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El Mar Muerto bonaerense: buscaban petróleo pero encontraron aguas rojas termales

Leandro Vesco
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5 de diciembre de 2019  • 15:01

En el año 1938 había una corazonada entre los geólogos bonaerenses que suponía que en el sur de la provincia había petróleo. A 400 metros del Río Colorado, a 500 de la ruta 3 y a cuatro kilómetros de Pedro Luro (Partido de Villarino), levantaron una torre y comenzaron a perforar la tierra. El 21 de mayo de 1941 y luego de estar tres años persiguiendo el sueño de hallar oro negro, el taladro se encontró a 968 metros de profundidad con una formación rocosa imposible de penetrar. Pero cuando los operarios de la Dirección de Minas y Geología abandonaron el proyecto y el campamento, comenzó a salir del pozo un chorro humeante de agua rojiza que a todos sorprendió.

"Querían el petróleo, pero encontraron un tesoro más valioso: un yacimiento de agua termal con propiedades curativas", define Lucio Serron, el soñador que siguió otra corazonada: la de recuperar el viejo hotel que se había hecho a un costado del surgente y que encontró abandonado en el año 2017.

"Hay que entender que en Buenos Aires tenemos nuestro propio Mar Muerto", asegura Lucio, al referirse a las particulares propiedades del agua del pozo termal, con la que llena las piletas cerradas y al aire libre que ofrece en el hotel Termas de Luro, que está en el portal de la Patagonia (al sur del río Colorado, comienza la región). Sale de casi 1000 metros de profundidad, a una temperatura de 70 grados. El agua es incolora los primeros minutos, pero luego se vuelve roja al entrar en contacto con el oxígeno. Su mineralización es 3,6 veces más profunda que la del mar, por lo que se produce la flotación natural. "Podés leer un libro flotando en el agua", destaca Lucio. Las aguas son hipertermales, hipermarinas e hipermineralizadas.

Una imagen del hotel de noche
Una imagen del hotel de noche Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

Usadas por los vecinos de Pedro Luro desde los días en los que el campamento abandonó el pozo, aconsejadas por el médico del pueblo, y desconocidas desde siempre por la mayoría del país, las termas de Luro fueron un secreto que se trasladó de boca en boca. Los beneficios que tienen estas aguas llamaron la atención de los estudiosos desde 1948, cuando se realizaron los primeros análisis. Las aguas son terapéuticas para "las afecciones ginecológicas, respiratorias, anímicas, reumas, problemas en el sistema nervioso, osteosis, dermitis y especiales para los niños débiles y la impotencia sexual: son aguas medicamentosas", resumía el informe de ese año.

El Partido de Villarino es uno de los más extensos de la provincia. Si se cuentan las islas que tiene frente a sus costas, es el de mayor superficie. Las tierras del norte son secas, áridas y con pueblos que tienen muy poco crecimiento demográfico. En cambio, en el sur las tierras son más fértiles gracias al sistema de canales que trasladan el agua del río Colorado. La cebolla es el principal producto de su economía. Hasta 1982, se hicieron cerca de 70 perforaciones en la zona sur de Buenos Aires y al menos siete fueron en Villarino. Pero el petróleo, hasta donde se sabe, no apareció.

La historia de la explotación de las termas es una epopeya: en las primeras décadas del siglo pasado el sur de la provincia estaba muy poco explorado. "Si hoy estamos lejos, en aquellos años llegar hasta el río Colorado era un viaje que demandaba días", cuenta Lucio. Las tierras donde se hizo el pozo eran propiedad de Pedro Barragán (abogado de Pedro Luro), quien entendió que la empresa petrolífera era crucial para el país y quiso donarlas, pero por la burocracia estatal no pudo y decidió venderlas simbólicamente a la provincia por un peso. Desde 1941 hasta 1967, el el agua termal brotó libremente hacia el río Colorado.

Las aguas son hipertermales
Las aguas son hipertermales Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

"Una mujer tuvo la visión", afirma Serrón. Doña María Zanuzzo de Bonetti tenía su casa a un costado del pozo y fue la que durante tres años se encargó de darles de comer a los trabajadores petroleros. Hizo una pequeña pileta de madera, que lleno con agua termal y comenzó a cobrarles a los vecinos. Durante muchos años estuvo activa, hasta que en 1967 Alfredo Barragán, hijo de Pedro, visitó estas tierras familiares en compañía de su hijo, también Alfredo, quien fue el ideólogo y el capitán de la Expedición Atlantis.

De aquella pileta de madera no quedaba nada. "Cuando llegamos encontramos a un grupo de niños bañándose en una zanja natural humeante y a un costado una maestra estaba sentada con un montón de guardapolvos", recuerda Alfredo Barragán hijo. La maestra les comentó que el doctor. Márquez Miranda, que atendía en Pedro Luro, (allí lo llamaban el Marqués Miranda) recomendaba las termas para gozar de buena salud. El entretenimiento local era poner huevos en el agua termal unos minutos hasta que se cocinaran. "Comer huevos duros en la surgente fue un clásico, todavía hoy lo seguimos haciendo con los turistas", cuenta Lucio.

El mayor de los Barragán envió a su hijo, un joven estudiante de derecho de 18 años, a La Plata para que volviera a analizar una muestra de agua termal. Los resultados fueron sorprendentes. "El laboratorio piensa que es una broma y averigua la dirección de mi padre. Van hasta Dolores –donde vive la familia Barragán- para asegurarse de que Alfredo Barragán sea un adulto, y le comenta que las aguas son sólo comparables a las de las termas de Baden-Baden, en Alemania, y superiores incluso a ellas, por la temperatura que emergen", recuerda Barragán hijo. Su padre, con estos resultados, decide hacer realidad un sueño: contribuir a levantar un hotel para que muchos pudieran disfrutar de los beneficios de las termas. En 1969 se inaugura el Hotel Provincial "Dr. Pedro F. Barragán". Por alguna razón, las aguas curativas siempre significaron también una serie de complicaciones para el hombre.

Un atardecer en Pedro Luro
Un atardecer en Pedro Luro Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

El primer concesionario, Luis Perfetto, cruzó toda la provincia en camión con la vajilla y todos los elementos para hacerse cargo del hotel. Cuando llegó a Pedro Luro, la construcción no estaba terminada. Al tiempo de abrir, la estructura comenzó a colapsar, las paredes se quebraron, los pisos su hundieron y las puertas no cerraban. "Hicieron el hotel sobre una estructura inestable", comenta Lucio. Se reconstruyeron algunas áreas y se levantó un ala con más habitaciones. Hasta el año 2017, el hotel estuvo la mayor parte del tiempo abierto, con largos periodos cerrado. "Tuvo ciclos de buena y mala suerte", resume Barragán. En todo este tiempo permaneció el desconocimiento para el gran público del pequeño "mar muerto" en la entrada a la Patagonia bonaerense.

El renacimiento

"No sabía dónde quedaba Pedro Luro", relata Lucio Serrón, el responsable del renacimiento de este hotel con piletas de aguas rojizas, que hasta 2018 vivía en Bahía Blanca. En la licitación (el hotel es municipal) su oferta fue la única que se presentó. Hacía seis meses que estaba cerrado. "Cuando entré, el panorama no era el mejor, pero sentí que en las paredes había mucho amor por este proyecto", confiesa. En abril de 2018 le dieron las llaves, con la promesa de abrir para el feriado del 12 de octubre. A mediados de año, se produjo una fuerte crisis económica. El crédito del Banco Nación, con el que había negociado cuotas de $30.000, en pocas horas subieron a $100.000 y no lo tomó. "Tuve que salir a pedir plata prestada a los amigos y la familia, y me apoyaron", asegura.

Los obstáculos económicos fueron muchos. Su esposa y sus dos hijos quedaron en Bahía Blanca. Lucio, junto a un pequeño grupo de obreros, pasó el invierno en la cocina. "Dormíamos vestidos, hacía mucho frío", afirma. Pudieron encender la caldera, pero la siguiente factura de gas les cerró la posibilidad de noches tibias. Se acercaba octubre y al hotel le faltaba mucho. "Hasta que encontré un cuadro con una foto de la Expedición Atlantis, con la frase "Que el hombre sepa que el hombre puede", comenta Lucio. Las palabras le dieron el impulso que necesitaba. Trasladó a su familia al hotel y el 18 de octubre de 2018 el sueño que tuvo cincuenta años antes el abuelo de Alfredo Barragán, volvió a ser realidad. "Si probás el agua del río Colorado, te quedas a vivir acá", dice Lucio, en referencia a las playas desérticas a las que tiene acceso el hotel desde las termas.

Un paisaje agreste
Un paisaje agreste Fuente: LA NACION - Crédito: Ricardo Pristupluk

"Para mí es un compromiso y un halago que aquella frase lo haya inspirado. Pero sucede algo muy extraño, no recuerdo haberla dicho", afirma el legendario capitán de la expedición que sin ayuda de GPS ni timón, demostró, junto a cuatro marinos, en 52 días de navegación a vela, que desde África el hombre pudo haber venido a América, usando determinadas corrientes oceánicas, 3500 años del descubrimiento de Colón. "Un periodista me hizo oír la grabación, y pude oírme, la repetí varias veces ese día (cuando llegaron a Venezuela, terminando la expedición), pero la emoción me la hizo olvidar", cuenta.

"Siento que este lugar te cambia, las aguas rojas no sólo te hacen bien, sino que tienen cierta magia", trata de explicar Lucio su cambio de vida. A un costado del puente carretero que une el Partido de Villarino con el de Patagones, dando inicio a la Patagonia, los viajeros detienen sus autos para flotar en las piletas. "A mí, toda esta vaina me enamoró", resume Alejandro Narváez, el chef nacido en Cali (Colombia) que decidió cruzar toda América -sin dinero- para hacerse cargo de las ollas, luego de ver un anuncio en internet. "Todos los que queremos estas aguas estamos un poco locos", concluye el caleño.

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