leído, que la palabra de Gelman es sobre todo una poética de militancia. Sin duda, sus libros están atravesados por estas circunstancias, de un modo a la vez público y desgarradoramente íntimo. Baste pensar en textos como Interrupciones I y II , Carta a mi madre , Valer la pena o País que fue será .

Pero la militancia, transida de agonía, no sólo es asumida como apuesta existencial que lleva al sujeto a los límites del dolor y el desamparo, sino que se transfigura en construcciones verbales de audacia extrema, de poderosa hibridez lingüística y semántica. El "juego" al que alude Marechal y que explora Gelman hasta el hueso es el juego de la creación en todas sus facetas deslumbrantes y siniestras, en una aventura que destruye lo dado para armarlo de nuevo en un mundo alternativo y que coloca la condición humana en el borde de sí misma.

Gelman, poeta de neologismos y mestizajes, nostálgico del Gotán (1962), porteño del universo, místico de contrabando, autor de maravillosas variaciones teresianas, visitador clandestino de las moradas más altas de la luz y del cuerpo, falso traductor de poetas inventados, capaz de imaginar a Dios como una mujer que mueve sus pechos con dulzura ( Relaciones ) y de reinventar la lengua de la España judía ( Dibaxu , 1985), autor de Fábulas (1971) y de Carta abierta (1980), distorsionador de la sintaxis para Mundar (2007) de nuevo lo que vemos: es ése el que se ha ido, y esto es, entre tantos dones, lo que nos deja.

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